Un faro en el desierto
(una mirada biocéntrica con ojos miopes) Blog personal de Francisco Javier Pérez de Arévalo

Desde el silencio

Ya podrán perdonar la manera de abordar esta situación, asomando mis narices entre la blancura del papel, súbita y precipitadamente, sin ambages que doren la carne que se ha de digerir. Soy el narrador de un relato que comienza a pergeñarse con la contingencia necesaria que insufla vida a toda historia o suceso. Sí, qué bonita paradoja la de ser necesariamente contingente, la obligatoriedad de poder ser o no ser, la contradicción que hace posible la vida desde la muerte e incluso dependiente a aquella de ésta. Los narradores somos el Espíritu Santo que permite la hipóstasis de esa trinidad, completada por el protagonista y el escritor. Del escritor, este escritor que aquí nos okupa, poco puedo decir, pues su mediocridad le hace irrelevante; dañan la vista sus manos con dedos carcomidos por una onicofagia que deja al trasluz la inseguridad que todo mediocre arrastra absurdamente como burro pegado al tiento de la noria. Su mirada vacía no puede rellenar el entorno por el que se ve obligado a deambular indolentemente, y tan sólo su cuerpo se permite ocupar un volumen que se ve así desperdiciado al no quedar disponible para nadie más. La mediocridad suele abarcar al conjunto de lo que afecta, por lo que si lo mediocrizado es una persona, entonces nada de él queda libre de ese campo gravitatorio; física, psíquica e intelectualmente no puede escaparse de la norma, de lo vulgar, de lo normal como número, que no como máscara; todo el conjunto de su ser es un término medio. ¿Es entonces perfecta la mediocridad, al reunir un poco de todo y en su justa medida? ¿Por qué, sin embargo, despreciamos lo mediocre y al mediocre? ¿Nos aterra pertenecer a una masa informe que devora nuestra personalidad característica para defecar un producto amorfo del que no queremos formar parte alguna? Al escritor que aquí nos okupa, perfecto mediocre donde los haya, no le cuesta mucho admitir la naturaleza vulgar de su espíritu, sin que esa misma aceptación le otorgue la excentricidad necesaria para salir del justo medio. Aceptar la mediocridad no significa destacar de entre el vulgo, sino asumir la condición a la que se pertenece, concienciarse de una medianía insalvable salvo con la delincuencia, porque el mediocre sólo puede dejar de ser mediocre delinquiendo; no sabe otra forma. Ya lo dije antes: “la mediocridad suele abarcar al conjunto de lo que afecta”, por lo tanto irá más allá de lo físico para adentrarse en las profundidades de lo creativo, eliminando cualquier singularidad que pueda destacar de un decorado sinsorgo. Yo como narrador, me veo hoy obligado a nadar en estas aguas estancadas de una imaginación ajena y sin oxígeno, donde se hace difícil la supervivencia del más miserable pez. Pero es mi obligación de narrador y como tal voy a actuar.

 El protagonista, último representante trinitario, no puede salir en estos momentos a escena, pues se encuentra en el silencio de su soledad donde nadie más que él puede estar, donde ha querido irse par escapar de la caza sin tregua a la que se ha visto sometido por unos sonidos furtivos, donde encontró el reposo a una persecución hacía bastante tiempo iniciada. Lo que sí puedo adelantar es que, como no podía ser menos, el protagonista ostenta una originalidad que nunca el escritor pudo encontrar en su propia persona, adoptando para su personaje cualidades artísticas y humanas que quizás hubiera buscado y deseado para sí mismo en la adolescencia, hasta que la pasividad de sus días dieron al traste con todos aquellos sueños de impúber pusilánime. De una complexión fuerte, voz vigorosa pero delicadas manos, saldrá la imagen del compositor que, aunque no falto de tópicos, representará al personaje principal del relato. Los pelos revueltos y largos, el carácter indómito, la despierta sensibilidad y un lenguaje repleto de exabruptos son ya algo tan manido a la hora de construir la descripción de un artista, que no puede sino resultar aburrido para cualquier lector de mínima cultura. La mediocridad no consigue salirse de la tónica general, y por lo tanto el compositor que aquí verá la luz del papel amaneciendo entre sus días de tinta, no dejará de ser un vulgar tópico de sobada imagen y actitud.

