Un faro en el desierto
(una mirada biocéntrica con ojos miopes) Blog personal de Francisco Javier Pérez de Arévalo

Estupor y Terror

 

Sören Kierkegaard

 

 

 

 

ESTUPOR Y TERROR

(Sobre el derrotero humano por los senderos de Moria)

Sólo como fascinante puedo calificar el paisaje contemplado al abrir la puerta que significa la lectura de “Temor y Temblor”, ese asombroso discurso del filósofo danés S. Kierkegaard . Un paisaje donde las sombras no se rigen por el mismo criterio al que estamos acostumbrados en nuestro mundo de inercia barata, sombras que quizás sólo su compatriota T. Dreyer ha sabido captar en aquella maravillosa obra cinematográfica titulada Ordet. Paisaje donde las más elementales leyes (físicas, psíquicas y biológicas) son desafiadas con naturalidad despampanante. Es difícil permanecer impávido al abrir esa puerta, la cual puede que algunos cierren de golpe al asustarles lo allí contemplado, pero que indudablemente a muchos otros, invita a traspasar para poder pasear entre tan descabellado entorno. Una vez allí dentro, es muy posible que te aborde una especie de mareo, de vértigo, como el mal de altura, porque al fin y al cabo de eso se trata, de elevadas cimas del pensamiento humano, y no es fácil detenerse por mucho tiempo en semejantes parajes.
En mi caso, y superado ese primer estupor, y digo primero porque luego vendría otro, comencé a vislumbrar dimensiones inesperadas por entre las que me movía de manera torpe e indecisa. Después de un Wagner tenía que aparecer un Schöemberg, después de un Kierkegaard debía de surgir inexorablemente un Nietzsche. Se me puede reprochar que el germano estaba más cerca intelectualmente de Schopenhauer que de Kierkegaard, y en ciertos aspectos no faltaría razón a dicho argumento. Se me podría también echar en cara la dificultad que entraña el contemplar a un creyente acérrimo, Sören Kierkegaard, como el precursor de uno de los grandes ateos de la historia, F. Nietzsche, teniendo que responder en este caso que hay que matizar mucho el tipo de cristianismo del primero y el ateismo del segundo, que en ninguno de los dos casos es nada ortodoxo. Pero donde realmente pretendería buscar el hilo conductor que permitiera el paso de uno hacia el otro, sería en el “pensamiento centrífugo” que, en mi opinión, ambos filósofos detentan. Como pensamiento centrífugo entiendo aquí una manera de abordar los problemas humanos, y muy concretamente los éticos, de forma no lineal sino espigada, “retrogresiva”, contradictoria y paradójica, pudiéndose hablar casi de una moral aporética. ¿Cómo es posible abordar una persona del siglo XIX su propia vida desde el ejemplo ético de Abrahán o desde el modelo medieval del caballero?
Sin duda estos son paisajes extraños y peligrosos. Peligrosos porque el que no sea cauto en su pasear por entre semejantes vericuetos, puede acabar encontrándose en medio de laberintos indescifrables y lo que es peor, puede llevar hacia allí a una multitud de incautos, seguidores de un serpa cegado por la convicción.
Kierkegaard aborda la ética del absurdo, del sin sentido que tiene las verdadera fe, a la cual muy pocos acceden. Pero Kierkegaard quiere practicar también esa ética, ese comportamiento que le llevó a Abrahán por los caminos de Moriah para sacrificar nada menos que a su querido hijo Isaac, el nacido de su mujer Sara, la que pasó de ser princesa, significado de su primer nombre Saray, a simple esposa, Sara, la mujer de Abrán, posterior Abrahán, traducible como padre de una muchedumbre. Porque el sacrificio de Ismael, el otro hijo de Abrahán, el que nació de las entrañas de la esclava Agar, no hubiera aportado la misma significación, ya que Ismael no fue el resultado de una promesa del Señor, sino sólo el fruto de la desesperación de un matrimonio estéril. El señor le dio a Isaac y el Señor se lo quería quitar, o mejor dicho, quería hacerle creer que se lo quería quitar. Kierkegaard nos plantea la diferencia entre un asesino y un santo, pero yo no puedo alcanzar a ver la diferencia, yo no puedo imaginar a nadie matando a su hijo por miedo a ser castigado, porque en el fondo sólo el miedo y la cobardía dirige los pasos de Abrahán, quizás el mismo miedo que impulsaron a Sören Kierkegaard a romper la relación con la única mujer, Regina Olsen, que quería amarle, sabiendo que la espera a la que pensaba someterle daría al traste con su relación.
Pero es Moriah la que realmente me obsesiona. Este nombre procede del hebreo y seguramente como topónimo no tenga un traducción concreta, al contrario de lo que era habitual con los nombres propios de las personas. Su parecido con el Moria griego me cautiva. Sí, Μωρία, la locura, la insensatez, la necedad, ¿la estupidez?, la que originó aquel Moria Encomión del humanista Erasmo. Por ello no puedo dejar de imaginarme a Abrahán caminando por los senderos de esta otra Moria. El mismo Kierkegaard lo repite innumerables veces en su texto y así por ejemplo nos comenta que en el estado religioso, la relación con Dios es incómoda y peligrosa porque está basada en el absurdo. Es más, acaba diciendo que el Cristianismo es absurdo, diferenciándolo de la cristiandad de la cual acabará renegando y negándose incluso a que antes de morir le administrase la comunión ningún miembro de la Iglesia, pues sólo de manos de un laico la aceptaría. Para Kierkegaard Dios está detrás del absurdo y el cristianismo no es consuelo sino temor y temblor.
Todo me encamina a Moria, la griega, la loca, la eternamente humana. Este filósofo que no gustaba de administrarse dicho apelativo, pues nunca se consideró auténtico filósofo, nos habla de que la grandeza de Abraham, su sabiduría, su fuerza no es otra cosa que la debilidad y su secreto la locura. En la misma Biblia podemos leer:

