Un faro en el desierto
(una mirada biocéntrica con ojos miopes) Blog personal de Francisco Javier Pérez de Arévalo

Homo stultus

HOMO

 

 

 

 

STULTUS

 

 Friedrich Nietzsche con la razón ya perdida

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BREVE VISIÓN POST-NIETZSCHEANA DEL HOMBRE

1900 fue el año de la desaparición del creador de “Así habló Zaratustra”. Aunque intelectualmente estaba muerto desde 1889, su presencia, o casi mejor su preterición[1], se mantuvo viva hasta el comienzo del siglo XX; quiso aguantar somáticamente lo que anímicamente no pudo. ¿Pero por qué no soportó por más tiempo su particular lucha contra la cordura?, ¿por qué abandonó esa agonía creadora,  agonía de un anticristo? Yo no sé si es posible responder esas preguntas, pero he intentado por mi parte plantear otras cuestiones, de diferente índole es verdad, pero salidas del mismo pozo: un pozo donde la oscuridad lanza destellos de vacío, destellos originados no por un faro (lighthouse) sino por un  antifaro  (darkhouse) que orienta a los navegantes hacia la duda y el escepticismo, y pretende que naufragues entre los acantilados de la in-moralidad. Abruma la frescura que conserva la lectura de Nietzsche después de pasados más de cien años desde su muerte, y abruma porque ello significa que nuestra sociedad no ha cambiado mucho durante este siglo, al menos en cuanto a cambios profundos se refiere. Todos sabemos que la superficie sería ahora irreconocible  para cualquier europeo de finales del XIX, con toda esta tecnología hipertrofiada y asfixiante, pero… ¿qué ocurre cuando se rasca esa superficie?: ocurre que las bases de nuestra sociedad, los cimientos que la mantienen en pie, serían perfectamente familiares para aquellos europeos decimonónicos, y si se me apura, igual de familiares a sus antepasados y a los antepasados de sus antepasados. ¿Quiero con ello decir que nada cambia en la vieja Europa?, ¿qué tampoco la joven América, heredera de nuestros valores, ha superado o transvalorado (en expresión nietzscheana) los viejos valores occidentales?; en parte creo que así es, aunque es cierto que se han de añadir matices y aclaraciones.

Es posible que, al menos por ahora, exista una condición insuperable en la naturaleza humana, justo esa parte que viene desempeñada por el animal interior del que así hablaba Zaratustra, condición sobre cuyos pilares sólo añadimos capas de pintura para disimular su tosca apariencia, pero que en ningún momento podemos eliminar sin hacer caer toda la estructura que sujeta el andamiaje de nuestra especie. Si esa estructura acabará cayendo o no, es algo que todavía no podemos aventurar. Pero hay otras condiciones, otros pilares de nuestra existencia sobre los que cada cultura a preferido diseñar, a su gusto, un determinado modelo de vida. Columnas que en el caso de la sociedad industrial, han ido sofisticándose en apariencia, para tornarse deslumbrantes hasta casi cegar al que las contempla sin ningún tipo de protección (profilaxis occidental), provocando un espejismo traicionero; traicionero no por devolverte a un desierto maldecido, sino por ahogarte en las aguas de un oasis virtual. ¿Pero cómo puede uno protegerse contra esa engañosa fuente de luz? Ya lo había planteado antes, ¿mediante un antifaro?, ¿mediante el darkhouse que te lance destellos de duda y de vacío? El balizamiento occidental, tan luminoso, acaba cegando a quienes lo contemplan, como ciegos terminaban aquellos fareros que encendían las lámparas de petróleo sin colocarse antes sus gafas ahumadas. Nietzsche no es sólo un anticristo, también es un antifaro, un faro para perderse, para desorientarse dentro de este iluminado y orientado mar occidental de nuestros días, océano de olas decadentes, decadencia maniquea con sus ejes del bien y del mal sujetando una bóveda de espejos cóncavos, donde todo aquel que alza la vista se ve sorprendentemente reflejado y maravillado del espectáculo reverberante. ¿Pero es que nadie se da cuenta que la imagen devuelta por unos espejos cóncavos debería ser deforme?, ¿que si nos contemplamos tan perfectamente definidos, es porque en la realidad sufrimos una considerable deformidad? Efecto anamórfico este del que estoy hablando, como el del famoso cilindro del rey de Suecia, que refleja de forma diáfana el monárquico rostro que fue pintado con tal deformación que se hace irreconocible en el lienzo, lienzo sobre el que se alza perpendicular el cilindro corrector.