La lentitud de un escritor sin ideas llega a exasperar a alguien como yo, que desea volcar de golpe las pocas esencias que quedan en un frasco ya de por sí bastante desustanciado. Son muchos los escritores con los que he trabajado, incluso algunos de ellos tocado de algún prestigio, o contratados por importantes editoriales, todos con sus genialidades y vulgaridades, todos empujando sus reclamos literarios por la cuesta de la competitividad o por las curvas de una creatividad amargada. El caso es que ya no puedo exigir mucho, ya he caído en esa fase típica del narrador decadente que después de haber conseguido trabajar para algún autor de mediano éxito, no le queda sino aceptar las migajas de aquellos que se inician por los vericuetos de la escritura. Porque los narradores cogemos nuestros vicios, somos como esos perros que acaban mimetizándose con su dueño, adoptando sus ademanes, sus andares cansinos o nerviosos, su ritmo vital, atrapados en una educación de la que ya no podrán salir ni siquiera cambiando de dueño. Muchos han sido los narradores abandonados en las cunetas de los caminos escritos, después de haber sido fieles a un lenguaje, defensores de estilos esgrimidos muchas veces con falsos orgullos, también muchos los adoptados por escritores de segunda fila que, recogiendo al narrador desamparado, intentaban emular lo inimitable, olvidando el papel que el escritor tiene dentro de ese triunvirato quizás ya un poco apolillado. De todos mis escritores fue sin duda el primero quien dejó mayor huella en mi trayectoria profesional. A él le debo prácticamente todo lo que aprendí del oficio; aunque los otros pudieron completar algo mi formación, ya no añadieron nada que en esencia marcara mi carrera. Ahora, sin embargo, tengo que estar en manos de un pobre inútil que pretende convertir en macizo de rosas lo que nunca pasará de ser un montón de aliagas silvestres. El protagonista de este relato tendrá que pasar por un camino de bordes indefinidos sin saber qué ha de provocar en un posible lector ocasional; ¿la risa?, ¿el llanto?, ¿la melancolía?… seguramente nada más que el aburrimiento anodino, ese aburrimiento del que sólo quieres escapar porque no es sino el resultado de una decepción. Nada tiene que ver este aburrimiento con ese otro al cual buscas con desesperación para poder descansar como en balneario terapéutico. Porque cuando el escritor, como cualquier otro creador, no tiene su oficio bien claro, entonces sólo el tedio puede salir de sus líneas escritas.

