Un faro en el desierto
(una mirada biocéntrica con ojos miopes) Blog personal de Francisco Javier Pérez de Arévalo

Desde Lévi-Strauss

Claude Lévi-Strauss

 

Desde Lévi Strauss

(Apuntes a su obra El pensamiento salvaje) 

El estado en el que se encuentra nuestra cultura, está provocando una riada de pensamientos, casi apocalípticos, que intentan actuar como revulsivo (en el sentido más literal de la palabra) de lo que se llega a considerar ya como una enfermedad crónica de nuestra civilización; es decir, que dichos pensamientos intentan aplicar un método curativo de una enfermedad interna produciendo congestiones en la superficie de “la piel o de las mucosas”. De esta terapia han ido surgiendo múltiples corrientes contra culturales que buscan la congestión de un Sistema hipertrofiado en muchas de sus manifestaciones: culturales, económicas, políticas, científicas e incluso filosófica. Pero pocas de esas corrientes, por no decir ninguna, han podido traspasar la epidermis de esta sociedad industrializada y des-encantada, y causar un efecto terapéutico que corrija de manera significativa, el camino emprendido por esta cultura exclusivista. De la misma manera que contemplamos el hígado hipertrofiado y enfermo de la oca, como un sabroso manjar, y casi como la única función destacada de ese animal, así contemplamos nuestra civilización engordada y abultada, como si fuera una exquisitez producida por un progreso de escatología barata, y por si fuera poco, como prácticamente la única función que ese progreso puede desarrollar en este planeta.
El pesimismo no puede dejar de instalarse en cualquier mente escudriñadora, en toda inteligencia capaz de salirse de una inercia discursiva que intenta envolver como la araña envuelve a sus víctimas, para inyectarles su líquido paralizante, para succionarles toda sustancia vital y dejarles con su cuerpo-camisa vacío de vida, pero el pesimismo muchas veces encierra un optimismo de martillo, una esperanza catártica en su acepción biológica, es decir como expulsión de sustancias nocivas al organismo, si tomamos como ese organismo nuestra afectada cultura occidental. ¿Acaso no encerraba ese tipo de optimismo el tan explotado pesimismo nietzscheano? ¿No encontramos una esperanza catártica en los escritos pesimistas de Lévi-Strauss? Es necesario partir de un pesimismo consciente para poder construir cualquier tipo de edificio diseñado con un proyecto contracultural, que dé cobijo a ideas capaces de emprender caminos verdaderamente alternativos, muchos de los cuales no son sino antiquísimas rutas abandonadas en aras de un progreso que se ve arrastrado por el tractor del Capitalismo. Este pesimismo catártico no puede caer en utopías de barata concepción, que esperan una Nueva Era (New Age) salvífica o un milenarismo rural donde la vuelta a una naturaleza mitificada signifique la recuperación del paraíso perdido. Tampoco podemos esperar que una nueva revolución nos saque del hígado hipertrofiado donde nos encontramos, para degustar un rico paté, mientras se contempla la creación de un nuevo orden. No defiendo un pragmatismo jamesiano de tintes sofistas sino la reflexión a partir de la “Vida”, entendida ésta como un proceso creativo donde se manifiesta la vida en un sentido más amplio del que en nuestra cultura la solemos pensar.
¿Qué definición aceptamos de la vida? Unas definiciones son tan amplias que abarcan entidades como el fuego o entidades minerales, mientras que otras son tan exclusivas que concluiríamos que un mulo no está vivo por el mero echo de ser estéril y no poder reproducirse. En el centro nos encontramos con posturas que definen la vida como un sistema químico auto sostenido capaz de evolucionar en el sentido darviniano . Pero el sentido darviniano de evolución está sufriendo actualmente serias controversias en lo que se refiere a la aleatoriedad de las mutaciones, regresando del rincón de los juguetes rotos viejas posturas lamarkianas donde , si se me permite la paráfrasis; es decir, que la conducta puede influir en el proceso de mutaciones biológicas y por lo tanto aceptar que existiría un cierto tipo de determinismo geográfico y climático. Llevando esto más lejos, al planeta del darvinismo social, nos encontraríamos que las mutaciones sociales podrían estar a su vez condicionadas por cambios en el entorno. ¿Esto no es la pescadilla que se muerde la cola? ¿No estamos cayendo en la tan temida circularidad?
Más bien hay que pensar que a la pescadilla le muerde la cola otra pescadilla, ascendiendo así en una espiral de pescadillas cuyo comienzo y fin no quedan bien definidos. Se ha comentado repetidas veces que el eterno retorno de Nietzsche caía en contradicción con su idea del superhombre, pero si enfocamos ese retorno desde una espiral en lugar de hacerlo desde un círculo, la llegada de un superhombre no contradice con la idea de volver eternamente a posturas o eventos cíclicos. La historia ha sido contemplada cíclicamente desde un Ibn Jaldún, pasando por un Vico, hasta llegar a un “neobudismo laico” que intenta buscar una solución circular a un camino en línea recta hacia la autodestrucción. In girum imus nocte et consumimur igni, ¿no nos avisa ya este anciano y precioso palíndromo de circularidades incineradoras? Giramos en la noche y nos consumimos en el fuego, ¿en el fuego de la vida?, ¿en la hoguera de una “Vida” que después de un Big Bang ha seguido en expansión hacia no se sabe donde? El maniqueísmo capitalista, que últimamente en su máxima degeneración anda dibujando ejes del bien y del mal por aquí y por allá, hace ya tiempo que nos pinta una vida rectilínea donde sólo el ser humano tiene algún sentido, y donde el elemento teleológico del la misma implica un progreso pre-delineado no se sabe muy bien por quién, pero que en cualquier caso ha de deparar al hombre un futuro omnisciente, ¿y quizás omnipotente?
Afortunadamente, después de lecturas como la del “Pensamiento Salvaje” de Lévi-Strauss, uno puede observar que la “espiralidad” puede muy bien ser un sincretismo de lo rectilíneo y lo circular, que puede también aportar un paisaje donde ubicar construcciones de nuevo diseño. Pensar en un Lamarkismo Social que, a través de drásticos cambios políticos o económicos, pueda regenerar el panorama cultural de nuestra sociedad, entendiendo aquí la cultura no como un conjunto de manifestaciones artísticas sino como la visión holística de nuestra civilización ya post-industrial, no me parece ser el camino adecuado para superar el pesimismo instalado desde los filósofos de la desconfianza. Sólo desde la racionalidad pre-fáctica, y desde luego alejada de todo pragmatismo sofístico mal entendido, se pueden conseguir las mutaciones sociales que nos permitan contemplar toda la oca en su totalidad, dejando de pensar que su hígado enfermo es lo único que tiene finalidad en su ser. Revoluciones no se van a conseguir desde un pensamiento biocéntrico como el que propongo, porque en realidad la única revolución que se nos va a echar encima es la revolución genética, y es en ella y con ella donde debemos retomar aquellas rutas abandonadas. Desde Lévi-Strauss se pueden contemplar, como a vista de pájaro, algunos de esos “caminos de cabras” que cuando se pisa la tierra firme que el capitalismo nos obliga a caminar, se confunden entre una maleza preconcebida y dogmatizada. Desde Lévi-Strauss la espiralidad nos hace confundir lo que es el cientificismo del pensamiento primitivo y el salvajismo del pensamiento científico actual. La espiral no impide un “continuum”, muy al contrario, continúa pero donde determinados puntos pueden unirse a modo de coincidencia en el tiempo aunque separados por el espacio. Ese tiempo donde coinciden los puntos de la espiral que hemos decidido unir con una línea, no es el tiempo que genera el espacio cuando este se recorre, sino el espacio mismo en su conjunto. En realidad la espiral no es sino un círculo repetido en el tiempo. Cuando el hombre primitivo clasifica de manera exhaustiva las singularidades fáunicas, botánicas o medicinales, por poner un ejemplo, no sólo aplica un pensamiento que podemos catalogar como científico sino que, en la opinión de G.Simpson , esa necesidad de organizar el entorno posee un inherente valor estético. Pero todo ser vivo necesita clasificar (olvidémonos ahora de cual de las definiciones de vida aceptamos), pues no se puede sobrevivir si no se realiza una mínima labor taxonómica donde se distinga lo peligroso de lo inocuo. Así, todo el reino animal ha de poder realizar esa mínima distinción, incluso los vegetales no pueden escapar de la misma. Las plantas fototrópicas han de saber distinguir las diferentes posiciones del sol, los árboles de hoja caduca deben diferenciar el invierno del verano, y todo el mundo vegetal en general ha de saber diferenciar la luz de la oscuridad. ¿Y las piedras?