Que nadie se engañe si alguno de vosotros piensa que es sabio según el mundo, hágase necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría del mundo es necedad a los ojos de Dios .

Está claro, y el propio Kierkegaard nos lo dice: Abraham dejó su razón y se llevó consigo la fe. Y aquí viene mi estupor, el segundo pero no por ello amortiguado, sino al contrario más intenso que el anterior, más concentrado, estupor que siento por entrever locuras cercanas a mi mundo, por imaginarme Morias eternas en los derroteros humanos, por atisbar una vida reducida a la locura y a la sinrazón. Angustia, pero no la angustia de Abraham por su deber como padre, no su angustia por dejar lo general para pasar a ser el Particular como nos lo explica el propio Kierkegaard, sino la angustia que me provoca el pensar que esa fe en Dios, esa fe del absurdo continua a nuestro lado como rémora que espera alimentarse de nuestros parásitos cotidianos. Pero Dios murió, o lo mataron , o se suicidó, eso no lo sé muy bien, el caso es que ahora la fe no es sino fe en el hombre, en el ser humano, en las personas, aunque no en los individuos curiosamente. Y es en ese instante cuando del estupor doy el paso hacia el terror. Paso dado en dos sentidos diferentes, aunque en la misma dirección, pues uno es el terror ajeno y otro el propio; uno es el terror de un holocausto y el otro el de un incauto.
¿Acaso no era fe lo que tenían los nazis, fe en el hombre, en una raza, en el futuro? La fe en el hombre es, si acaso, más peligrosa y ¿no queda otra fe después de enterrar a Dios? ¿Qué ocurrirá en virtud de esa fe más allá del genoma humano, cuando el hombre se instaure en Dios y pasee con su séquito de ángeles asexuados, por los caminos de Moria? ¿Surgirá entonces un caballero de la fe? Sólo el terror me puede mirar a la cara al hacerme esa pregunta, porque no es una cuestión aislada sino que antes estuvo precedida por aquella otra que me invadía la cabeza al interrogarme a mí mismo sobre si Hitler fue un caballero de la fe o no. El movimiento del infinito del que Kierkegaard nos habla en relación al efectuado por Abraham ¿no tiene varios caminos posibles? Considero el holocausto nazi como un autentico movimiento del infinito, la renuncia a toda piedad, el horror infinito con la muerte finita de cada uno de los prisioneros. La cantidad final de muertos, ese aspecto no importa, uno sólo de aquellos muertos es el espejo de un movimiento infinito salido de la eternidad pero reflejado en la otra cara del espejo.
Un lugar. También existió un lugar de partida, un punto donde todavía la locura no había expulsado a la razón y donde la fe no había mostrado su absurdo inherente. Pero no un lugar, sino dos en realidad, para continuar con las dos caras del espejo. Berseba y Wannsee, dos puntos de partida hacia una meta absurda porque absurdo es querer matar a tu hijo por mandato de un Dios supuestamente bondadoso, porque absurdo es querer exterminar a toda una raza para poder comprobar así una superioridad imaginada… ¿cómo puedes demostrar que eres superior a otro si no existe aquel con el que quieres compararte?