 Por ahora me negaré a que el protagonista adopte uno de esos nombres que mi escritor habitúa utilizar para sus personajes, así que me referiré a él simplemente como al protagonista, sin más complicaciones. Resulta que recaló en una pequeña isla del Mediterráneo, donde fue encontrando su modo de supervivencia dando clases particulares de piano, solfeo o armonía; soportando la abulia que escullaba de todos aquellos jóvenes isleños, obligados a iniciar estudios musicales por unos padres que pretendían impedir que la indolencia general no prendiera en los cuerpecitos de sus hijos; pero la indolencia prendía inexorablemente. A nuestro protagonista no le preocupaba el escaso o nulo resultado de sus esfuerzos docentes, sino que estaba por completo obsesionado por sus propias creaciones musicales, partituras que no tenían buena suerte en el viaje que debían emprender desde los pentagramas hasta las salas de concierto, pues casi siempre naufragaban a medio camino, chocando contra los icebergs que constituían las personalidades de la gran mayoría de los músicos de las ciudades más cercanas. Días y días de trabajo, de concentración absoluta para poder llegar a terminar obras con una mínima esperanza de que fueran estrenadas. Aquella tranquilidad de la que podía disfrutar en la isla llegó a truncarse poco a poco, aunque no por motivos ajenos sino por su propia naturaleza enfermiza. Según desarrollaba las técnicas de composición que ideaba de forma bastante original y progresiva, se iba obsesionando simultáneamente por unos sonidos que después del trabajo pautado, del esfuerzo de transcribir aquellas ideas en estructuras medianamente interesantes, seguían enquistados en su torturada mente, repitiéndose una y otra vez como tiovivos desquiciantes de aviesas intenciones. El camino definitivo lo emprendió cuando un fagot neurótico comenzó a taladrar los últimos días de aquella mente aislada por los contornos costeros y por los ariscos acantilados de su inconsciente. Ella es su mujer, con la que se casó después de cinco o seis años de convivencia perfecta, y con la que continuó compartiendo armoniosamente el mundo en el que intentaban guarecerse. La meto aquí, de esta manera tan desordenada, porque me da la gana, porque no soporto los manuales de esos talleres de escritura impartidos generalmente por escritores frustrados, porque mi escritor adolece de tan poco oficio que no puedo dejarle coger las riendas del relato, porque la belleza de una persona puede aparecer en cualquier instante de un texto de la misma manera que surgen por las calles de tu vida sin avisar, al doblar cualquier esquina, descubriéndola y olvidándola fugazmente, como meteoritos que entran en tu atmósfera para desintegrarse luminosamente a los pocos segundos, segundos que me llevará describir su cuerpo delgado, sus pechos perfectamente formados de redondez y tamaño en su justa medida pero no mediocres, porque su nariz impedía que las mamas se vulgarizasen. Es muy importante que la nariz intervenga entre los pechos de una mujer de la misma manera que la cabeza de un hombre debe actuar como compensadora de sus glúteos, y Ella poseía una nariz de inusual personalidad, de graciosa movilidad, compartiendo con los labios cada una de las frases que salían de su cerebro, en una danza sincronizada y coreografiada por unas ideas a veces surrealistas, a veces cándidas y siempre estéticas; sí, palabras estéticas, dibujadas más que habladas, colores articulados que él recogía para transformar en música incidental mediante un mecanismo sinestésico que operaba de forma automática cada vez que escuchaba su voz dirigida hacia cualquier ser circundante, ya fuera perro, gato, insecto, árbol o incluso persona. 

 Mi escritor no sabe qué hacer con sus ideas, sólo piensa en una barata exposición y en un desarrollo deslucido mientras su muerto sigue muerto y sin pronunciar ni una sola palabra. ¡Pobre imbécil!, tiene a un compositor colgando de una cuerda y tieso como la mojama, desprendiéndose de su alma en forma de hedor insoportable de la misma forma que nos despojamos de nuestras heces, porque ya no hay espacio para ellas, ni para la mierda ni para el espíritu, con vistas a dejar de ocupar un espacio hasta entonces desperdiciado; y sin embargo mi escritor prefiere pensar las historias desde la historia, desde una diacronía ordenada como longanizas colgantes que ocultan la cara del carnicero, la verdadera imagen del protagonista, la esencia del relato. No le importa que el cadáver se descomponga rápidamente empujado por un calor que sólo quiere desintegrar la carne molesta, la que no se mueve, la que no es regada por ese jardinero histérico al que denominamos corazón, ese corazón que juega a copular con el cuerpo eyaculándole la sangre fecundante, inflándose y desinflándose como pene de adolescente insaciable. ¿Quién envidia a quién? Sí, como narrador no puedo dejar escapar la oportunidad de describir esa situación, antes de que la putrefacción acabe su trabajo, antes de que alguien avise al policía más cercano de la continua pestilencia que invade sus hogares desde hace días, “in crescendo”, como el fagot que taladró su cerebro, hasta romper esa tela que divide al cuerdo del loco, ese himen que cuando es violado deja abierta la gruta donde se esconde nuestra cara oculta, desvelando así toda la verdad. El cuerpo ya no oscila, la poca brisa que se anima a circular estos días agosteños no puede mover la masa pestilente en la que se ha convertido aquel compositor de pelo desgarbado y manos delicadas, tampoco esa melodía escupida estúpidamente por los altavoces que gritan a través de la eterna ventana abierta del vecino, puede modificar la quietud del ahorcado; mientras la descomposición baila al son de la música que la vida entona para desalojar lo más rápidamente posible ese cuerpo oKupador, y dejar libre un espacio que alquilar a otro mortal.