Al menos Nietzsche se dio cuenta de ello, percibió esta anamorfosis y deseó la superación del hombre y la llegada del superhombre, al contrario que el conjunto de la sociedad occidental que no hace sino dar continuas muestras de estupidez, porque yo me pregunto si no es un síntoma de estupidez que el ciego crea ver o que el sordo presuma de oír. En cualquier caso, ¿sabemos con certeza lo que es la estupidez? Carlo M. Cipolla en su curioso escrito Las leyes fundamentales de la estupidez humana, nos dice:

 

Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio[2].

 

Me dejo aquí llevar por una particular lucha contra el antropocentrismo, para ampliar la definición cipolliana hasta abarcar como estúpido, a todo ser de tendencias devastadoras y consecuencias autodestructivas. En la naturaleza, se pueden encontrar múltiples ejemplos de comportamientos estúpidos más allá del propio ser humano. Así, las plagas podrían ser consideradas como fenómeno de estupidez colectiva, pues arrasan de forma irrevocable  su propio sustento, cosa que les termina ocasionando su mismísima extinción. Sin embargo Nietzsche se centró en la estupidez humana; cuánta estupidez vio él a su alrededor, no paraba de comentarlo en sus libros y raro es aquel de sus escritos que no hace referencia al tema. Me limitaré a exponer algunos ejemplos:

 

Es preciso resignarse a que sobre el espíritu de un pueblo que padece, que quiere padecer de la fiebre nerviosa nacional y de la ambición política- pasen múltiples nubes y perturbaciones o, dicho brevemente, pequeños ataques de estupidizamiento, por ejemplo entre los alemanes de hoy, unas veces la estupidez antifrancesa, otras la antijudía, otras la antipolaca, otras la cristianoromántica, otras la wagneriana, otras la teutónica, otras la prusiana…[3]

 

 

 

 

 

¿Qué destruye más rápidamente que trabajar, pensar, sentir sin necesidad interna, sin una elección profundamente personal, sin placer?, ¿cómo un autómata del “deber”? Es esta precisamente la receta de la “décadence” incluso del idiotismo…[4]

 

¡Qué oculta sabiduría es esta, tener orejas largas y decir únicamente sí y nunca no! ¿No ha creado el mundo a su imagen, es decir, lo más estúpido posible?[5]

 

El ingente trabajo de lo que yo he llamado “eticidad de la costumbre”- el auténtico trabajo del hombre sobre sí mismo en el más largo período del género humano, todo su trabajo “prehistórico”, tiene aquí su sentido, su gran justificación, aunque en él residan también tanta dureza, tiranía, estupidez e idiotismo…[6]

 

 

No creo que sea necesario citar más ejemplos de referencias nietzscheanas a la estulticia. Si nombramos como Moriología ( del griego Mwria, insensatez, necedad ) a la disciplina que se ocupa del fenómeno de la estupidez, para mí que Nietzsche ha sido uno de los grandes moriólogos de la historia, como también lo fueron Erasmo y Heráclito, este último a pesar de no referirse directamente a la estulticia (o al menos en los fragmentos que nos han llegado no parece que se muestre comentario alguno.) Lo que sí hace Heráclito, es recrearse en lo que respecta al estudio de los pares de opuestos que rigen el ritmo del universo, y por supuesto el par creación – destrucción, era uno de sus favoritos. Por ello  no dejo de ver a Heráclito como uno de los primeros moriólogos de la historia humana y a él, al gran pensador de Éfeso, se asemejará Nietzsche en su devenir intelectual ¿contradictorio?, yo más bien diría “monodialógico”. Condensación casi onírica la que realizará Nietzsche del efesino y del ateniense. ¿pero qué ateniense?, Platón. ¿No es acaso platónica la obsesión que Zaratustra siente por la caverna? ¿No se reconoce al viejo Aristocles, el apodado “Platón”, camuflado entre las tres transformaciones del espíritu de las que nos habla Zaratustra?: la del camello, el león y el niño. En esas tres transformaciones encuentro yo el gran parecido con el camino que siguió el prisionero de la caverna en “La República” platónica. Del camello dice Zaratustra que está atado su  carga, a sus jorobas, y esa es la atadura del prisionero que está atado en su caverna observando el desfile de sombras ante sí. Del león hablaba Zaratustra como el símbolo de la liberación, como el paso del “tú debes” al “yo quiero”, y ese es el trance del prisionero de “La República”, que se libera de sus ataduras y decide salir al exterior de la caverna. Por fin el niño que contempla la verdad en la obra nietzscheana, no es otra cosa que la pequeñez que siente el liberado al salir de su escondrijo subterráneo y descubrir la realidad iluminada por el sol revelador, la verdad hasta ahora escondida para él, la humildad del que tiene todo por aprender. También se podrían encontrar similitudes entre los tres esclavos de la caverna platónica y los tres seres moradores de la cueva zaratustriana, siempre el tres revelador, el tres repartidor y clasificador, los tres tipos de almas, las tres transformaciones, las tres partes del Estado, las tres salidas de Zaratustra desde su cueva… El dualismo platónico es más trinitario que binario, pues siempre se otea el dos desde el individuo contemplativo, de manera que se forma un triángulo irreductible que obliga a la transmigración de las almas, a la moral. Se necesita un tercer punto donde implantar al individuo que se niega a ser desintegrado en el auténtico dualismo, el de fuera y dentro, ideal y real, un tercer ángulo desde donde contemplar la dualidad a través de la razón, del logos. Quizás por eso se avinieron tan bien platonismo y cristianismo, porque el tercer punto del triángulo es el vértice salvífico.

