Un faro en el desierto
(una mirada biocéntrica con ojos miopes) Blog personal de Francisco Javier Pérez de Arévalo

Segundo plato… logofonía para un premuerto

 

SEGUNDO PLATO…

 

logofonía para un premuerto

 

GUÍA PARA LA LECTURA

 

 

 

El escrito se debe leer respetando las indicaciones de “tempo” es decir, velocidad, que aparecen en cursiva y entre paréntesis precedidas y seguidas de puntos suspensivos. Las indicaciones son similares a las que se pueden encontrar en una obra musical y su traducción es la siguiente:

 

-Allegro ma non troppo: velocidad normal de lectura

 

-Allegro: una velocidad más rápida de lo habitual

 

-Lento: leer de forma pausada espaciando las palabras

 

-Accelerando: se aumentará la velocidad de lectura progresivamente hasta alcanzar el allegro.

 

-Rallentando: se disminuirá la velocidad de lectura hasta el moderato (lectura normal).

 

-,, : Dos comas. Pausa algo mayor que la coma habitual

 

-,,,: Tres comas. Pausa bastante mayor que la coma habitual

 

 

 

 

 

 

SEGUNO PLATO

 

 

(logofonía para un premuerto)

 

 

 

 

Allegro, ma non troppo

 

Cuesta comenzar a escribir, siempre cuesta empezar a reunir unos caracteres que se transformen en sonidos internos para todo aquel que repte con sus ojos por encima de ellos, y cuesta mucho más si lo que has de contar es la muerte de un compañero, de un amigo que todavía parpadea pero, que sin saber cómo ni por qué, tú has visto muerto dentro de un inexplicable bucle del tiempo donde te has inmiscuido, de forma involuntaria, sin estar ebrio, sin haber ingerido ningún tipo de droga alucinógena, sin padecer, o eso creo yo, alguna enfermedad nerviosa que me pudiera producir este tipo de imágenes, apareciendo de improvisto en medio de una conversación anodina, y lo que todavía me resulta más asombroso, sin que esa conversación dejara en ningún momento de ser fluida, todo lo fluida que puede ser aquella conversación entre dos compañeros de trabajo de los que uno ya está jubilado y el otro permanece en una actividad anodina pero remunerada cada comienzo de mes, conversación donde el jubilado recuerda años de gloria y el compañero activo traduce esa información afablemente, con la esperanza de no llegar a tener nunca que añorar los años laborales, pero con la sospecha de que sin embargo lo acabará haciendo y sin recordar por el contrario ese sentimiento de repulsa que ahora siente hacia los que así los recuerdan, y por ello cayendo en una melancolía que el propio monólogo del jubilado va produciendo a modo de mantra hipnotizante, y tú escuchas y asientes y sonríes y arqueas los ojos y vuelves a sonreír pero procurando que esta vez la boca muestre un aspecto diferente al que tenía con la sonrisa anterior, a modo de variaciones sobre un mismo tema, y rellenas algunos minúsculos huecos del monólogo con algunas exclamaciones afirmativas, un claro, un sí, un desde luego, un ya me parecía, y luego variaciones otra vez de nuevas sonrisas acompañadas ahora de un claro está, de un si si si, de un por supuesto, de un si es lo que yo digo (emitido rápidamente para que el jubilado no se sienta interrumpido en su recorrido hacia el pasado), y sin dejar de comer pero haciéndolo con la mesura necesaria para que no interprete que te dan igual sus comentarios, que ya no puedes simular sorpresa porque son tan conocidos para ti que resulta imposible revestirlos con cualquier ropaje novedoso, y le aprecias y le oirás con cariño una vez más todos sus recuerdos mientras observas en su rostro cómo el tiempo ya se ha encargado de ir anotándolos uno por uno en su semblante sin que hiciera falta que los relatara, porque ya los escriben sus arrugas y sus ojos, sobre todo sus ojos, a los que tampoco puedo mirar excesivamente no sea que malinterprete mi mirada, porque cuando un amigo te cuenta algo has de dirigir tus ojos a sus labios, como reafirmando su conversación, como asegurando una comunicación que el abismo de cada una de las soledades podría arruinar con sus interferencias, justo lo contrario de cuando hablas con una persona a la que amas, y a la que envías durante la conversación miradas furtivas que lanzan disparos silenciados pero con la intención de dar en el blanco y cobrarte aunque sea una pequeña presa, que para ti ya es suficiente, solo que el jubilado no quiere ver en tus ojos la juventud perdida y prefiere que los dirijas a su boca de donde salen cascadas de palabras interminables, que te salpican, que te resbalan, que te empapan, que te molestan y que te atan a tu propio destino, porque te penetran por todos los poros de la piel, y por la retina de los ojos, y por los propios tímpanos, y se acumulan en tu alma esperando que tengas la edad suficiente para vomitarlos todos de forma