… el mundo mineral tiene que saber determinar unas barreras térmicas o de lo contrario todo el soporte geológico del planeta se desmontaría como piezas de un mecano, lo mismo en la superficie terrestre que en su interior magmático, ¿o qué ocurriría si el centro de la Tierra dejara su estado para solidificarse?
¿Es entonces todo el proceso vital, un proceso estético en sí mismo? La propia Selección Natural que Darwin y Wallace propusieron, no es en sí más que una forma de clasificación donde se decide quienes se adaptan y quienes no. Este proceso estético-taxonómico vemos pues que está extendido a lo largo de la creación, o mejor dicho, forma parte intrínseca de la misma. ¿Por otra parte el proceso clasificatorio, no es una experiencia lúdica?, ¿no estaremos asistiendo a un simple juego del que no somos más que un ridículo instante?, instante que nos aporta una sensación de insignificancia contra la que intentamos sobreponernos. Konrand Lorenz lo expone perfectamente cuando dice: “Lo que ofende, sobre todo, al hombre en su dignidad, es que él, pese a su gran importancia, resulte ser un elemento intranscendente por completo para el acontecer cósmico”.
Elemento esencial para comprender la naturaleza humana es la insignificancia. ¿De donde nos vienen todas nuestras particularidades específicas? La inteligencia enfrenta la inconmensurabilidad con lo extremadamente ponderable, y es ahí donde aparece la gran tragedia y el gran engaño. La primera por hacernos conscientes de un entorno inabarcable para nuestro ser y la segunda por creernos o tener que creernos que podemos abarcarla. ¿Qué sentimiento ha de aparecer en un animal que en un momento de su evolución histórica se hace consciente de su impuesta finitud, y de la supuesta infinitud que le rodea? ¿No es la insignificancia? La insignificancia del ser humano parece que sólo puede asumirse de dos maneras posibles, con resignación o con arrogancia. Muchos han sido los resignados y los falsos resignados, pero más todavía han sido los arrogantes, y de los primeros ya van quedando pocos, pero no falsos resignados, que por desgracia todavía abundan, sino resignados sinceros. El capitalismo, con todos sus tentáculos, pretende hacernos creer que todo es abarcable y que de hecho tarde o temprano todo se abarcará, lo cual confiere un cierto orgullo de tintes ilustrados, y una cierta arrogancia de corte romántica. Sí, Ilustración y Romanticismo juntos de la mano como amantes que nunca habían sospechado que pudiera llegar el caso de darse un romance entre ellos. Pero no es un hecho muy dudoso que esa ilustración y ese romanticismo son hijos de aquellos otros que en su momento pretendieron cambiar el transcurso de la historia, y que de hecho, en cierta medida, la cambiaron. El caso es que herederos son, pues llevan con ellos esas dos características que acabo de apuntar, orgullo y arrogancia, orgullo por entender al Hombre como especie única, insuperable e insuperada, maravilla de la evolución y resultado teleológico de la misma. La arrogancia no es sino consecuencia de lo anterior, lo mismo que en definitiva el Romanticismo fue consecuencia de la Ilustración, arrogantes los occidentales que nos creemos en posesión de la más perfecta forma de entender y practicar la vida, rezando a la ciencia todo lo que habíamos dejado de rezar a nuestro difunto Dios.
¿Cómo es posible que esa ciencia que pretende ir en busca de la verdad, produzca ceguera en lugar de aclarar la vista? Lo que ocurre es que cuando te quedas durante un buen rato mirando fijamente una luz, terminas deslumbrado y con ceguera pasajera. La ciencia no deja de mirar fijamente su propia luz y cuando vuelve la mirada hacia otros rincones no ve sino oscuridad y vacío, por lo que tuerce inmediatamente su rostro hacia los resplandores positivistas. Pero basta dejar descansar la vista de tanta luz científica, para comenzar a ver otras realidades a nuestro alrededor, y lo que nos rodea no es sino la vida en su más amplio sentido. Una vez que se comió la manzana del árbol de la sabiduría no pudo el ser humano más que sentir insignificancia. Pero el Libro no cuenta que Adán y Eva siguieron comiendo otras manzanas, esta vez del árbol contiguo, el de la estupidez, y esta combinación es la que ha mantenido el hombre a lo largo de estos pocos miles de años. Insignificancia. ¿Qué otra cosa podemos sentir al dejar reposar la mirada en la vida? Y claro, esta insignificancia connatural a nuestra condición humana, no tanto como esencialidad, sino como conciencia, no puede menos que incitarnos a cierta obsesión por la apariencia, pues un ser insignificante no puede sobrevivir. El insignificante no tiene derecho a la reproducción, y si se descuida ni a la alimentación. El insignificante sólo puede aspirar a la marginación y a la muerte. ¡Qué gran paradoja!: el único ser que tiene conciencia de la insignificancia resulta ser que es el único que padece una predisposición sexual continua, es decir que a pesar de su insignificancia sentida y presentida, este animal autodenominado sabio (en el país de los ciegos el tuerto cree ser el rey), se ve en la necesidad de aparentar continuamente una superioridad fingida, para poder satisfacer así unas inabarcables necesidades sexuales. La necesidad sexual de hombres y mujeres no es abarcable en su totalidad por el mero hecho de ser un animal de sexualidad infinita, y por ello tiene que sublimar, desviar, reprimir, o en definitiva dejar insatisfecha su necesidad insaciable.
Muchas son la inabarcabilidades del hombre occidental de nuestros días: cratofilia, epistemofilia, argentofilia, ludofilia…aunque ¿no son precisamente esas, las inabarcabilidades de toda sociedad que haya traspasado el trance del neolítico? Es una difícil encrucijada, porque cuanto más insignificantes nos deberíamos sentir, ante las inconmensurabilidades del macro y del micro, del pre y del post, más aparentes tendríamos que mostrarnos para compensar la sensación de nadería, a no ser que nos resignemos observando cada uno de nosotros, que nada hay de excepcional ni de imperecedero en nuestras personas. La infinitud se lo traga todo y ante ella nada tenemos que hacer, ni como individuos ni como especie, porque aún aceptando la posibilidad de una escatología humana, no sería de “aquesta guisa” como el ser humano podría cumplir su misión encomendada. Podemos pensar en legados culturales que abarquen cientos de años, miles de años, pero ¿millones de años?, es entonces cuando la condición humana deja incluso de tener sentido. El problema de la escatología es que detiene el tiempo en una especie de milenarismo barato, pero el tiempo no puede ser detenido igual que lo infinito no puede ser recortado, pues ambos dejarían de ser tiempo e infinito.