Se requiere pasión para esto. Todo movimiento del infinito se lleva a término por la pasión y nunca una reflexión podrá producir un movimiento […], no es reflexión lo que le falta a nuestra época sino pasión. En cierto sentido nuestra época se aferra demasiado a la vida para morir, y morir es uno de los saltos más importantes que se pueden ejecutar […], solamente los locos y los adolescentes creen que todo es posible para un hombre.

Cien años después, aparecerá esa pasión, esa locura, esa adolescencia de la que la humanidad no parece poder escapar hacia la madurez de la razón. Berseba hacia el 1750 a.C y Wannsee en el 1942 de nuestra era, suponen dos puertas hacia el infinito, una de ellas abierta por un caballero de la fe, la otra por un criminal y sus compinches, pero la intención tomada no afecta de diferente manera a las víctimas. Si Isaac hubiera muerto, su muerte no sería diferente a la de cualquier otro sacrificio. Me refiero a su muerte como muerte, no a la utilización que de ella se haga. Desde un planteamiento ateo todos los muertos son iguales una vez que traspasan la barrera de la vida. Y para el creyente, tanto Isaac como el prisionero de Auschwitz son almas que ganarán el reino de los cielos cómo mártires sacrificados. Contemplemos ambas puertas más allá de la religión, incluso más allá del bien y del mal, ¿no se nos confunden en una sola puerta? Abraham estaba convencido de que su Dios evitaría el sacrificio en el último momento, pero también estaba seguro de cometer ese infanticidio si ninguna señal del todopoderoso apareciera para desviar la dirección del puñal. Hitler amaba lo germano por encima de toda otra cosa, pero no dudó en enviar a unos menores a la guerra por fe en su proyecto, ¿fue esa su resignación infinita? “El caballero de la fe tiene una clara conciencia de la imposibilidad; por lo tanto, sólo le puede salvar el absurdo, y lo aprehende por medio de la fe.”
Wannsee, la solución final, el cambio de táctica, el abandono de la expulsión y el comienzo de la concentración y de la incineración. En la solución final cabía todo, hasta el sentido del humor irónico, ese que tanto apreciaba el joven Sören, ese que utilizó Himmler en una de sus visitas al crematorio de Birkenau cuando dijo con tono sarcástico: “Aquí se entra por la puerta y se sale por la chimenea”. Humorística suspensión de lo ético, graciosa ocurrencia que invita a la sonrisa infinita, la que más allá del bien y del mal provoca ese estado nervioso difícil de calificar al que llamamos risa. ¿Se puede uno reír de todos aquellos millones de judíos muertos? Indudablemente sí, para qué nos vamos a engañar, pero lo imposible es llorar por todos ellos, no habría lágrimas suficientes para hacerlo, además el llanto nunca puede abandonar el estado de lo ético, no puede dar el salto desde el trampolín del absurdo para lanzarse hacia el infinito, no, el llanto tiene ataduras generales y no conoce el absurdo porque si lo conociera dejaría de existir en ese mismo instante, ¿a pesar del dolor?, creo que sí, incluso a pesar del dolor. Por todo ello un movimiento infinito sólo puede abordarse por el humor y no por el llanto, que no sabe de infinitos.
El problema viene cuando uno se ríe del dolor, del dolor ajeno, del sufrimiento allende nuestro cuerpo, un problema que desde lo ético critica la risa del humor negro, sin saber que todo humor es, en ese sentido, negro; toda risa está provocada por una equivocación, por un fallo, por un instante que no debería haber sido así, por lo inesperado, por el defecto y el error. Pero ese mismo problema desde el infinito deja de ser tal problema, para convertirse en una simple risa. Siempre reímos desde el infinito aunque no lo sepamos, y siempre lloramos desde lo ético, ¿por qué si no, podemos avergonzarnos de nuestra risa?, el llanto lo puedes reprimir pero no arrepentirte de él.