interminable hasta el día de tu muerte, pero tampoco puedes dejar de comer porque entonces el jubilado se incomodará al ver tu plato lleno y tu estómago vacío, porque tú todavía no has conseguido su pericia a la hora de compaginar palabras y bocados, una técnica que comienza a ejercitarse el mismo día que firmas el contrato de jubilación y que algunos practican hasta alcanzar niveles de perfección sobrehumanos mientras los que decidieron no hacerlo se consumen en su silencio y en sus recuerdos acumulados, sin dejar que salgan, amontonándoseles en los ojos y en las orejas, que comienzan a crecer desmesuradamente por almacenar imágenes que deberían traducirse en sonidos pero que permanecen encerradas gritando a su carcelero que les deje salir, que ese no era el trato establecido, así que has de compaginar junto con las aserciones y variaciones de las aserciones un sin fin de gestos que te permitan ingerir la comida pero que al mismo tiempo se conviertan en sinónimos de toda esa retahíla hueca que disparas hacia tu contertulio como pelotas que van a estrellarse contra la pared del frontón para regresar a tu persona introduciéndose por la primera oquedad que descubra abierta, sea boca, nariz u oídos, cosa que se fue produciendo con toda normalidad a lo largo del primer plato, como en tantas otras ocasiones, ajeno al hecho de que ahora tuviera que intercalar tenedores con fideos amarillos resbaladizos que se caían por los lados antes de llegar a mis labios, lo cual me obligaba a desviar la atención desde su boca, la del jubilado, hacia el tenedor ya casi vacío con la intención de repetir la operación con mejor éxito pero sin desanimar a mi viejo y querido amigo, situación que no me permitió otra alternativa que recurrir a la opción menos elegante pero más segura de pinchar aleatoriamente por toda la superficie de la fideuá, y sin mirar al tenedor introducirlo en mi boca con la seguridad de que al cerrar los labios algún maldito fideo quedaría atrapado y engullido, facilitando así mi dedicación exclusiva al pensionista que, por otra parte, no demostraba tener el más absoluto problema en alternar verborrea y atracón de carne asada de varios tipos, cerdo y cordero, con patatas fritas grasientas, pero sin ensalada, incluso paralizando su discurso al ver a una joven camarera ya conocida de otras veces y a la que lanzó otra serie de palabras que seguramente serían las misma en cada ocasión, pero que no pude traducir o simplemente almacenar, porque aproveché para mirar más detenidamente el contenido de mi plato, el cual ya se había reducido considerablemente en cuanto a cantidad de fideos, quedando solo dos gambas resecas a las que mejor sería dejar sin meterles mano por no saber cómo acometer la complicada acción de pelar aquel despojo marino sin desatender la boca de mi jubilado, mi querido jubilado que ahora tenia un especial brillo en los ojos después de haber retenido la atención de aquella camarera, como también había retenido a pesar de su edad o precisamente debido a ella, gran parte del erotismo inherente a todo aquel que te sirve, dejando ahora fluir el zumo libidinoso exprimido por el recuerdo paralelo de otras mujeres, a través de unos ojos lacrimosos pero sin llegar a soltar lágrima alguna, porque no eran humedades tristes sino melancólicas, que no duelen sino que te abrazan con fuerza para darte una vez más la despedida de algo que fue y nunca volverá, aunque vuelva a despedirse que eso seguro que lo hará, mientras yo me debatía entre mirar también a la camarera o decidirme a meter mano al menos a una de las gambas, sin que nada de todo eso fuera finalmente posible porque él comenzó de nuevo a recordar años de gloria laborales, episodios épicos de funcionario valiente, aventuras de caballería administrativa, actos heroicos consistentes en contradecir a Don Ramón, el eterno Don Ramón que nos acompaña en cada una de las comidas, no físicamente sino embutido en las ristras verbales para aderezar, como el pimentón adereza muchos chorizos, la chacinería obtenida en las matanzas que en cada uno de estos encuentros realizamos, matando al cerdo de nuestra memoria, o mejor dicho de su memoria, acto minimalista del que siempre salen los mismos productos pero que no por eso se deja de hacer periódicamente, casi matemáticamente, y afortunadamente Don Ramón se coló esta vez de forma muy oportuna pues fue otro jubilado que oyó su nombre el que intervino en nuestra conversación dejándome un respiro para poder desprenderme de ese primer plato al que ya no podía extraerle nada que no me llevara más tiempo del permitido tácitamente entre mi jubilado y yo, tiempo de ingestión acordado desde las primeras miradas a sus labios, desde los primeros fideos resbalados del tenedor, desde mucho