Nada tiene sentido ante lo infinito, sólo la insignificancia y la vida como forma de habla. Pero el problema se presenta mas abstruso al plantear que el hombre no puede dejar de aparentar, por ser condición necesaria y no contingente, del mismo. Entonces ¿cómo se puede entender una visión insignificante del ser, cuando esta misma visión parte de la arrogancia y de la apariencia de superioridad? ¿No resulta una contradicción? Es que resulta que sólo podemos seguir viviendo en la insignificancia desde la arrogancia, porque una vida desarrollada en una insignificancia auténtica se anularía a si misma. El verdadero insignificante no puede vivir, moriría aplastado por el peso de la infinitud, y no pensemos solamente en una infinitud temporal, hay muchas otras, como la infinitud vital. Cuando se logra escapar del antropocentrismo que los occidentales hemos desarrollado junto con la arrogancia, la vida cobra dimensiones infinitas y esa infinitud vital no puede rebasar ciertas fronteras pues de hacerlo supondría también el autoaniquilamiento. Morir aplastado por el peso de la vida o matar impulsado por el habla de la vida, matar sin reparos ni trabas, sin prejuicios ni limitaciones. La infinitud vital conduce a esos dos caminos. El hombre se mueve entre espectros, espectros sonoros, espectros luminosos y también espectros cognitivos. Espectros que como su nombre bien indica, no son otra cosa que fantasmas, limitaciones artificiales de un continuo inabarcable. El hombre, la especie humana, no es más que otro espectro, un fantasma más, una limitación de un continuo inabarcable, un mero enfoque de una realidad infinita. Cuando el hombre insignificante se hunde en el continuo, se diluye porque necesita espectros donde moverse, porque él mismo no puede dejar de ser espectro.
Sólo podemos ser insignificantes hasta cierto punto, hasta para eso somos insignificantes. Pero he de repetir una y mil veces que no se trata de una insignificancia esencial sino estética, es decir sentida y por lo tanto conocida, pero que no implica al ser humano como insignificante, ni a ninguna otra forma de vida. Estoy hablando siempre de un sentimiento de insignificancia y no de una insignificancia como tal. El hombre podrá ser lo insignificante que pueda ser cualquier representación de vida, pero sólo el hombre puede sentirse o ser consciente de su insignificancia. Es el paso siguiente al miedo. Si queremos, no son más que denominaciones diferentes para gradaciones diferentes de un mismo comportamiento. El miedo asumido no es la causa de la valentía, cuando se asume el miedo nos sentimos insignificantes; por el contrario la valentía lo que hace es ignorar el miedo.
Por esa insignificancia se ve el hombre impelido a identificarse. ¿No es el Tótem, entonces un proceso identificatorio? Lévi-Strauss no es partidario de una definición del Tótem, pero sin duda alguna lo califica como forma clasificatoria que aporta un sentimiento de identificación. Del sentimiento de insignificancia podemos salir muy mal parados, o por el contrario intentar desarrollar nuestra civilización por cauces más respetuosos con respecto a otras formas vitales, procedimiento que además revertiría en nuestro devenir histórico. El gran problema del Homo sapiens es su falta de identificación, y la no identificación conlleva una soledad, una falta de diálogo, que difícilmente puede desarrollarse sin acabar en soluciones auto lesionantes. No se puede dialogar desde el solipsismo específico que emprende el ser humano. No se puede dialogar desde la sordera antropocéntrica que excluye a cualquier otra forma de vida como posible interlocutor. La dialéctica escatológica hegeliana, puede contemplarse desde dos puntos de vista bien diferentes, y no me refiero al izquierdo o derecho, como nos tienen acostumbrados a enfocarla los doctos de la filosofía, sino al antropocéntrico o al biocéntrico. Muchos han sido los antropocentristas que no han sabido identificarse más que consigo mismos, mientras que la línea que podría quedar representada por pensadores como, Bruno, Spinoza, Schopenhauer o Bergson no ha podido cuajar en esta sociedad de mirada umbilical. El monólogo intraespecífico que el ser humano “civilizado” viene desarrollando desde la revolución neolítica, sólo puede acabar, como todo monólogo ininterrumpido, en enajenación y pérdida de referencias cognoscitivas.
Desde el monólogo absoluto no se puede conocer uno a sí mismo. Incluso dentro de ciertos límites espectrales, es posible el diálogo interespecífico. El avance científico debería encargarse de facilitar una mayor fluidez en ese diálogo, en lugar de impedir la comunicación, pero el monólogo no cesa y la especie humana continua hablándose a su propia oreja. ¿Dónde terminará todo este diálogo con el espejo? El camino no es buscar las diferencias con el resto de sistema vital, camino que por otra parte es el más andado cuando nos hemos propuesto acercarnos a lo “animal”. Este sería un camino emprendido una vez más desde lo humano, y por tanto el principio del recorrido ya es prepotente y antropocéntrico. Si hay que andar un camino, acompañados del resto de productos vitales que han resultado en este planeta, tendremos que hacerlo por el mismo sendero y no elegir pistas diferentes. Desde la vida y hacia la vida, pero en conjunto, no en solitario ni realizando escapadas como si de una carrera ciclista se tratara, porque por mucho que corras nadie sabe donde está la meta y lo único que se puede conseguir con tanta prisa es perderse por vericuetos de peligroso trayecto. Aún así, hasta esos vericuetos están ahí para que, si quiere, alguien los explore. Curiosamente otras formas de pensar, incluso algunas de ellas buscando “el camino” , lo que en realidad han pretendido es pararse en el recorrido para echar una mirada sobre el propio camino, su contemplación, más bien que su recorrido. Mirar el camino en lugar de andarlo, quizás tengamos que detenernos, aunque fuera momentáneamente, para ver qué desviaciones tomar, porque está claro que nos enfrentamos a una encrucijada de caminos y a la velocidad que vamos, quizás no cojamos la senda más adecuada. Además, en la elección que hagamos, arrastraremos con nosotros al resto del sistema vital del planeta.
Identificarse requiere contemplar primero el entorno para saber con quién y cómo hemos de identificarnos. La identificación no tiene límites, esas fronteras identificatorias hemos de ponerlas nosotros y entonces volvemos a encontrarnos con el problema de origen, aunque enfocado de distinta forma. La persona “identificada” debe enfrentarse con prejuicios escatológicos que nuestra cultura ha ido labrando durante muchas centurias. Las religiones monoteístas han colaborado en la desidentificación del ser humano y su aislamiento dentro del entorno vital. Una ética biocéntrica debe buscar o recuperar la contemplación del camino, sin que ello signifique caer en filosofías baratas de tintes “New Age”, sino que la civilización no puede considerarse como algo deconstructible. La ciudad forma parte ya inseparable e irradicable de nuestro devenir histórico y no podemos tener la ilusión utópica de pensar o querer forjar un mundo desurbanizado, de creer en una nueva ruralidad. La convivencia de estas dos formas de vida puede ser planteada sin enfrentamientos ni exclusividades. Una nueva ruralidad además implicaría dos únicas posibilidades para desarrollarla; una sería el control radical de la natalidad para lograr un fuerte descenso de la población mundial; hemos de pensar que la ruralización implica la vida en horizontal, al contrario de la vida en vertical que plantea el urbanismo, y por supuesto la horizontalidad rural exigiría, con una población como la actual, la utilización de una superficie mucho más extensa que la requerida por el verticalismo urbano.