Y aquí está el milagro de la condensación, del tres platónico al dos heraclíteo, la inscripción del triángulo en el círculo de la eternidad. Porque anti-platónico (o superplatónico) se vuelve también Nietzsche al considerar la caverna de Zaratustra como un lugar de reinicio, donde retornar ¿eternamente? el sabio para poder seguir progresando en su ascensión místico-intelectual. Mientras que para Platón la vuelta a la caverna no tiene ningún sentido,  para Nietzsche es el comienzo de un nuevo ciclo. También se antiplatonizó en su lucha personal contra el idealismo, pero es que el creador del Anticristo realizó en su propia vida ese monodiálogo interno, haciéndose antiwagneriano, antischopenhaueriano, y podríamos decir que anti todo de lo que en algún momento fue pro. Sólo su defensa indestructible de la vida siguió marcando las horas que el péndulo, en que se había convertido su alma, animaba impulsando con su “va y ven”, con su “pro y anti”,  las manecillas giratorias víctimas del eterno retorno circular. El eterno retorno que Nietzsche siempre sufría volviendo al mundo de la realidad, ¿pero cual era ciertamente su realidad?, ¿los dolores de cabeza?, ¿su incipiente pero progresiva enajenación?, ¿su soledad?, ¿su aislamiento?, ¿sus desencantos amorosos?, ¿sus desencantos sociales?, ¿el superhombre?, ¿el nihilismo moral?…todo. Tan real es el ir como el venir del péndulo, lo falso es su equilibrio porque cuando este llega, es que el péndulo ya no es péndulo, sino simple colgajo decorativo. Sí, Nietzsche pasó del tres al dos, no quiso acompañarse de una pareja de correligionarios, se quedó solo consigo mismo, ese era su dos, Nietzsche y el Antinietzsche, su pendular pensamiento, su contertuliano indispensable para elaborar monodiálogos platónico-heraclíteos. Así hasta llegar al uno, su vuelta a la realidad se convirtió en el descenso al monólogo. Del tres al dos y de este al uno; se puede pensar que esa es la gran lógica de su vida, la marcha coherente que pocos se atreven a emprender. El uno nietzscheano terminó con sus monodiálogos, ya no eran posibles, solo el monólogo, la locura, la autodestrucción, ¿la estupidez? ¿El progreso desde el politeísmo al monoteísmo?

    El proceso autodestructivo quizás es esencial en el entorno de la vida, pues la vida misma no puede entenderse sin la muerte. Existe un proceso vital (llamémosle Vida con mayúscula) ¿eterno?, y existen elementos, vidas individuales que conforman la Vida. Es decir que esas vidas conformantes, no pueden entenderse sin su extinción. Creación y destrucción, ¿no es ese también el más característico comportamiento humano? Homo faber, así se nos ha definido en ambientes materialistas, ambientes en los que se han olvidado de la inseparable pareja de ese Homo faber, su gemelo, o mejor dicho su siamés: el Homo vastator.[7] El ser humano destruye, arrasa, aniquila, devasta para luego volver a crear, construir, levantar. Y así una y otra vez.  