antes de aparecer el primer ”Don Ramón”, trozos de reloj atrasado y difícil de reparar, pero momento en el que aproveché para girar mi cuerpo en busca de aquella joven camarera pequeña de estatura pero de un volumen proporcionado y sensual que había provocado un brillo intenso en la mirada de mi comensal, una brillantez que no estaba desposeída de su carga erótica, porque setenta años de un hombre no matan por sí solos los deseos de hembra, necesitan ir acompañados de aburrimiento y falta de imaginación, compañeros que pueden aparecer a cualquier edad, asesinos de libidos que buscan insaciablemente víctimas que sacrificar e intentar dejar sobre el planeta una humanidad demasiado humana, una sobrehumanidad a la que no pertenecía todavía mi jubilado, ni a la que creo que perteneciese nunca, porque aquel brillo ocular traspasaba lo genital y dejaba bien a las claras que el sexo se escapa por entre las piernas para ir a esconderse tras las orejas de los viejos, otro motivo por el que se agrandan con la edad, así que me decidí a buscarla y encontrarla, igual que encontré el motivo del brillo que había asaltado la mirada de mi amigo, solo que en lugar de provocarme esa humedad escondida tras los párpados se limitó a despertar en mi imaginación una serie de representaciones obscenas y dejar correr por mi vientre un cosquilleo que no llegaría a humedecer nada, ni ojos ni miembro alguno de mi cuerpo, pero que reduciría a la camarera a un trozo de carne fresca, solo carne que degustar, que comer, que lamer, pero nada más que un segundo plato al que ponerle la salsa, pero para el momento en que mi imaginación comenzaba a dispararse aquella reducida mesonera ya había desaparecido para pronto regresar a satisfacer mis deseos, auque desgraciadamente solo mis deseos confesados y no los inconfesos, dejando entre mis brazos un simple plato de pescado en salsa, si bien,  como buena mujer, imaginándose que yo deseaba tener otra cosa entre mis brazos, lo mismo que el viejo que tenía en frente y lo mismo que todos aquellos machos hambrientos a los que servía diariamente platos que portaba bajo la protección de sus pechos, además de muchas hembras sedientas de algo más que dejarse clavar la mediocridad de sus hombres, esa mediocridad inherente a todo macho mamífero que debe su vida a unas mamas, a las que consagrará todos y cada uno de sus días, y a las que traicionará intentando sustituir por dos miserables testículos encumbrados a lo más alto de la prepotencia, pero conscientes siempre de su inferioridad, de su vulnerabilidad y de su falta de leche con la que alimentar a otro ser vivo, esas clavadas que intentan crucificar la salvaje libertad femenina, su indómita naturaleza y su insaciabilidad animal, clavos fabricados con miedo y complejos, clavos que por muy grandes que sean nunca podrán asesinar hembras sino únicamente mujeres inventadas, y eso todavía resulta más patético para el hombre y toda su libido arrastrada, así que me quedé solo ante mi plato de pescado en salsa,  retomando el tema original de mis aserciones pensando ya en cómo acometería una nueva tanda de variaciones, siendo cada vez más difícil afrontar la diversidad sin caer en le repetición mediocre, teniendo que ser otra vez un vejado de la falta de imaginación que en realidad es lo que nos mata a todos los hombres, porque ellas siempre encuentran alguna migaja fantasiosa, imaginativa, porque sus pechos les facilitan esa operación, y quizás sea esa carencia imaginativa inherente a mi supuesta condición masculina la que me hizo caer en el segundo plato, o mejor dicho desde el segundo plato, porque lo que hice fue desprenderme de él, del pescado en salsa de tomate, de las espinas amontonadas en el borde superior de ese contenedor circular de carroña, de los trozos de pan empapados en aquella salsa esperando ser comidos en uno de los momentos en que el jubilado retrasaba su ocultación, su instante de silencio, su búsqueda en mi cara de una aserción o variación de la misma, trozos de pan que servían para no tener que mirar al tenedor, para revisar la intromisión de alguna espina traicionera, panes que me revelaban lo inadecuado que es el pescado para comer junto a un jubilado, y que me impelían a realizar la promesa de nunca-más-volver-a-cometer-ese-error, a pedir algo más fácil de ingerir en la próxima reunión con estos compañeros en la reserva, pescado, espinas y pan de los que caí hacia una oscuridad refrigerada, (rallentando)… hacia un habitáculo ajeno a la comida, donde otro mantra resonaba con algo de reverberación, pero no recitado por mi jubilado cuya voz pasó a un segundo plano sonoro, esta otra voz  era ininteligible pero de igual constancia a la que me venía acompañando durante toda la comida, (lento)…         