La otra posibilidad de desarrollar un neo ruralismo sería la expansión exhaustiva de nuestra sociedad, es decir la ocupación de un vastísimo terreno del planeta donde poder ubicar los elementos necesarios para nuestra vida. Hay que tener en cuenta que el ser humano nunca renunciará a los logros alcanzados en el terreno de la comodidad y un neo ruralismo no podría implicar nunca un primitivismo, una vuelta atrás en las condiciones de vida tanto higiénicas como tecnológicas. Esta expansión conllevaría la transformación de una considerable parte del espacio “virgen” del planeta, y la necesaria extinción de muchísimas especies animales y vegetales. Parece contradictorio, pero un pensamiento conservacionista debe ir ligado a un desarrollo urbano de la especie humana, si no se quiere caer en la opción del control exhaustivo de la natalidad, con los tintes eugenésicos que eso podría originar. En cualquier caso el control de la presión demográfica debe formar parte de las futuras medidas que el mundo globalizado debe afrontar.
Este es el gran problema al que nos debemos enfrentar: identificarnos desde la ciudad. A la vista está que la civilización progresiva separa al ser humano de todas sus raíces naturales, por lo que la identificación desde la ciudad, es decir, la identificación con el resto de productos vitales, resulta tremendamente complejo si no imposible. Todo son paradojas; para poder desarrollar actitudes conservacionistas, es necesario plantear al mismo tiempo una humanidad urbana alejada del medio ambiente natural, humanidad urbana que debido a su condición industrializada, cada vez se siente más separada de sus orígenes, con lo que la concienciación ante los problemas medioambientales no dejan de ser en algunos aspectos virtuales, hipócritas o hasta “folclóricos”, si entendemos el término en su aspecto peyorativo como algo despojado de una posible trascendencia y abandonado a la superficialidad más extrema siempre, eso sí, acompañado de todo elemento lúdico posible. ¿No es nuestra filosofía un puro reflejo de estas contradicciones? ¿No es por ello casi utópico pensar en un identificación del ser humano? Las religiones místicas han estado rodeadas de un fuerte elemento rural, y separadas de ese elemento vemos cómo caen, bajo manos urbanas occidentales, en falsos misticismos de barata concepción y superficial mirada. Es decir, que otra gran paradoja sería la de buscar una identificación en entornos desidentificadores. ¿Callejón sin salida? ¿Destino solitario el del hombre? ¿Podemos pensar que esta desnaturalización de nuestra especie forma parte de una teleología humana? ¿Qué nuestro devenir histórico conlleva la independencia total de los elementos naturales? ¿Pero hasta que punto o extremo? ¿Qué es lo natural? La carga moral que debemos soportar los seres humanos nos obliga a pensar en la idoneidad de nuestros actos, pero esas idoneidad es contemplada de muy diferentes formas según la cultura que la aborde. Sin embargo la globalización que la civilización occidental está imponiendo tan ecuménicamente , reduce el universo de idoneidades al mínimo posible, es decir a la unidad. ¿Cómo podemos identificarnos desde la idoneidad occidental capitalista? ¿Cómo podemos identificarnos con mercancías? Sólo desde la vida es posible el proceso de identificación y cuando el capitalismo contempla todo su entorno, todo lo no humano, como algo consumible, comerciable y “monetarizable” impide por ello mismo toda identificación posible. Es lo que ocurría con la esclavitud; mientras se comerciaba con determinados seres humanos a los que se etiquetaba de esclavos, resultaba imposible, debido al comercio que con ellos se desarrollaba, toda posible identificación y toda posible abolición. Fue necesaria la identificación desde un estado de pre-comercio, desde la vida humana que unía tanto a esclavos como a personas libres. Sólo si se pensaba en ellos como seres no comerciables se hacía posible una identificación que llevase a un abolicionismo. Por esa misma razón no podemos identificarnos con el entorno vital desde un antropocentrismo, sino que es necesario salir de la mirada umbilical. Ahora bien, de nuevo nos encontramos con una fuerte dificultad en el camino identificatorio: el problema de la mercancía. ¿Cómo es posible que dejemos de tener un pensamiento mercantil hacia nuestro entorno? ¿Cómo se puede desmercantilizar la mente del ser urbano? Desde la revolución neolítica el mercantilismo ha ido creciendo progresivamente hasta alcanzar las altas cotas que nuestra cultura detenta actualmente. Si no podemos dejar de ser comerciantes ¿cómo vamos a lograr una identificación efectiva, si todo nuestro entorno resulta ser una gran mercancía? Sólo cosificándonos nosotros mismos lo conseguiríamos, pero entonces la identificación sería negativa y no positiva, sería una identificación desde lo inerte y no desde la vida, sería la esclavitud integral y por lo tanto la desidentificación total, es decir que desde la cosificación ni siquiera podríamos identificarnos entre los propios seres humanos, como ocurre desde el antropocentrismo, significaría el más absoluto solipsismo y el aislamiento total del individuo. Todos tendríamos un precio, quizás variable, y todos podríamos ser objetos de compraventa. El individualismo sería absoluto y más allá de nosotros mismos no habría identificación posible, quizás sólo el sexo no mercantilizado mantenga un hilo identificatorio pero en el momento que éste desaparezca, la soledad completa se adueñará de nosotros. ¿No resulta familiar, este estado de individualismo avanzado? Es decir, que la identificación negativa desde la cosa a la naturaleza, no es sino una desidentificación, mientras que la identificación positiva desde la vida a la naturaleza y al hombre, puede generar posturas deconstructivas de lo que hasta ahora supone la construcción de la imagen del ser humano.
Cabe plantearse por lo tanto, si la civilización occidental no está encaminando sus pasos hacia una identificación negativa, hacia la cosificación absoluta y con ello al aislamiento más brutal al que el individuo se pueda ver sometido. Curiosamente la hipertrofia de la individualización conduce a la destrucción del individuo mismo porque desde la cosificación, desde la desidentificación, sólo se puede acabar en la destrucción del propio individuo transformado en una mercancía más: el comerciante comerciado, el cosificador cosificado. Parece pues que la utopía envuelve todo intento de identificación desde la vida, sin embargo creo ver en el desarrollo científico actual un momento especial, y quizás único, que pueda abrir la puerta que nos de el acceso a una identificación vital. Me refiero al estado en el que se encuentran los estudios sobre genética, o lo que ahora suele denominarse como ingeniería genética. No puede constituir mejor ocasión lo que esta ciencia está aportando y aportará en los próximos años, para replantearnos muchos aspectos de nuestro pensamiento sobre la vida. Los estudios genéticos comparativos de un lado, que emparentan simios y hombres cada vez de forma más estrecha, y por otro los avances en técnicas de clonación que desembocarán tarde o temprano en posibilidades y conflictos éticos hasta hace pocos años insospechados. Por eso entramos en un momento crucial para renovar nuestro pensamiento sobre la vida, para poder iniciar un proceso de identificación que cambie los derroteros que nuestra especie había emprendido, y poder así compaginar la horizontalidad conservacionista y la verticalidad capitalista. Momento que sería triste desperdiciar por culpa de una ceguera.
El proceso identificatorio ha ido adquiriendo muy diversas formas a lo largo de la historia y de la geografía cultural, pero una de las características que podemos adjudicar a nuestra sociedad es que ha perdido el aspecto biocéntrico que se podía encontrar en muchas otras culturas, así por ejemplo Jennes nos relata lo siguiente:

Sabemos lo que hacen los animales, cuáles son las necesidades del castor, del oso, del salmón y de las demás criaturas, porque antaño, los hombres se casaban con ellos y adquirieron este saber de sus esposas animales … Los blancos anotan todo en un libro, para no olvidar; pero nuestros ancestros se desposaron con los animales, aprendieron todos sus usos y han transmitido estos conocimientos de generación en generación.

Nuestra civilización ha recogido para su beneficio, una vastísima información derivada del espectro taxonómico que muchas comunidades “primitivas” poseen acerca del mundo botánico y de sus cualidades farmacéuticas; pero por el contrario, en ningún momento hemos mostrado el más mínimo interés, más allá de los estudios de carácter etnológico, por adoptar posturas y comportamientos que se salgan del profundo antropocentrismo en el que la sociedad industrial ha degenerado. El carácter escatológico de las principales religiones monoteístas, junto con el pragmatismo exacerbado del capitalismo que nos dirige ya desde hace muchas décadas, ha propinado una personalidad impermeable al resto de comportamientos y enfoques no lineales, no antropocéntricos, no positivistas, no materialistas… etc. Una de las cosas de las cuales carece nuestra cultura es del enfoque fenoménico acerca de nuestro comportamiento e incluso de nuestra esencia específica. Es decir, la presencia del ser humano en este planeta, no tiene por qué responder a ningún plan teleológico donde el hombre suponga la culminación o, al menos, la avanzadilla del mismo, sino que puede ser contemplada como un mero fenómeno dentro de una vida encerrada a su vez en una Vida abarcadora de todo fenómeno existente. Es este fenómeno la base de todo pensamiento biocéntrico, donde se entienda nuestra presencia, tanto singular como específica, de manera únicamente fenoménica y no determinada teológica ni teleológicamente. Sin embargo hay algo que sí compartimos con esas otras culturas, algo que aparentemente no nos concierne puesto que suele pensarse que se trata de un aspecto ligado sólo a las culturas más primitivas, pero que en mi opinión ha dejado huellas indelebles en el conjunto de la humanidad. Me estoy refiriendo al totemismo, esa forma identificatoria que desde lo más antiguo ha formado parte indisociable del ser humano. Nos comenta Lévi-Strauss:

Las sociedades a las que llamamos primitivas no conciben que pueda existir una fosa entre los diversos niveles de clasificación; se los representan como las etapas o los momentos de una transición continua.”

Es decir que podríamos deducir de esto, que todo es un tótem en potencia, o en otras palabras que todo es “totemizable”. Para estas culturas, por lo tanto, existe un continuo vital donde se ven ellas mismas insertas, sin crear fronteras esenciales entre el ser humano y el resto de los fenómenos vitales. Para ellos hay un lenguaje universal, del que es posible aprender su gramática. El habla para estas gentes es algo muy diferente a lo que nosotros entendemos.
El signo y la diferencia en Derrida me vienen a recordar la similitud con el concepto musical a partir del silencio y el ritmo, como parámetros destructivos de la unidad. Creación-destrucción vuelve así a aparecer como la dialéctica “estúpida” que se esconde detrás de todo el conjunto vital. No puede concebirse, pues, una unidad que no conlleve el par constructivo-destructivo. La escritura, como el habla, se compone de diferencia y ausencia como elementos esenciales para la existencia del signo y por lo tanto del lenguaje comunicativo, menoscabando así la unidad y la presencia. De esta forma se puede entender todo el proceso vital como un a especie de lenguaje, que evoluciona de la misma forma que lo hacen nuestros idiomas. La vida como escritura ¿el lenguaje de Dios?…esto ya es algo dicho, pero que ahora puede alcanzar dimensiones diferentes.
Si sólo hay una forma de existencia que es la que va unida a la no existencia, no puede concebirse un absoluto-no absoluto, y el absoluto no tendría consistencia. ¿Es el absoluto un emergente? El pájaro vuela por el continuo batir de alas (olvidémonos por un instante de la existencia del planeo), y si cesa en el batir el pájaro deja de volar. ¿Es el vuelo su absoluto? ¿Su Dios? Volar es algo que ocurre, pero que no es más que el resultado de una actividad. ¿No es nuestro Dios también algo que ocurre por que activamos el pensamiento, y que en el momento de dejar de pensar se viene abajo todo el constructo?
Aún existiendo el planeo hemos de reconocer que sin batir las alas ningún pájaro podría volar. Unos baten de una manera y otros de otra, así su vuelo será también diferente. ¿No ocurre de la misma manera con nuestro pensamiento-lenguaje? Según la manera de utilizar la capacidad lingüística, así se producirá un absoluto diferente, es inevitable volar para el pájaro que bate las alas. Para aquel que piensa es también inevitable imaginarse un absoluto, algo que se remonte por encima de las individualidades pero eso no quiere decir que el absoluto exista sino que nosotros absolutizamos. ¿Existe el vuelo como vuelo, o sólo existen los seres que vuelan? ¿Existe Dios o sólo existen los seres que diosean? El problema se podría extender a otras consecuencias de la actividad humana… ¿la ética, por ejemplo, la ciencia por ejemplo?
El ser humano diviniza, moraliza o cientifiza porque verbaliza, como ser parlante que es, todo su comportamiento. ¿Pero es que los animales o las plantas no verbalizan de igual manera sus comportamientos? ¿Es que el pájaro no verbaliza su conducta? El verbalizar, pues, no tiene que ver con el lenguaje humano, sino que la vida es verbo y lenguaje. Todo comportamiento es verbal en cuanto comunicativo, en cuanto actividad emergente, y todo comportamiento o existencia, que para el caso es lo mismo, es lenguaje que parte del contraste, del par constructivo-destructivo. “CONSDECCIÓN”, si se me permite el amasijo semántico, esta es la esencia comunicativa de la vida, el lenguaje que todo ser conlleva por el mero hecho de ser. No ya al Ser-ahí sino al Verbo, la consdección, que utiliza el despojo de la unidad para poder existir y “hablar”.
El universo no habla, el universo es el habla. El verbo es verdad que se hizo carne, pero también se hizo piedra y madera y agua. No puede diferenciarse este verbo de la Vida y de las vidas. El verbo es verdad que se hizo carne, pero no sólo en Jesucristo, es que el verbo sencillamente se hizo. El verbo como la disgregación, la anti unidad, la separación, la música, el contraste….la consdección. Es este universo sin fronteras el que ha permitido la aparición entre las diversas culturas, de una multitud de diferentes formas totémicas. Pero ¿no totemiza nuestra cultura?, ¿no es el racismo consecuencia de una forma de totemización? ¿no hemos creado un tótem macho y otro hembra?…la sociedad occidental ¿no se ha forjado bajo el tótem persona? Si bien es cierto que el término persona no ha sido aplicado a o largo de la historia de la humanidad de manera uniforme -ni los esclavos ni las mujeres fueron considerados personas en sus días-, no lo es menos que desde hace ya algo más de un siglo, la frontera ha quedado delimitada por el abismo (en realidad virtual) que nuestra cultura ha establecido entre lo que ella considera Homo sapiens y el resto de las formas vivas del planeta. Ni siquiera la teoría de la evolución de las especies ha podido cambiar o disminuir este abismo. El tótem “persona” intenta evitar la animalización o cosificación del hombre, debido a que en el fondo somos conscientes de una finitud animal en nosotros; la misma finitud que producía en E. Bloch el terror a acabar como el ganado.
De esta manera, pienso que el tótem “persona”, que nuestra sociedad ha ido creando a lo largo de su historia, surge en del enfrentamiento existente entre el concepto de hombre-animal y el pensamiento de la persona como ente cultural. Se presenta así, desde mi punto de vista, un paralelismo entre el giro copernicano y el giro darviniano, pues cuando el geocentrismo dio paso al heliocentrismo en lugar de llevar el pensamiento occidental a regiones más humildes, donde contemplarnos no como el centro de la creación sino más bien como unos habitantes más girando en torno a otro centro extraterrestre, lo que sucedió fue muy al contrario, que ante tal demostración de una Tierra girando entorno al Sol, el verdadero eje científico-cultural se desplazó no hacia un heliocentrismo sino a un antropocentrismo, pasando el Hombre (ya que la Tierra no podía serlo) a representar el centro de gravedad de todo el universo imaginado. De la misma forma, cuando Darwin y Wallace expusieron su teoría evolucionista de las especies, en lugar de adoptar una postura menos prepotente ante el resto de las formas vitales, como consecuencia de pensar al ser humano heredero directo de primates, y en menor o mayor medida, del resto de formas vivas, en lugar de eso nuestra cultura adoptó una visión eminentemente antropocentrista en la que el proceso evolutivo tenia como finalidad la aparición del Hombre, y por lo tanto volvíamos a representar la cumbre de la creación. Todo el resto de formas vivas quedaban así supeditadas a la hegemonía humana.
Si para Lévi-Strauss las castas profesionales y agrupamientos totémicos son igualmente “exoprácticos”, es decir que acarrean unos beneficios en sus relaciones con el entorno exterior a las fronteras que delimita el tótem, en el caso del tótem persona, que nuestra cultura ha elaborado, no considero que se origine dicha exopracticidad sino que más bien habría que considerar al mismo como endopráctico, además de fagocitador o depredador cultural. El mismo autor nos dice:

En el totemismo, existe una pretendida reciprocidad de conductas homogéneas en relación unas con las otras y simplemente yuxtapuestas: cada grupo, semejantemente, se imagina poseer un poder mágico sobre una especie; pero como esta ilusión está desprovista de fundamento no existe más que a título de forma vacía, idéntica como tal a las demás formas.

Asimismo podemos imaginar que, el ser humano como persona, cree tener un poder mágico sobre el ser humano como animal, o lo que es lo mismo, nuestra cultura ha chamanizado su papel con respecto a la naturaleza, puesto que no se resigna a detener sus pretensiones allí donde la ciencia pierde su capacidad explicativa.
En numerosas ocasiones se ha dicho que las sociedades primitivas fijan las fronteras de la humanidad en los límites del grupo tribal, fuera del cual no perciben más que extraños, subhombres o bestias peligrosas. Si bien es cierto que en muchos otros casos el totemismo busca idea de humanidad sin fronteras, en el caso del tótem “persona”, que aquí estoy suponiendo adoptado por nuestra sociedad industrial, vendría a confirmar la primera de las posturas, es decir que más allá de lo que considera como persona, todo se convierte en pura oposición, en no humano, no racional, no inteligente, no parlante… etc. Además cuando las sociedades totémicas desbordan los límites de la humanidad, esbozando una sociedad internacional, lo hacen en un sentido no ya sociológico sino biológico, “esto es lo que ocurre en lo tocante a los perros -por lo demás llamados hermanos o hijos, según los grupos- en las tribus australianas de la península del Cabo York, y respecto de los perros y caballos, entre los indios ioway y winnebago” En nuestra cultura antropocéntrica, tendríamos que desconstruir la carga semántica que muchos conceptos arrastran para poder elaborar espectros semánticos mucho más amplios “destotemizados” desde el punto de vista de la persona. Conceptos como lenguaje, trabajo, juego, amor, libertad…etc, han de ampliarse si no queremos caer en la circularidad de una cultura que se retroalimenta hasta haberse hipertrofiado de manera claramente alarmante. El mismo Lévi-Strauss de nuevo nos comenta en el texto tantas veces reseñado aquí:

Pero si, como sujeto parlante, el hombre puede encontrar su experiencia apodíctica en una totalización otra, ya no vemos por qué, como sujeto viviente, la misma experiencia le sería inaccesible en otros seres, no necesariamente humanos, sino vivientes.
La idea de una humanidad general, a la cual conduce una reducción etnográfica, no guardará ninguna relación con la idea que nos habíamos forjado antes. Y el día en que lleguemos a comprender la vida como una función de la materia inerte será para descubrir que ésta posee propiedades harto diferentes de las que le tribuíamos anteriormente.