Seguramente se rieron todos aquellos nazis uniformados, al imaginarse la entrada y la salida de aquel horno diseñado para poder quemar más de mil personas al día. ¡Qué gracia, salir por una chimenea!, ¡qué inesperado!, ¡qué absurdo! Sí, el infinito absurdo de la existencia, de la vida que no podemos entender sin la muerte. Vivir para morir, existir para dejar de hacerlo. Por eso Kierkegaard decía que morir es uno de los saltos más importantes que se pueden ejecutar, porque sólo desde la muerte podemos entender la vida, porque sólo con ese salto continuamos el ritmo de la existencia, su música, la auténtica música de las esferas. No hay música sin diferencia, sin ritmo, sin variación, sin contraste, por eso la vida es esencialmente música, gracias a la muerte, gracias al silencio. Pero me vuelvo a preguntar con cierto estupor: ¿Qué ocurrirá más allá del genoma humano? ¿Qué haría Hitler con esos conocimientos genéticos? ¿Qué chiste acabaría saliendo de un nuevo Himmler? La risa y la fe no es una buena combinación, se contagian el absurdo como los perros callejeros lo hacen con su desvergüenza.
Por eso hay una pregunta que le falta hacer a Kierkegaard en su libro. A mí no me basta con imaginar qué hubiera hecho Abraham en el caso de encaminarse hacia Moriah más deprisa, ni qué hubiera pasado en el caso de contarle sus propósitos a Sara o al mismo Isaac, o en el caso de haberlo matado por falta de intervención divina. No, a mí lo que realmente me interesa es indagar en las secuelas que hubiera tenido un comportamiento impío por parte de Abraham. ¿Y si Abraham no hubiera tenido fe?, ¿y si hubiera despreciado e insultado a su Dios por pedirle tamaña proposición?… esta es la pregunta que no se plantea en el libro. Sin fe Abraham no hubiera salido de Berseba, sin fe no se hubiera planteado ni por un instante el matar a su hijo, sin fe se hubiera despreocupado de un posible castigo divino, sin fe no habría hecho un movimiento infinito sino finito pero vital, habría actuado desde la vida, desde la humildad, desde el Homo. Sin fe tampoco Hitler hubiera adoptado la solución final ni Himmler habría sido tan gracioso delante de un inmenso horno, ni siquiera Auschwitz habría dejado nunca de ser Oswiecim.
Vital duda, antropoide oscilación entre la verdad y la falsedad que nos permite andar erguidos de forma bípeda, par de piernas que con maniquea intención sois capaces de movernos hacia el infinito, mediante la fe, mediante el absurdo. Pero el hombre no sabe caminar por el infinito y acaba arrastrándose por Moria, la loca, la estúpida Moria del humanista Erasmus. Sin fe o sin humor nos quedamos cojos, es cierto, pero ¿para qué correr cuando no sabemos donde ir? En cualquier caso prefiero cojear por falta de fe. Sólo desde la duda oscilante se puede avanzar sin maniqueas intenciones, sin fe, sin esa fe que divide en dos como cualquier cuchillo afilado; el mellado, el dudoso en su trayectoria desgarra y deja trozos, no secciona limpiamente en dos sino que arrastra en su trayectoria múltiples trocitos. Pero había que seguir escribiendo el Génesis y para ello hacía falta fe, la fe que se ha mantenido desde entonces cortando la historia en fieles e infieles.
Es estúpido quien se cree que nunca se equivoca, quien obra con absoluta convicción, quien se considera poseedor de la verdad absoluta, en definitiva quien no duda. Fe y estupidez no puedo dejar de imaginarlas juntas, como dos buenas amigas. Tanta fe tiene el hombre en el propio hombre, que despierta mi terror, porque sólo al absurdo nos puede conducir, porque no estamos preparados para realizar un movimiento infinito, terror porque no sé que podrá ocurrir más allá del genoma humano con tanta fe en lo humano.
-¿Pero tener fe en la duda no resulta una paradoja?
Claro que sí, y por eso no se puede tener fe en la duda, sino sólo dudar, pues en el momento que crees en ella la matas, la asesinas, como Abraham estuvo dispuesto a hacer con su hijo Isaac. Tan sólo podemos dudar pero sin querer hacerlo, la duda natural, la verdadera duda humana, no la socrática, porque Sócrates, como luego Descartes, tuvo fe en la duda y al convertirla en método nos alejó de la duda vital, la que surge desde el instinto. Desde la duda sistemática sólo podríamos desembocar en la quietud absoluta víctimas de un escepticismo integral. Por eso hay que dudar no desde el propósito, sino desde la vida.