 Mi escritor no sabe qué hacer con su muerto; primero se le ocurre la idea de escribir sobre un compositor de música que se vuelve loco obsesionado por unos sonidos que acaban impulsándole al suicidio, y después se queda ahí, atascado, pensando en su maldito desarrollo, mordiéndose las uñas de los dedos como si esperara que de ellas fuera a surgir la savia vivificadora que abriera el capullo de su imaginación. Necesita seguir escribiendo sobre la isla en la que el protagonista comenzó a componer sus primeras obras importantes, necesita describir los paisajes marinos que inspiraron al artista, cursis recursos en los que se apoya como viejo en la cachaba. Nunca tuve que trabajar para alguien con tan poca técnica literaria, al que nada le inspira, ni la botella de Pacharán que se erige impasible en la esquina superior derecha de su mesa de trabajo, indicando como vieja clepsidra las horas de un día más desperdiciado; ni los paseos desesperados por callejuelas sórdidas, en busca de algo que apuntar para poder ser luego reutilizado en algún párrafo menesteroso; ni la comida, ni el sexo, ese sexo individual al que recurre cada vez que retoma el texto y comprueba al cabo de un rato que de la onicofagia no obtiene el resultado deseado. Este escritor quiere que le describa un Mediterráneo proteico, de sirenas postradas en la arena llamando con su canto a todo aquel deseoso de dejar su virilidad clavada en el recuerdo de una cala solitaria, aquellos atardeceres de color pastel dispuestos a que cualquiera rasgara el lienzo donde se dibujaban, por el mero hecho de rasgarlo, porque todo paisaje se rompe con la presencia humana, menos la del que lo observa; todo aquel que contempla un paisaje deja de ser humano para formar parte del paisaje, hasta que aparece otro congénere y le devuelve violentamente al muladar de su cotidianeidad. Pobre escritor mío que prefiere dejar colgado al muerto para narrar unos paseos en los que su mediocre personaje perfilaba unas obras musicales de difícil ejecución, confundiendo la complicación con la perfección, esos paseos en los que le ondulaba su difícil pelo enmarañado y donde sus manos abandonaban por algún momento la delicadeza penetrando en un mundo áspero de tacto animal, tan animal que acababa por querer desahogarse con unas sirenas imaginarias. Pero eso el escritor no quiere contarlo, porque le huele tan mal como el muerto que cuelga desde hace cinco días; prefiere describir atardeceres dorados y mares en calma de un azul añil intenso, capaz de quedarse grabado en la retina de cualquier observador. Baratos paisajes que quieren sustituir al semen y a la muerte, ocultándolos como se ocultaron en muchos pueblos a esos hijos subnormales de los que nadie se enorgullecía pero a los que pocos se atrevían a matar. Matar la muerte y el semen es cosa imposible porque la primera ya está muerta y el segundo causa la vida, y sólo puedes matar lo que está vivo. Puedes esterilizar un semen en concreto y alargar la vida artificialmente a alguien que ya está clínicamente muerto, pero hay muchos que quieren matar ambos conceptos, apartándolos de sus mentes, como mi escritor, que primero tiene un hijo para después matarlo callándose pudorosamente; entonces ¿para qué lo matas? ¿Para qué creas un personaje que se suicida si luego no hablas del hecho en sí? ¿Qué pintan los atardeceres y los románticos paseos cuando un compositor frustrado ha convertido en patíbulo la pérgola donde se sujeta la parra del jardín? Es fácil escribir acerca del aspecto que las uvas toman en esta época del año, azuladas como las zonas más profundas de aquel mar que formaba racimos de calas maduras por la erosión, es fácil pensar en lo sabrosas que resultan al paladar cogidas directamente de la parra y en el relax que constituye detener la mirada sobre sus formas suspendidas