 

Adagio

 

La caída del trozo de atún  a través de mi esófago, no calentaba para nada el frío habitáculo, ni las gentes allí reunidas con caras circunspectas, insertando palabras murmuradas en ristras colgantes de una religión arrastrada por su propia inercia pero carente de todo motor activo, y Don Ramón aparecía esta vez no regurgido entre dientes adornados con trozos de carne a medio masticar, sino con toda su carne y todos sus huesos, a pocos metros delante del banco donde me encontraba, con su porte algo más encorvado de lo que me tenía acostumbrado, porque los años no pasan en balde ni siquiera por Don Ramón, frío invernal, , caras invernales, , ecos gélidos provocados por aquellas paredes desangeladas, a pesar de sus angelotes, y sus santos, y sus vírgenes, y sus cristos, , desangeladas porque la presencia de un féretro desaloja todo adorno presente y deja las paredes como simples lienzos donde pintar tu propia vida, , que no sabes pintar, , ni dibujar, , y se quedan en blanco, , vacías, , y se abren como puertas para enseñarte el contenido del féretro, , y en este caso el contenido continuaba masticando carne y patatas enfrente de mí, , manteniendo en los ojos el brillo dejado por la pequeña camarera, , y yo sin saber cómo comportarme por encontrarme simultáneamente en dos circunstancias bien diferentes, , aunque en ambas contestando con variaciones sobre un mismo tema, , y Don Ramón presente también en las dos circunstancias, , haciéndose carne una vez más el verbo, , pasando entre los dientes cariados de un muerto hasta llegar a ese austero banco de madera en el que ahora decidía sentarse, porque un sacerdote así lo permitía, , pensando seguramente en la situación inversa, aquella en la que algunos de sus subordinados acatarían las órdenes de otro sacerdote o quizás incluso ese mismo, para sentarse mirando otro ataúd en el que entonces descansaría él mismo, un ingeniero muerto, , Don Ramón, , aunque posiblemente con más afluencia en la iglesia, con más gente evitando contemplar las paredes desangeladas vacías y blancas, , no, el atún con tomate no puede calentar el frío que siento al ver moverse la boca de mi amigo premuerto, , ni siquiera la fricción de las dos líneas melódicas, emitían energía suficiente para hacerlo, , extraño contrapunto el que me encontraba interpretando, con un tema presente y un contratema futuro, con dos objetos ahítos de carne, un jubilado y un féretro, ¿y yo vivo?, , no lo creo, , yo tan solo oyente, , y espectador, , escuchando simultáneamente las palabras lanzadas al abismo por un amigo y por un cura desconocido, pasando las de este último a través del ataúd sediento de tierra, , atravesando los oídos del muertos que contenía, para verlas luego salir pegadas a trozos de cordero todavía sin deglutir, porque mi jubilado no pidió un segundo plato, , carne podrida retenida por un estómago paralelepípedo y almohadillado, y carne masticada que se dará a la fuga siguiendo la ruta de cloacas liberadoras, , y un Don Ramón bilocado, igual de calvo que siempre pero algo más encorvado, , esperando su turno, , como yo, , como el cordero y el cerdo que ahora en parte se disolvían en el estómago de mi amigo, , como mi atún lo hacía en el mío, , como yo lo haré entre los jugos gástricos del tiempo, , no importa cuando, , porque en parte ya estoy muerto, , comido, , ingerido por una vida insaciable, , masticado por mi propia existencia, , la misma que mastica al cura mientras desafina una tradicional plegaria que de nada servirá a mi amigo, , al menos no le servirá como lo hizo la pequeña camarera minutos o días antes, , ni le dejará ese peculiar brillo en los ojos, , plegarias tan desangeladas como las paredes de la iglesia donde estoy degustando un atún con tomate frío y desangelado, muerto y enterrado en un montón de estómagos que lo disolverán para traducirlo en carne y heces, , ¿cómo puedo acabar este segundo plato mientras veo a la viuda llorando la ausencia de un viejo