Si como vengo planteando, consideramos la estupidez ante todo como proceso dañino y autodestructivo,  no podemos dejar de calificar al ser humano como ser eminentemente estúpido. Construir algo para destruirlo posteriormente, proceso estúpido  que quizás sea la esencia del progreso, puesto que cada vez que se reconstruye se hace de manera renovada, diferente, ¿progresiva? ¿Pero no es este el proceso vital por excelencia? ¿La evolución no se agarra a este principio? Se ha de morir para poder crear una descendencia que quizás haya mutado, evolucionado, y que quizás sea capaz de adaptarse y comunicar su mutación, su reconstrucción renovada. ¿Y no es acaso el ser humano el más dañino de todas las especies del planeta? ¿Cómo puede ser que una especie consciente de la destrucción que está generando en su propio entorno, siga avanzando en él y si acaso cada vez con más insistencia, con odio enfermizo a una biodiversidad ya depauperada? Si atendemos a la definición que de la estupidez he expuesto al principio ¿no tendríamos que coincidir en calificar al ser humano como Homo stultus? Esta es la fórmula:

 

 

Homo faber + Homo vastator = Homo stultus

 

 

 

 

El gran moriólogo que fue Nietzsche conocía muy bien la naturaleza estúpida del hombre y por eso deseó un superhombre. ¿Pero ese superhombre no podría ser en realidad el Homo sapiens? ¿No nos hemos adelantado, como especie presuntuosa que somos, en aplicarnos el calificativo de sabios? El Homo sapiens es posible que esté por venir, que falte aún bastante tiempo para su aparición, que deba destruirse primero al Homo  Stultus.  ¿Y cómo se destruye? La respuesta ya está aquí planteada, en realidad se autodestruye, pero cabe otra posibilidad ¿no habéis notado cierta tendencia en la unificación de los sexos?, ¿no comienza a aparecer un pensamiento transexual? No quiero decir que se deje de pensar en el sexo, sino que creo ver una tendencia a la despolarización del sexo. Sin duda la despolarización sexual sería una forma de destrucción del Homo stultus, y la ingeniería genética puede llegar a abrir puertas que nos dejen entrever paisajes insospechados. Sí, una nueva revolución, la revolución genética.

Podríamos intentar sacar conclusiones de lo hasta aquí expuesto, podríamos entre otras cosas opinar que en función de la primera definición, las vidas que se desarrollan en este planeta son estúpidas en cuanto vidas, pues toda vida individual sólo tiene sentido si se piensa en su muerte, en su propia destrucción,  vida y muerte forman un binomio, un todo, un mismo concepto polarizado, como el sexo. Podríamos también interrogarnos acerca de la posibilidad de que la Vida en este planeta haya muerto, es decir la Vida entendida como un proyecto en continuo desarrollo. Es decir, ¿podríamos plantear la posibilidad de que ese proyecto haya terminado hace algún tiempo y que en realidad las especies aparecidas desde entonces no seamos más que el resultado de su “descomposición”? Cuando un animal muere comienza un proceso de putrefacción en el que desaparecen las antiguas esencias de lo que en vida fue ese animal, pero al mismo tiempo surgen los agentes encargados de llevar a cabo esa descomposición, agentes externos como escarabajos necróforos, moscas de diverso tipo, avispas…etc, que depositarán sus huevos y donde sus larvas se alimentarán antes de la consiguiente metamorfosis, y agentes internos de tipo bacteriológico. Desde la aparición del Hombre en la Tierra, prácticamente un suspiro si pensamos en el resto de las formas vivas, la pérdida de material biológico en el planeta, es muy superior al número de nuevas especies desarrolladas. ¿No puede ser esto un indicador del proceso corruptivo? ¿Es el Homo stultus una larva humana? ¿Nos estamos alimentando de un cadáver, de la Vida ya muerta, de un proyecto que en su día dejó de existir como tal?

Todas estas preguntas se agrupan en haces de vacío lanzados por un antifaro, un darkhouse surgido de entre las páginas de Federico Nietzsche, el gran cantor de la vida y de la muerte. Y las preguntas pueden multiplicarse, en cada giro de la óptica de ese oscuro faro, se repiten y se suceden mutándose en nuevos interrogantes, en vacíos todavía no detectados. Así, desde las cuestiones sobre vidas individuales que en este planeta se recrean, hemos pasado a la Vida como proyecto terrestre, proyecto que de antemano ya estaba condenado por ser el planeta un elemento de existencia finita, como las estrellas, como las galaxias…¿ y así hasta donde? ¿Todo esta creación y destrucción vienen a ser entonces vidas de una Vida superior que las engloba a todas? ¿Dónde termina toda esta estupidez? ¿Dónde este nosense? Es muy fácil dejar que la boca se llene de la palabra Dios para poder tragar saliva y digerir algo entre tanto vacío anoréxico. Es muy fácil construirse un faro que deslumbre al marinero, que le oriente hacia regiones seguras con preciosas playas de arenas dogmáticas donde poder reposar y calentarse después de haber entrevisto la oscuridad y el vacío, después de sentir los destellos nihilistas del antifaro nietzscheano.