a las que ahora acompaña ese nuevo bulto que ha aparecido en el decorado veraniego del tranquilo jardín. Pero el bulto incordia, sobre todo porque cinco días antes no era un bulto sino una persona que no podía soportar ni un minuto más la agresividad de unos sonidos hostiles, una persona que fue probando todo tipo de tapones para los oídos hasta conseguir que le diseñaran unos especiales, a medida, enormes, de silicona, que le conferían un aspecto extravagante, alienígena, cómico, estrambótico, con los que asustaba a los niños y a muchos adultos, incluso a perros que le ladraban como ladran a los curas con sotana, tapones como muros levantados entre dos mundos irreconciliables, muros insalvables, paredes de cárcel, de celda de castigo, de útero inoportuno, tapones que aherrojan los sonidos de tu cuerpo, los peores de todos, de los que no puedes escapar, los que te avisan de la futura putrefacción, esos sonidos que te comen como pirañas que habitan en tus ríos de sangre, la misma sangre que amoratona la carne del colgado, esa carne que desprende ya el zumo del auténtico espíritu, jugo pestilente que gotea poco a poco sobre los tapones de silicona que yacen ahora en el suelo, junto a la mesa de plástico blanca, volcada pero sin llegar a quedar patas arriba, típica mesa barata de jardín que difícilmente aguantó el peso del compositor pero de la que fue fácil desprenderse de una patada momentos después de que la cuerda enlazada anteriormente hubiera pasado a través de su cabeza, peinando el desordenado pelo que ya parece más bien una vieja peluca sucia y apolillada, tapones que quiso arrancarse de sus ya casi insensibles orejas para poder escuchar la música de la casete que había colocado poco antes de subirse a la mesa barata y blanca del jardín, aprovechando la ausencia del vecino y la relativa tranquilidad del momento.

Aquellos paseos isleños de los que mi escritor se empeña en hablar no eran tan especiales; caminar descalzo por la arena; contemplar un bonito atardecer marino; sentir la húmeda brisa del mar acariciándote una piel sedienta y rociada de sal; escuchar el chillido de unas gaviotas entusiasmadas por simples fruslerías costeras; observar a los turistas y veraneantes, descubriendo las características que diferencian a unos de otros y lastimarse por la casi extinción de los últimos; espiar los cuerpos que han asado durante horas sus carnes para servirlas luego en la mesa del deseo nocturno; portar en una de las manos el par de zapatos con los que calzar el alma y protegerla de la barbarie natural; no, nada de eso resulta especial por mucho que escribamos sobre ello, lo realmente especial sólo puede estar debajo de la corteza de quien habita el paseo, de quien utiliza el paseo como madriguera donde refugiarse del posible cazador, ese necesariamente contingente cazador que acecha todas nuestras vidas para acobardarnos y hacernos sentir a través del miedo toda la gama posible de miserias humanas, ese miedo que con su ruido ensordecía al compositor que un buen día iba a ahorcarse al son de la cantata 167 de J.S.Bach y que por aquel entonces se escondía en un caminar de olas confusas incapaces de taladrar con su espuma la mente que luego horadaría un simple fagot. Sólo los barcos rompían el espejo creado por el azogue de los días sin viento, esos días en los que el compositor captaba las frecuencias graves emitidas por los motores de algún carguero lejano al que muchas veces tenía que buscar en el horizonte con la ayuda de unos prismáticos para así poder quedarse tranquilo y reconfortado al comprobar que su oído seguía en buenas condiciones, que no eran alucinaciones acústicas fruto de una obsesión malsana como ya le empezaba a echar en cara su mujer, sino que su aparato auditivo funcionaba perfectamente y nadie podía discutirle sobre lo que oía o no oía.