compañero, mientras veo a un Don Ramón hierático, mostrando a sus siempre subordinados funcionarios una  superior estampa, , incluso al dar el pésame a la viuda, Carmina, , orgullosa de tener a Don Ramón entre los asistentes, , a pesar de todas las injurias que su marido, mi amigo, soltó en su presencia contra aquel ingeniero déspota y malhumorado, , y sin embargo el resto de los funcionarios jubilados allí presentes compartían el mismo orgullo, , la misma gratitud hacia ese personaje omnipresente en sus vidas, y que en cada comida que celebramos con los antiguos compañeros de la Administración aparece a modo de Donramónfanía, , y me pregunto si a Don Ramón le brillarían los ojos al ver cómo la proporcionada camarera le servía un primer plato, o sólo imaginaría las medidas de cada una de sus partes anatómicas para calcular después el coeficiente de proporcionalidad resultante de los datos obtenidos en una primera observación de sus pechos, caderas, brazos, cuello, cabeza, piernas, y quizás incluso nariz, , como seguramente calculará al acercarse a la viuda, la capacidad en metros cúbicos de ese ataúd brillante y barnizado, , mientras le coge la mano, , y el espacio sobrante una vez que el cuerpo se haya hinchado con gases producidos por la descomposición incipiente, , mientras pronuncia ritualmente unas palabras-rémora para que la acompañen en el sentimiento, , y el peso aproximado del conjunto féretro-muerto así como la fuerza necesaria para poder desplazarlo del catafalco sin tener en cuenta el rozamiento que pudiera producir el mármol del mismo, , mientras recibe un ligero empujón de la persona que le sigue en la cola funeraria para darle a la viuda no solo un apretón de manos sino un beso en la mejilla, , algo que Don Ramón no podía hacer por dignidad, , incluso a pesar de que su actual encorvamiento le facilitaba la faena, , incluso a pesar de que recordara cómo esa mujer en años anteriores le impelía a calcular no solo sus proporciones sino el peso aproximado de sus senos, no los trigonométricos, esta vez no, , más bien los de leche caliente, , esa leche que también imaginaba a modo de volumen y a los que asignaba un decímetros cúbico arriba o abajo dependiendo del año que coincidía con ella en alguna comida de confraternidad funcionarial, , ahora no daba tiempo mas que a un apretón de manos, , y a una consideración fugaz sobre las variaciones en la tensión y deformación de unas manos que otrora le parecieran más elásticas cuando soportaban unos 4 newtones del apretón de manos consabido, , ahora ya solo queda esperar al siguiente funeral, , pero ya no será de ella la mano que mida, , ni su cuerpo el sometido a cálculos aritméticos, , quizás el siguiente funeral sea él quien se vea sometido a otros cálculos, , esta vez morales, , de los que pesan pero no se miden, , de los que duelen pero no huyen con un simple analgésico, , y su ataúd se vea rellenado con los recuerdos de algún funcionario resentido, ,  pero aquí todos estaban agradecidos, , quién sabe si hasta el muerto, , y yo tengo la oportunidad de saberlo, , yo puedo preguntarle a mi amigo si le gustaría que Don Ramón fuese a su entierro, , si le gustaría a su mujer verle entre los asistentes al funeral y si le gustaría que le diera el pésame por su ausencia, , por su pérdida, , es decir por su muerte, , no me queda casi atún, , , ni a él cordero, , , ni cerdo, , , ni patatas grasientas, , , ni salsa donde untar la miga del pan, , , se lo tengo que preguntar, , porque ya no queda casi gente en la iglesia, , porque los asistentes se han ido y muchos con cierta prisa porque va siendo hora de comer, , y al entierro ya solo irá la familia, , ¿se lo pregunto?, , (acellerando) se ha callado, comienza a buscar con su mirada a la pequeña camarera, sus ojos recobran vivacidad, pero no por lascivia, simplemente por un café, y me pregunta si yo querré, a lo que no sé qué responder, si querré un café o si querría que Don Ramón viniese a mi funeral, ,