La filosofía nos convertiría por entero en pirrónicos, si la naturaleza no fuese demasiado fuerte para impedirlo.4

Por todo ello añoro que Kierkegaard no se plantease el comportamiento de Abraham desde la duda, desde la vida que le impeliese a dudar de su Dios, de su fe, de él mismo, que sintiese la vital necesidad de proteger a su hijo, necesidad impelida por una coherencia genética y no por un absurdo infinito. Pero nuestro filósofo tenía que fundamentar su propio miedo a la vida desde lo religioso y convirtió su natural duda inicial en fe final para dejar de dudar desde su miedo e inseguridad. Desde la religión Abraham no peca, pues es la obediencia absoluta a Dios la que genera el movimiento infinito, el camino hacia Moriah. Desde la ética, sin embargo, la actitud de Abraham puede perfectamente ser considerada como inmoral, ¿pecado ético?, pues con el asesinato de Isaac no se beneficia ningún pueblo, lo general no es afectado por el sacrificio y por lo tanto ningún parecido al héroe trágico puede existir desde este punto de vista.
-¿Y desde la vida?
Desde la vida ni siquiera se puede plantear el dilema entre pecar y no pecar, sólo se puede observar el movimiento y si se quiere, después, ya más cerca, desde lo humano, calificarlo. Kierkegaard piensa que desde esta perspectiva, la humana, Abraham está loco y nadie podrá comprenderle, pero creo que tendría que haber especificado un poco y despejar dudas, pues no es lo mismo enfocar desde lo humano que desde la humanidad, y desde esta última retomamos una mirada vital que de nuevo nos impide la calificación de “pecaminosa”, para actividad alguna realizada por cualquier persona. Desde la humanidad no hay diferencia entre un asesino y Abraham, entre todos los infanticidios que podemos constatar en la historia (y aún en nuestros días), por diferentes motivos sociológicos y antropológicos, y el sacrificio de Isaac. Desde la humanidad, cualquier movimiento será hecho desde lo finito y concreto, pero desde lo humano la cosa cambia porque lo humano rompe relaciones con todo su entorno y se queda el hombre a solas en el universo, momento donde puede aparecer el movimiento infinito y donde curiosamente pretendemos conservar nuestra individualidad, nuestro yo. La humanidad no permite tanta pretensión, la humanidad nos pone en la fosa común, pero ni siquiera en la fosa donde solo reposan los restos de seres humanos, no, en esa fosa acaban todas las formas vivas que en algún momento tuvieron existencia, desde la cucaracha que ayer observé en uno de mis paseos, hasta el mismísimo presidente de los EE.UU, ahora tan entronizado, desde el virus que amenaza mi salud, hasta el árbol que protege el portal de mi casa.
Más allá del genoma humano nos podemos encontrar con un nuevo Wannsee o un nuevo Berseba, desde donde se decida una solución final: acabar con “la humanidad” para afianzar definitivamente “lo humano”, desterrar el anonimato y la fosa común , para potenciar el individuo y el mausoleo, pero ¿para quienes y a qué precio? Esa fe en lo humano me produce terror, porque también la fe en lo humano de 1789 acabó en terror y porque tantas y tantas otras veces la fe acabó siempre igual.
-¿Se puede ir más allá del genoma humano dudando?
-No sólo se puede sino que se debe.
-¿Pero de qué deber estamos hablando aquí?
Este es el problema, puesto que desde la vida ni se debe ni no se debe. No podemos olvidar que después de Darwin hay que ser coherentes y entender la humanidad como un producto evolutivo no cerrado pero sí acelerado; en cualquier caso como producto y no como productora hemos de contemplarla darwinianamente. El marxismo no ha dejado de confundir los términos, y la visión conseguida mediante dos perspectivas mezcladas acaba siendo confusa. Como producto evolutivo no hay deber que valga, nos situamos de nuevo más allá del bien y del mal, en la otra parte del espejo, en ese lugar desde donde el policía escruta el comportamiento del detenido en la otra sala contigua, mientras le hacen preguntas, mientras se ve reflejado en un espejo sin saber que detrás hay un policía ávido de respuestas. Así desde el darwinismo queda “detenido” el ser humano, lo humano, dentro de la cárcel de la humanidad, esperando ser interrogado por el supuesto delito de usurpación; la usurpación de un trono, la atrevida y arrogante suplantación de Dios.