Condorcet, preso y antes de ser decapitado por el Terror revolucionario, vaticinó que el ser humano acabaría cambiando hasta de apariencia. ¿Por qué no? ¿No podría ser esto una condición en el camino hacia el superhombre, hacia el Homo sapiens? Nietzsche se volvió hacia la “voluntad de poder” para buscar en ella lo que no había encontrado en la voluntad schopenhaueriana. Pero quizás haya otro concepto que nos muestre de manera algo más clara la naturaleza de esos pilares que nos encadenan a la animalidad, a la condición de Homo faber y de Homo vastator. Ese concepto puede ser el de la Apariencia de Superioridad. El hombre desde sus comienzos tuvo que aparentar lo que no era, no era fuerte, ni ágil, ni veloz ni muchas otras cosas que poseían otros mamíferos depredadores de su entorno. Había que aparentar superioridad ante ellos, inventar, suplir la falta de defensas naturales, de velocidad innata, y de tantas otras cosas. La apariencia es frecuente en el reino animal y vegetal, unos aparentan más volumen otros más agresividad, algunos incluso aparentan no existir mediante un mimetismo pacífico. Competir implica casi siempre aparentar. ¿Y el sexo? Que pasó cuando los homínidos perdieron el estro, y apareció el Homo stultus con su predisposición sexual continua?  Ahora la Apariencia de Superioridad ya no era un recurso esporádico, ahora era necesaria para intentar darle un sentido a una vida de la que ya se era consciente que tenía una doble cara, la muerte.

El historicismo busca y bucea en los fondos del pasado para encontrar sentido al devenir histórico, escatología de final huidizo. Pero la historia se reduce en última instancia a los individuos, quienes a su vez han sido marcados por una sociedad que surgió por el cambio provocado por otros individuos, y así la circularidad generada por el par de fuerzas individuo-colectividad, no cesa de girar y girar. ¿Hubiera existido una Alejandría sin Alejandro?, ¿Y un Alejandro sin un Aristóteles?, ¿pero pudo haber un Aristóteles sin la herencia de unas Polis?, ¿y una segunda guerra mundial sin un Hitler?, ¿y un Hitler sin una primera guerra mundial?, ¿y una invasión de Irak sin unos Bush?, ¿pero es concebible la aparición de un Bush hijo sin la sociedad del miedo americana? Podríamos seguir hasta el infinito sin conseguir parar el movimiento de la rueda. Esto recuerda a la otra circularidad aquí tratada, la formada por las vidas y por la Vida, vidas singulares que conforman una Vida que a su vez junto con otras Vidas puede ser considerada como vidas que conforman un segundo tipo de Vida que a su vez….

Sí, es muy fácil dejarse llenar la boca con la palabra Dios, pero un moriólogo no puede caer en la tentación y ha de sustituir ese tan manido término por el de estupidez, que al fin y al cabo es lo que hizo Nietzsche con su Zaratustra, en la última cena, adorando al asno, asnificando a Dios o divinizando al burro; también círculo de infinitud inquietante. Inquietante en un doble sentido: intranquilidad por no originar playas de arenas dogmáticas, e in-quietante por no poder pararse, quedarse quieto, aparentar quietud.

1889, ese fue el año en que se le paró la óptica al antifaro de Nietzsche. Pero poco a poco se volvió a poner en marcha su rotación, su circularidad. Los escritos del pensador alemán han seguido moviendo las lentes de su pensamiento, lentes que han continuado emitiendo destellos de escepticismo, que permanecen  desorientando al intrépido lector, atrayéndole hacia sus acantilados de duda y de vacío, hacia el sentido de la estupidez, hacia la paradoja del eterno retorno, porque no deja de ser paradójico en el pensamiento nietzscheano que se desee un superhombre como superación del hombre, para al fin de cuentas retornar eternamente del primero al segundo. No hay mucha superación en la idea de el eterno retorno, como tampoco lo había en la imagen que Fichte intentaba eliminar de su magín al pensar una vida consistente en comer y beber para volver luego a tener hambre y sed y poder de nuevo comer y beber así hasta que el sepulcro nos trague, ni en pensar acerca de unos seres que engendran seres semejantes para que también ellos coman y beban y mueran y dejen detrás de sí seres que hagan lo mismo que yo hice. ¿Y si realmente acabamos todos como el ganado, tal y como se negaba a aceptar Bloch?:

 

¿Tú sabes eso, oh Zaratustra? Eso no lo sabe nadie—

Y nos miramos uno a otro y contemplamos el verde prado, sobre el cual empezaba a correr el fresco atardecer, y lloramos juntos.- Entonces, sin embargo, me fue la vida más querida que lo que nunca me lo ha sido toda mi sabiduría.[8]

 

 

¿No basta con esto, con contemplar el verde prado? ¿Por qué tanto empeño salvífico en nuestra cultura occidental? ¿Por qué tanta insistencia valorativa?