Vemos pues que, desde Lévi-Strauss, se puede uno acercar a la concepción de una “Vida” donde las barreras establecidas entre lo inerte y lo vivo sufren serias contrariedades, abriéndonos un mundo donde la continuidad vital se extiende omnidireccionalmente. Por el contrario, el pensamiento histórico salvaje es al mismo tiempo diacrónico y sincrónico, habiendo sido definido este tipo de pensamiento como analógico. Pero el aspecto propiamente histórico del pensamiento domesticado es continuista, necesita de la linealidad temporal que lo unifique. Aún con todo, no creo que la separación entre pensamientos salvajes y domesticados sea una buena taxonomía, encontrando rasgos comunes en ambos lados de la línea divisoria. Podemos entender como domesticación todo proceso de distanciamiento de cualquier tipo de ser vivo con respecto al dominio de las imposiciones naturales. La evolución, pues, parece encaminada hacia la domesticación, la función del hombre podría verse reducida al elemento domesticador. Por una parte, el Homo sapiens sapiens puede ser considerado como especie domesticadora por excelencia, aunque conocidos son otros ejemplos en el reino de la naturaleza, como es el caso de las hormigas que crean sus “rebaños” de pulgones. El ser domesticado se caracteriza, entre muchas otras cosas, por tener una comida asegurada, la cual es proporcionada en mayor o menor medida por un tercer agente, el domesticador. De esta manera el proceso de domesticación afecta de forma importante al comportamiento del individuo domesticado, llevándole a emplear repuestas diferentes a las que un ejemplar salvaje emplearía ante el mismo estímulo. El grado de domesticación puede ser muy amplio, sin poder hablar estrictamente de una domesticación sin más especificaciones. Por ejemplo la dependencia que sufre el perro hacia el hombre es determinante de su grado de domesticación, sin que tampoco por ello podamos hablar de una misma domesticación para todos los perros. Existen perros cimarrones que han sabido adaptarse a la vida salvaje, pero hay muchos otros que una vez abandonados murieron por no poder valerse de forma independiente. Los gatos, las vacas, las ovejas, los caballos… etc, todos tienen diferentes grados de domesticación y además, como estamos contemplando, se pueden dar diferencias entre los propios individuos de una especie o de un grupo.
Pero ¿está el hombre domesticado? Pregunta de no tan fácil respuesta como pudiera parecer en un primer momento. Si tomamos como referencia del índice de domesticación, el grado de dependencia trófica con respecto a un tercer agente, tendríamos que afirmar que la especie humana no es una especie domesticada, es decir que ninguna otra especie animal se encarga de asegurarnos el alimento, nosotros mismos nos encargamos de conseguirlo por nuestros propios medios. Por esta razón no cabría contemplar nuestra especie como domesticada, sino más bien como salvaje. Ahora bien, ¿podemos considerar al individuo de la sociedad industrial, como un ser salvaje y dependiente de las imposiciones naturales? Sin duda que no. Todos los individuos de nuestra sociedad industrial dependen de subgrupos sociales especializados, de manera que aunque una persona viva en el campo y sea ganadero, o agricultor, difícilmente será autosuficiente y dependerá su subsistencia de otras personas que le proporcionen alimento, herramientas, vestimenta, refugio…etc. Y en la mayoría de los casos, incluso esos individuos que todavía viven en un medio rural, no suelen emplear el producto de su trabajo en su única consumición, sino preferentemente en la obtención de dinero. Es el dinero pues, el encargado de proporcionar la subsistencia a los individuos de nuestra sociedad y es por tanto el dinero elemento domesticador de cada uno de nosotros por actuar como tercer agente en nuestra dependencia trófica. Todo el mundo occidental se ha ido alejando de la relación directa con la naturaleza, pero paradójicamente no podemos contemplar de la misma manera la especie en su conjunto, ni siquiera el mismo bloque occidental a pesar del proceso globalizador al que se está sometiendo.
Así que una vez más, el ser humano nos brinda una imagen compleja y contradictoria de su significado dentro del conjunto biológico. ¿Somos o no somos una especie domesticada? ¿Podríamos decir que somos una especie que se domestica a sí misma? Si es así, no somos una especie domesticada pero seríamos individuos, domesticados. Esto encierra un grave problema, pues como individuos domesticados que somos, tenemos un comportamiento modificado culturalmente, mientras que genéticamente nuestra información heredada seguramente permanece más cerca del estado salvaje del que nos pueda parecer. Además, por el mismo motivo estamos convencidos como individuos domesticados, que dependemos de un tercer agente y no de nuestra relación directa con la naturaleza. Este tercer agente, abstracto pero descentralizador, impide que veamos la real dependencia de la naturaleza que el hombre como especie no domesticada todavía mantiene. Es decir que vivimos en una ilusión o en un estado virtual generado por la contraposición salvaje-doméstico, genética-cultura. La cultura no puede eliminar del todo la dependencia del hombre hacia el entorno natural, pero pretende independizarse a cualquier precio, aunque sea mediante el engaño.
La dependencia trófica con respecto a un tercero, no es el único elemento que define la domesticación. También el aprovechamiento del ser domesticado es otra de las condiciones básicas de este estado. Todo ser domesticado es aprovechado de alguna manera por parte del domesticador; puede ser proporcionando directamente alimento, o materiales para el vestido o incluso para la guardia o simple compañía, como ocurre en el caso del perro. El hombre debe aprovecharse como domesticador, de todo aquel a quien domestica, incluidos sus congéneres. El aprovechamiento siempre es mutuo, pues tanto el domesticador como el domesticado sacan algún provecho, pero nunca será simbiosis, porque para ello entra a formar parte el elemento del tercer agente, el encargado de asegurar el alimento mientras dure la condición de la domesticación. Por eso tampoco se produce una simple simbiosis entre los formantes de un grupo social humano. La cooperación forma parte esencial de la domesticación, pero no es domesticación en sí. A mí me domestica la empresa donde trabajo, ella es la responsable de mi manutención a través del tercer agente, el dinero. También, a su vez el ganadero es domesticado por sus vacas, dado que no se come directamente su ganado sino que este le proporciona el dinero necesario para subsistir. Así pues el tercer agente del ganadero son las vacas, o mejor dicho, el dinero que le proporcionan sus vacas. De esta forma con el sistema capitalista, asistimos al proceso por el que la acción domesticadora que el hombre había emprendido en el neolítico, se vuelve recíprocamente hacia él mismo, domesticándose a través de sus animales domesticados mediante la acción intermediaria del dinero. Pero ¿quién se aprovecha entonces del hombre?, del hombre como especie nadie, pero de los hombres, individualmente hablando, de los hombres de nuestra sociedad occidental se aprovecha su domesticador, o sea, el dinero. En el sistema capitalista, el dinero es el que realmente crece y crece a costa de la separación constante y progresiva de los individuos con respecto a su medio ambiente original, creando un entorno artificial o “establo capitalista” que viene a cuajar en las ciudades. Las ciudades vienen a ser de esta manera nuestras cuadras, nuestros corrales en los que el amo dinero, el capital, nos engorda para poder así explotarnos hasta límites insospechados en los entornos naturales. Porque en el proceso de domesticación, puede llegar un momento donde se confunda el umbral que separa a ésta de la esclavitud. Todo esclavo está domesticado en cuanto que es un ser alimentado por un tercer agente, y además es privado de libertad, y el amo del esclavo por regla general saca un provecho de su propiedad.