Entonces no podemos decir en ningún momento que las personas deben dudar en su camino más allá del genoma humano, puesto que ese “debe” supone reducirlo al terreno de la ética o de lo religioso, y esos terrenos son movedizos, como la historia lo ha demostrado. Sería mejor decir que “debería” dudar al traspasar esa barrera de la ciencia genética. Mediante el condicional queda abierta por una parte la posibilidad de duda y no su imposición, se deja así aherrojada la fe en la duda puesto que no existe la seguridad de su adecuación. Por otra parte se mantiene el punto de vista darwiniano pues “debería” supone una inercia natural, una característica del producto evolutivo que nos sitúa en punto intermedio entre la humanidad y lo humano: el Homo. La perspectiva del Homo deja abierto el enfoque vital de un darwinismo integrista, al mismo tiempo que permite considerar cierta autonomía de especie. Haga lo que haga la humanidad, como humanidad, será siempre un producto evolutivo y hagamos lo que hagamos como humanos siempre será el resultado de una autonomía adquirida mediante la razón. Un pesimismo declarado nos llevaría hacia la primera contemplación, mientras que un optimismo prepotente adoptaría el segundo enfoque. Sólo desde la mitad el “dimidius” quizás podamos plantear un camino alternativo, una postura no inmanente (darwinista) ni transcendente (humanista), sino dimidente5 (hominista).
Desde este hominismo cabe plantarse muchas cuestiones, como por ejemplo el papel de lo religioso y de lo ético, el papel del “debe” en sus diferentes versiones. Pero para conseguir este hominismo es necesario abandonar el antropocentrismo que tanto rige el pensamiento occidental en todas sus facetas, y sustituirlo por un biocentrismo desmitificador, capaz de devolvernos la duda vital y de expulsar la fe fuera del alcance de nuestras manos. Lo contradictorio del hecho es que para tener fe religiosa es necesario dudar. Si no se dudase no podría existir la religión, no tendría ningún sentido. El sentido de la fe religiosa, y por extensión de cualquier otra fe, es la duda del después de la muerte, y no es lo mismo fe que seguridad. Este es el gran obstáculo con el que me encuentro: ¿es la fe inherente al ser humano?, ¿acaso la filosofía no nace con aspiraciones de fe y a través de la duda? ¿Es posible esa duda vital de la que aquí vengo hablando?… por supuesto yo no tengo la respuesta, por mucho que quiera tenerla. Quizás sea utópico pensar que una duda vital (hominista), considerada como producto evolutivo, pero que además conceda cierta autonomía a la especie humana, pueda proporcionar unos pasamanos adecuados para comenzar nuestra ascensión por la escalinata que tenemos enfrente, después de abrir la puerta del genoma humano. Y si esa utopía radica en la imposibilidad de erradicar la fe del ser humano, entonces al menos creo que sí cabe la posibilidad de reducirla a su ho-mínima expresión.
Desde un darwinismo integrista, desde la humanidad, da igual lo que ocurra más allá del genoma humano, da igual que seamos capaces de crear formas de vida semihumanas, nuevos esclavos clonados, formas animales programadas para actividades determinadas, diseño de la descendencia, manipulación genética del tercer mundo, comercio de cuerpos vivos creados en laboratorios… etc, etc, etc. Desde lo humano, desde lo general, desde lo ético, muchas de estas cosas pueden ahora parecer aberrantes, pero la ética cambia con el paso del tiempo, con la modificación de las sociedades. No hay una ética humana, sino muchas éticas de comunidades, ¿relativismo? Humanidad y ética, como ya he dicho son contradictorias, y para enfocarlo desde lo humano (desde el humanismo) es necesario aterrizar en alguna comunidad concreta. Sin embargo desde un hominismo dimidente todas esas posibles actividades humanas han de contemplarse desde la vida, pero desde la vida anterior al producto evolutivo que es el ser humano. Desde el darwinismo integrista no existen palabras como respeto, piedad, compasión, derechos o deberes; sólo existen facticidades, pero desde el hominismo que permite cierta autonomía a la razón humana, cabe plantearse algo parecido a los anteriores términos morales, y así desde una postura biocéntrica intentar afrontar la problemática creada.