 

¡Oh hermanos míos! ¿En quiénes reside el mayor peligro para todo futuro de los hombres? ¿No es en los buenos y justos?- que dicen y sienten en su corazón: “nosotros sabemos ya lo que es bueno y justo, y hasta lo tenemos.”[9]

 

 

Qué actuales y frescos resuenan estos párrafos tan llenos de advertencia, en estos días en los que se dibujan ejes del mal y del bien, en los que se practica la justicia infinita y en los que se administra libertad roussonianamente, obligando a ser libres. Cuánta apariencia de superioridad desplegada, como pavos reales de acomplejado subconsciente. Cómo se recrea nuestra sociedad contemplando su bella imagen reflejada en la cúpula  de espejos convexos, inconsciente del efecto anamórfico, desconocedores de su deformidad.

 

La tierra, dijo él, tiene una piel; y esa piel tiene enfermedades. Una de ellas se llama, por ejemplo hombre.[10]

 

¿Y si la Vida ha muerto? ¿Y si somos larvas humanas alimentándonos del proceso de descomposición del proyecto Vida en la Tierra?

 

Nosotros conocemos un estado de excitabilidad enfermiza del sentido del tacto, el cual retrocede entonces temblando ante cualquier contacto, ante cualquier aprehensión de un objeto sólido. Traspóngase semejante hábito fisiológico a su lógica última – como odio instintivo a toda realidad, como huida a lo “inaprensible”, a lo “inconcebible”, como aversión a toda fórmula, a todo concepto de tiempo y de espacio, a todo lo que es sólido, costumbre, institución, Iglesia, como un habitar en un mundo no tocado por ninguna especie de realidad, en un mundo meramente “interior”, en un mundo “verdadero”, en un mundo “eterno”…”El reino de Dios está dentro de vosotros.”[11]

 

¿Este odio instintivo a la realidad no podría ser un claro síntoma de nuestra naturaleza larvaria? ¿Ansia destructiva para poder metamorfosear? ¿Dejar de ser Homo stultus para salir de la crisálida como Homo sapiens? Nietzsche quería superar al hombre, pero desde la vida no desde el más allá, de falso dualismo con tres vértices.

 

Cuando se coloca el centro de gravedad de la vida no en la vida, sino en el “más allá”- en la nada- se le ha quitado a la vida como tal el centro de gravedad. La gran mentira de la inmortalidad personal destruye toda razón, toda naturaleza existente en el instinto []. Vivir de tal modo que ya no tenga sentido vivir, eso es lo que ahora se convierte en el “sentido” de la vida.[12]

 

¿Dónde está hoy nuestro centro de gravedad? ¿En el dinero inerte? Ya no está en la vida, ni en el más allá, sólo nos obsesiona la moneda y el billete, su materialidad muerta, su virtualidad deslumbrante. ¿Qué sentido tiene la vida por dinero? Destellos de luz cegadores, sólo eso parece aportarnos.

Nos queda la otra posibilidad; no la larvaria de tintes escatológicos, sino la bacteriana, de profunda estupidez. Porque si el Homo stultus no se asemeja a esas larvas que metamorfosean para concluir en el imago que la naturaleza les tiene reservado, y solo aparece, tras la supuesta muerte de la Vida, como bacteria que surge en el proceso de descomposición, entonces tan sólo le queda la autodestrucción, la devastación completa de su entorno y con ella la suya misma. Apocalíptica imagen que no deja de tener, seamos sinceros, cierta correlación con la realidad que estamos formando, y que conllevaría una vez más ese carácter estúpido del ser para no ser. Porque entonces ¿qué sentido habrá tenido el hombre? Particularmente no me importa en absoluto pensar que nuestro sentido es el mismo que el del ganado. ¿No es esta una terrible encrucijada? El cristianismo ha querido iluminar los destellos de vacío que salían del cristo crucificado, allá en el Gólgota, el lugar de la calavera. San Marcos lo sabía, sabía que Jesús en la cruz era un antifaro cuando exclamó: Eloí, Eloí, ¿lema sabaktaní?- “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Terrible expresión nihilista. Quizás ese fue el verdadero momento de la muerte de Dios. Quizás, como Nietzsche suponía, sólo hubo un cristiano y ese fue Jesús. Lo demás fueron distorsiones y tergiversaciones. ¿Qué le hizo gritar a Jesús aquella pavorosa expresión? ¿Es que vio la muerte de Dios? ¿Fue consciente de que la Vida había muerto?