La esclavitud es un término que sólo se viene aplicando a seres humanos; nunca hablamos de vacas esclavas o de gatos y caballos esclavos. El esclavista no es otra cosa que un domesticador de hombres y el esclavo, por lo tanto, un ser humano domesticado por otro ser humano. El esclavo no recibe dinero de su amo, sólo comida y cobijo, a cambio él debe ofrecer su trabajo incondicionalmente. Esta situación es frecuentísima en la relación existente entre los animales y el hombre, pero a ellos en ningún momento se les puede considerar esclavos. ¿Somos los individuos occidentales esclavos del dinero? ¿No es esta una sociedad esclavizada, en cuanto consumidora obsesiva y trabajadora compulsiva? Sólo la obtención de dinero marca nuestros objetivos a corto y largo plazo. Únicamente el dinero delimita nuestro horizonte vital. Pero el gran problema de la domesticación, es que incapacita para retornar al estado salvaje. La domesticación sólo conserva una dirección, la que lleva en sentido opuesto a la dependencia directa de los recursos naturales. Alejarse más y más de la naturaleza, ese es el camino del domesticado. Un pájaro que ha nacido en cautividad no puede ser devuelto al entorno natural, pues moriría de inanición. Lo mismo ocurre con todos aquellos ejemplares de animales que han nacido en zoológicos y que nunca han tenido que vérselas ante la difícil tarea de alimentarse por sus únicos medios. Hay técnicas de reintegración, pero no siempre funcionan.
Un individuo occidental tendría pocas probabilidades de sobrevivir, si se tuviera que valer por sí mismo en un entorno natural separado de todo rastro de civilización. Aún si el entorno de este supuesto Robinsón, fuera una isla donde la recolección de marisco y fruta pudiera ser más o menos accesible, su estado mental no podría permanecer intacto por mucho tiempo. El mito robinsoniano no es más que un mito. ¿Y nosotros tenemos la pretensión de denominar nuestra cultura como cultura del ocio? Sólo el trabajo y el dinero marcan el ritmo de nuestra sociedad. El ocio no hace más que ocupar los espacios vacíos, los rincones donde no sabemos qué hacer, y rápidamente comenzamos una actividad concreta. Necesitamos la actividad para no enloquecer. ¿Cómo podría entender esto un cocodrilo? Sólo los himenópteros sociales saben de nuestro mal. Y ese es el problema, la sociedad, porque no es lo mismo el grupo que la sociedad, se puede ser gregario sin ser social, como los renos o los ñus. Pero el hombre y las hormigas son seres sociales.
Quizás se domestique mejor a los animales sociales. El lobo, animal social, se convirtió en perro, aunque según algunos autores como K. Lorenz el antecesor del perro no sería tanto el lobo como el chacal, el cual no posee la estructura social del lobo. ¿Y las plantas?, porque también hablamos de la domesticación de las plantas. Por lo mismo que comentaba antes, una planta estará más domesticada cuanto mayor sea su dependencia del cuidado (alimentación) de un tercero. En este caso, está claro que las plantas de interior poseen un grado de domesticación más alto que el de las plantas de exterior. En cuanto al trabajo de hibridación por injertos…etc, podría pensarse que aumentaría al mismo tiempo el grado de domesticación de una planta, pero particularmente pienso que no, que la hibridación sólo realiza un trabajo que la selección natural no ha hecho, pero que podría muy bien haber ocurrido, sin influir en el estado de dependencia trófica con respecto a la naturaleza. Lo que ocurre con los monocultivos, ya sean de cereales, frutales o cualquier otra plantación, es que se pueden ver afectados de plagas y enfermedades que acabarían pronto con la producción, por ello mismo dependen del cuidado del hombre y por la misma razón se podría considerar que todo monocultivo implica aumento de domesticación, pero curiosamente y al igual que en el caso del ser humano, no sobre la especie sino sobre los individuos. La superpoblación conlleva unos problemas añadidos a los del entorno normal, o natural, que implican unos cuidados diferentes y una dependencia de terceros. El ser humano provoca una superpoblación de individuos en sus plantaciones de monocultivo y por lo tanto se ve forzado a aplicarles unos cuidados específicos para poder mantener dicho monocultivo en condiciones de producción. ¿Pero qué ocurre con la superpoblación humana? ¿Quién provoca la presión demográfica que está multiplicando nuestra especie por el conjunto del planeta? La plaga humana extendida sobre el monocultivo del capitalismo.
Qué duda cabe que la predisposición sexual continua del ser humano es un factor a tener muy en cuenta, pero fue la revolución del Neolítico, y muy concretamente la aparición de la agricultura, lo que facilitó la expansión de las sociedades que se empezaban a sedentarizar. Surge la economía y la moneda y una vez más tenemos al dinero presente en un proceso de culturización humano. ¿Por qué entonces existen graves problemas de superpoblación en regiones de las más pobres del planeta? Creo que todas estas poblaciones hoy tercermundistas y con tremendos problemas de hambruna, son en realidad comunidades que en algún momento fueron prósperas y en proceso de independencia con respecto a la naturaleza. Causas políticas y climatológicas han conducido a estos pueblos al hambre, pero ellos ya tenían en función el mecanismo de la presión demográfica, mecanismo que una vez arrancado ya no puede volver atrás, más que con una aculturización que permita después implantar la cultura occidental con sus programas de control de natalidad. El sistema capitalista permite dar cabida a masas ingentes de emigrantes provenientes del tercer mundo, con lo que la población global sigue creciendo a través del mundo urbano principalmente. El 50% de la población mundial ya es urbana. El dinero, parece favorecer de esta manera la superpoblación del hombre sobre la tierra, una muestra más de su carácter domesticador sobre el ser humano. Es pues el dinero el único que puede proporcionar soluciones a los problemas generados por dicha superpoblación. La superpoblación sin recursos económicos conlleva a la autodestrucción.
Los arqueólogos hablan de la domesticación del fuego, y ahí creo que no atinaron con el vocablo, pues se trata más de una utilización que de una domesticación. Aunque el hombre desapareciera de la faz de la Tierra, el fuego no dejaría de existir, ni el aire, ni el agua. No creo por lo tanto que domestiquemos los elementos; tan sólo los intentamos controlar y provocar a nuestro gusto. También podemos intervenir en la conservación del oso pirenaico o en su extinción pero eso no afecta al carácter salvaje o doméstico del oso.
Así pues, aunque no crea conveniente la utilización de una visión polarizada entre lo que podría ser el pensamiento salvaje y el pensamiento domesticado, no cabe duda alguna que se producen grandes diferencias entre los enfoques que adoptan las culturas no capitalistas y nuestra sociedad post-industrial. En este pequeño ensayo he intentado mostrar cómo desde Lévi-Strauss es posible encontrar rutas casi perdidas de comportamiento, a través de las cuales poder retomar perspectivas biocéntricas que nos permitan replantear una gran parte de nuestro espectro cognoscitivo, mediante una mirada hacia mundos perdidos o en peligro de extinción, sin que ello signifique “primitivizarse”. La ampliación de la carga semántica de muchos de los conceptos vitales que conforman la sociedad capitalista, lejos de ecologismos baratos que intente “naturalizar” falsamente una cultura verdadera: la persona, que es el resultado de culturizar verdaderamente una falsa naturaleza, labor llevada a su cima por el mundo occidental.
La todavía reciente desaparición de este importante antropólogo y filósofo, no puede constituir un vacío en el panorama del pensamiento europeo, antes al contrario, debería determinar el comienzo de la recuperación y desbroce de esas antiguas rutas que hemos dejado perder entre la maleza de nuestra cultura invasora, pues sólo de esta forma podremos encontrar caminos alternativos que nos permitan afrontar desde la vida, y no desde el hombre, los inmediatos retos que ya están desafiantes sobre nuestras cabezas.

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