Como Homos tenemos que aceptar cierta posición destacada en la cadena evolutiva, puesto que más allá del genoma humano tendremos un acceso al secreto de la vida que a otras especies les está vetado, y esta posición debería plantearnos la “idoneidad” de unas u otras actividades. Ni que decir tiene que me refiero a idoneidades vitales, pensadas desde la vida, y no a ningún tipo de idoneidad instrumental, humana o social. Para poder determinar ese carácter de idoneidad es imprescindible pensar en el conjunto biológico de esta planeta y no sólo en la especie humana. Como Homos, sí cabe plantear la palabra respeto, porque esa autonomía que la razón nos ha facilitado ha de proporcionarnos el enfoque biocéntrico necesario. Respeto a las formas vivas, extendiendo el espectro semántico de lo vivo a zonas hasta ahora consideradas inorgánicas o inertes. Desde una ontología biocéntrica cabría así equiparar la existencia y la vida, el ente con el ser, aunque esto suponga una réplica al pensamiento heideggeriano. Desde el Homo caemos en un existencialismo vital, ni teológico como el de Kierkegaard ni ateo como el de Sartre, ni siquiera en un posible existencialismo darwinista. Encuentro así más idóneo el respeto a otras formas de vida que su simple destrucción o utilización mercantil. Desde luego estas mismas posturas vitales pueden adoptarse en nuestro presente, y se podrían haber adoptado en un pasado, pues no depende únicamente del futuro que la ingeniería genética nos depara, ésta lo único que hará será acentuar el enfrentamiento entre la humanidad y lo humano, provocando por ello problemas de idoneidad.
Sin embargo las continuas muestras de estupidez que la especie humana no deja de ofrecer, me hacen caer repetidamente en el pesimismo darwinista, en la perspectiva desde la humanidad, en el producto evolutivo, sea cual sea la naturaleza de ese producto. No puedo por menos que pensar en el Homo como un Homo stultus, muy lejos del Homo sapiens que tan vanidosamente nos hemos aplicado, y suponer que el superhombre nietzscheano no era en realidad sino el Homo sapiens todavía no realizado. Pero al mismo tiempo, la caída en el darwinismo integral me lleva a pensar incluso en la imposibilidad de alcanzar el estatus de sapiens, pues la estupidez inherente a nuestra especie parece no dejar tiempo para ello. Es por culpa de la fe en el ser humano, la falta de duda, que la convencida estupidez siempre acaba siendo autodestructiva, como lo fue la de Abraham, sin consumar, o como lo fue la de Kierkegaard, consumada.
La fe nos aleja del Homo y nos acerca aunque parezca contradictorio a los dos extremos, el de la humanidad y el de lo humano, por eso mi estupor y por eso mi terror, no por mi posible sufrimiento, ni siquiera por la posibilidad de sufrimiento de las demás formas de vida que tarde o temprano han de desaparecer del planeta, como el mismo planeta está sentenciado por el mero hecho de existir; no por nada de ello, sino por el terror a que desde lo humano y encarcelados en la humanidad, creemos nuevas formas de vida para su mero sufrimiento, para su mera explotación y comercio, auténticas granjas de existencia; pero quizás la revolución neolítica ya resultó ser una primera fase de esta experiencia cuando se domesticaron distintas especies animales y vegetales, dando lugar con el tiempo a cruzamientos y selecciones controladas, que fueron originando poco a poco formas de vida creadas para nuestra única satisfacción. Visto así ¿qué diferencia hay, sino únicamente la velocidad de fabricar la nueva forma de vida? Entonces una vez más dudo, incluso de mi terror, incluso de mi pesimismo, pero eso sí, lo que no puedo es llegar a tener fe, quizás no puedo porque no quiero, y prefiero ir cojeando con mi sentido del humor, a pesar de que sea un movimiento infinito y a pesar de saber que el humor también se recreó a las puertas del gran crematorio de Birkenau en Auschwitz, por los senderos de Moria.

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