Pronto fueron Pablo y los demás a poner una luz artificial en aquellos oscuros destellos y a convertir en arenas dogmáticas y faro destellante, lo que en realidad no era sino noche oscura y haces de un gran vacío. Allí en el Gólgota, en el lugar de la calavera, posiblemente nació el nihilismo.

Pero el problema está en la sombra que Dios ha dejado, esa sombra que todo lo oscurece y enfría, haciendo necesaria la luz artificial y la calefacción a base de moralina. Este fenómeno se puede entender muy bien desde la lengua castellana, porque no es lo mismo decir “Dios ha muerto”  que “Dios está muerto”. La peculiar separación que el idioma español hace de los dos términos “ser” y “estar” conlleva una no menos peculiar relación con el mundo del más allá. “Está muerto” implica una presencialidad que no existe en el “is dead”, por ejemplo.  En lenguas como la inglesa, la francesa o la alemana, por citar sólo algunas, la muerte está revestida por el lenguaje de un cambio en su esencialidad, mientras que un hispano parlante cambia al individuo en su estado, según le pasa de la vida a la muerte, del estar vivo al estar muerto, sin dejar de estar, sin alterar su esencialidad. El muerto hispano parlante sigue “estando”, “presenciando”. Esa es la sombra a la que Nietzsche se refería y que nosotros hemos sabido recoger en el lenguaje.

Así que no basta con matar a Dios… hay que olvidarlo. Solo el olvido puede borrar la sombra y devolver la luz natural, con su día y su noche, con su circularidad, con su eterno retorno. ¿Por qué tener miedo a la duda, al vacío? Los antifaros son necesarios, si no el ser humano corre el peligro de creerse Dios, y para eso es todavía un poco pronto, ¿no?

 

  los originados no por un faro (stellos de vac

 


[1] Si pensamos en la preterición que en la filosofía antigua reflejaba una forma de lo que no existe de presente, pero que existió en algún momento.

[2] C.M.Cipolla. Allegro ma non tropo. Pag. 66. Ed Grijalbo Mondadori. 1996

 

[3] F.Nietzsche. Mas allá del bien y del mal. Pag 218. Alianza Editorial. 2000.

[4] F.Nietzsche. El Anticristo. Pag 40. Alianza Editorial. 1998.

[5] F.Nietzsche. Así habló Zaratustra. Pag. 422Alianza Editorial. 2001.

[6] F.Nietzsche. La genealogía de la moral. Pag. 77. Alianza Editorial.2001.

[7] Del término latíno Vastatio: devastación, asolación.

[8] F.Nietzsche. Así habló Zaratustra. Alianza Editorial. 2001. pag 317.

[9] Ib. Pag 297.

[10] Ib. Pag 198.

[11] F.Nietzsche. El Anticristo. Aianza Editorial. 1998. Pag 65.

[12] Ib. Pag 83.

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4 comentarios to “Homo stultus”

  1. ¡Totalmente de acuerdo! Suscribo punto por punto lo que has expuesto.
    La duda, la Incertudumbre (sí, con mayúscula) es, quizá, lo único que tenemos y con lo que podemos contar; pero, desgraciadamente, se opone a los principios ordenatorio, clasificatorio, clarificatorio y demás -orios de la civilización.
    La conciliación entre la razón y calzarse un cuerpo biológico, seguramente, todavía no se ha solucionado; y creo que hay una legión de nostálgicos y sátrapas morales e ideológicos -manipuladores o saqueadores- que se resisten a, siquiera, facilitar el camino.
    Contamos con grandes que no pudieron, o no supieron encontrar el puente que les permitiera cruzar hábilmente los mundos mental y biológico: Nietze, Rosseau, Kierkegard, Unamuno, Richard P. Feinman, el payaso de Einstein… me dejo muchos, claro.
    Como bien dices, el cuerpo está contaminado por la Historia, también apuntaba Gasset algo así, y la mente que sustenta la razón no escapa a sus fibres.
    Creo que es inevitable preguntarse qué propósito tiene el Universo, pero también creo que es una de las preguntas que nos ponen en un camino más “directo” hacia el Conocimiento. ¿Qué nos hace humanos? Pues una retaíla de características que nos sueltan los filósofos, los antropológos y demás; pero, en realidad, ¡qué más da! si como bien dices no nos diferenciamos del ganado ni de la hormiga. A esta pregunta, yo respondería que nos hace humanos observar el Universo e intentar comprenderlo; en cuanto otra especie lo consiga (el hermano Neanderthal seguramente lo hizo, pero no está aquí para contárnoslo) dejaremos de ser exclusivos, los reyes, de una vez por todas.
    Por cierto, Woody Allen hace una interpretación del Mito de la Caverna curiosa, en su película La Rosa Púrpura del Cairo.
    Y me estoy leyebdo un libro de C.M. Cipolla (vaya nombrecito) sobre la caída de los imperios, muy interesante.
    Bueno, me alargo mucho y es difícil escribir en este recuadrito. Se me ha quedado mucho en el tintero.
    Otra cosa, “Homo faber + Homo vastator = Homo stultus”, muy bueno, me he reído mucho. La estupidez no es otra cosa que una epidemia de inteligencia, cosa que ahora abunda: ¿te has fijado la de inteligentes que andan sueltos hoy en día?
    Me lo ha pasado bomba, Javier. Muchas gracias.
    Un beso, desde la Enterprise.