 

Allegro

 

y le digo que sí, , sin saber a cual de las dos cosas estoy respondiendo, y siento que en ese momento me estoy jubilando, por no decir abiertamente que no, por aceptar un café camuflado, mientras comienza a sonar una música bailona, de orquestina enlatada, de boda de pueblo, de coñac con puro, de obscenidades rurales, de palillo en la boca, de sinceridades perdidas, y mi amigo me sonríe, porque siente que le baila la sangre, porque el cordero y el cerdo han consagrado la vida para él, y las patatas le han bendecido, ahora está callado con la boca y solo habla con su mirada, diciendo las mismas cosas que antes, pero sin obligarme a tener que improvisar unas variaciones solidarias, también mis ojos reafirman lo visto, también sonríe mi boca en solidaridad a la suya, también me baila la sangre aunque motivada por un atún, todo ello mientras da comienzo un baile, inesperado, sorprendente, un baile de jubilados, de otra corporación, quizás solo de un grupo de amigos, pero todos bailoteando, que no es lo mismo que bailando, y todos sonriendo, que no es lo mismo que riendo, y todos sobreviviendo, que no es lo mismo que viviendo, porque sobre-vivir es vivir después de la muerte de otros o de tu casi muerte, bailotear en la supervivencia, un gran acto de gratitud, que admiro, que envidio, que contemplo con tristeza por encontrarme en tierra de nadie, ni bailando en la camarera, ni bailoteando como superviviente de otros o de mí, el café de un sorbo, más vale así, como la despedida que luego vendrá, rápida, esperando un reencuentro con todos ellos y con su Don Ramón narrado, que no es el mío, que ni siquiera tengo un Don Ramón pero del que he llegado a imaginar en mi propio funeral, más tierra de nadie, más estupidez por creerme con mayor libertad sin un Don Ramón que recordar, que detestar, que admirar, sin su imagen-rémora persiguiendo cada instante de mi vida, y allí se quedan todos esos bailoteos, entre ellos y ellas, entre ellas y ellas o incluso ellos y ellos, porque todo vale en el bailoteo, ¿y el postre?, ya pasó, con el café, pero rápido, sin envoltorios de ningún tipo, queriendo entrar en nuestros estómagos para dejarnos salir de aquel local, ya ensordecedor, y nos levantamos, y mi amigo busca a la pequeña camarera para despedirse, pero ya no existe, y el brillo ocular se va extinguiendo, como las vidas de cada uno de esos funcionarios que nos reunimos periódicamente para celebrar nuestras simples presencias, y nos vemos, y nos pensamos, y nos olvidamos, hasta que nos revemos, repensamos y reolvidamos…. (rallentando) hasta el día de paredes desangeladas, , último plato de ese banquete en el que todos somos servidos, , , y que mientras nos mastican, , , gustamos decir, , ,  que estamos vivos.

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