  2. Fe de erratas:
    Fibres: quiero decir fiebres.
    Retaíla: lapsus, quise poner retahíla.
    Me lo ha pasado…: quise decir, he pasado…
    Saludos estelares, de nuevo.

  3. Hola, otra vez. A ver si consigo explicarme: estoy pensando que, dada la anarquía (tendencia al desorden, entropía) que presenta la naturaleza y que dentro de ella la vida es una singularadidad que se “organiza” (ordena), como producto que somos de la vida, siempre estaremos condenados a ordenar, organizar etc, dado el marcado carácter biológico que nos sustenta.
    Una de mis paridas mentales favoritas es que el pensamiento constituye una dimensión (en el sentido dimensional estricto), que es capaz de trascender, en ocasiones, a su soporte biológico.
    Si te has acercado por la Enterprise, habrás visto que mi lema es “la humanidad es una patrulla perdida” y una de las reflexiones que caracterizan el “sobre mí” es . Esta pregunta me la hago con muchísima frecuencia, unas veces con desesperación por lo que me toca vivir, y otras con estusiasmo cuando me alientan los hados del futuro.
    Aunque me hubiera gustado nacer en el futuro, no cabe duda de que vivimos una época fascinate, sobre todo si la comparamos con la que vivieron otros. Pero coincido con Sagan en que vivimos en una adolescancia y el traje humano nos viene muy, muy grande.
    Hace un tiempo publiqué un artículo titulado “El ser humano: pionero de sí mismo”, a propósito en una cita de Sacha Tsipotchkine, que está en la línea de Nietze y su hombre que está por llegar (frase muy mesiánica, por cierto ).
    Ahí va la cita, que está entre mis preferidas:
    “El hombre ¡llegará un día! Un poco de paciencia, un poco de perseverancia: no faltan más de diez mil años… Hay que saber esperar, mis buenos amigos, y sobre todo ver en gran escala, aprender a contar edades geológicas, tener imaginación; de este modo el hombre se hace enteramente posible, incluso probable: bastará estar todavía presente cuando aparezca. Por el momento no hay más que rastros, sueños, presentimientos… Entretanto el hombre no es más que un pionero de sí mismo. ¡Gloria a los ilustres pioneros!”

    Con frecuencia me veo invocando a Locke y a su estado de naturaleza, tal como nuestras madres lo hacían con Herodes cuando éramos pequeños. Quizá los escépticos somos más cristianos que los propios cristianos cuando reconocemos que nuestro reino no es de este mundo.
    No se nos prepara para vivir en la incertidumbre; todo lo contrario, se nos previene contra ella. Pero es algo que aprendemos solitos, no sé si muchos o solo unos pocos.
    Lo cierto es que el grueso de las legiones humanas huye de la incertidumbre y de la duda, para instalarse en el sembrado de las verdades incuestinables, las maestras del sufrimiento bien adquirido. De estupidez va bien surtido
    este mundo. La incertidumbre no tiene por qué doler y de hecho, no duele.
    Bueno, pues me tengo que ir a estudiar, ya lo siento. (Ahora no habrá fé de erratas, no tengo tiempo, de modo que pido disculpas por anticipado.)
    Hasta la próxima.
    Saludos estelares, desde la Enterprise.

  4. Pues sí, y como digo en mis “caprichos”: hay tanta estupidez en el infinito que a veces pienso si no serán sinónimos.
    Muchas gracias por tus comentarios


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