Pero no todo fueron paseos durante los años insulares, las composiciones se iban sucediendo mientras las clases menguaban debido a la anorexia cultural de unos niños que se iniciaban en los ritos con los que conseguir la consagración de su primavera, pero no sacrificando una doncella virgen sino desencantando unos espíritus que ya con doce años sólo adoraban las monedas que conformarían el sistema planetario del resto de sus vidas. La profesión de Ella equilibraba los disminuidos ingresos de él, de la misma forma que lo hacía con su ánimo, no mediante la ayuda económica sino con una personalidad femenina que le desmontaba cada construcción neurótica de las que él era tan dado a levantar, como levantaba de pequeño esos castillos de piezas para ser derribados por la necesidad de un horario heterónomo que le impedía desarrollar sin interrupciones la autonomía de una imaginación en pleno crecimiento, como levantaron entre los dos las amistades con otros seres que una isla misteriosa les ofrecía y que se derrumbaron como castillos de naipes al salir rumbo a tierras mas anchas, esas amistades procedentes de muy diversos países, amistades de comidas nocturnas, cenas exóticas con sabores especiados, conversaciones articuladas lentamente para poder llegar a una comprensión mutua donde unas simples velas introducidas en recipientes de plástico, hacían las veces de traductores simultáneos allí cuando era necesario, porque el fuego traduce el alma del hombre desnudando sus disfrazadas miradas, miradas que la isla les echaba controlando las reuniones donde a ninguna conclusión se llegaba, nada se proponía, nadie protestaba, sólo se hablaba para digerir mejor la comida, para comunicar unas vidas aisladas por sus múltiples islas, palabras que volaban alrededor de la luz de las velas como mariposas nocturnas entorno al farol, sin buscar alimento, solo flotando en el espacio atraídos por una luz de esperanza, diálogos nocturnos que intentaban iluminar la oscuridad del tiempo que todos retenían en las mochilas donde amontonaban los lentos días de la isla.

Nuestro protagonista y su mujer vivían entonces en el borde del acantilado que se erigía en la parte oriental de la isla, en una pequeña casa que compraron a un amigo habitual de aquellas cenas con palabras. La construyó él mismo, ese ruso-argentino de exquisita educación y cultura apabullante, con sus manos vellosas y demasiado carnosas para lo que se esperaba de un ser tan refinado, pero así eran la mayoría de los comensales, contradictorios, paradójicos entre el espíritu y la carne, seres donde la belleza tardaba en vislumbrarse porque sus cuerpos llevaban más de veinte años moldeándose al ritmo de los olivos, eliminando todo rastro estereotipado y escondiendo la beldad de sus almas en el jardín interior que todos ellos regaban con mimo incondicional. Hector habitó su propia casa durante años, pero acabó mudándose a otra más grande que también construyó el mismo, pues se definía así como arquitecto, pero resulta que también era diseñador, antropólogo, marino de los que dieron varias vueltas alrededor del mundo, un poco músico, escultor y Dios sabe qué más. No se podía hablar de nada de lo que no fuera un gran experto, ni libro que no hubiera leído, ni personaje que no conociera, ni marca de tabaco que no hubiera fumado, como tampoco había cena en la que no dijera que dejaría de fumar, siempre con su sonrisilla pícara, esa sonrisilla que sólo se le vio truncada aquel día que se presentó sin avisar en su pequeña casa vendida ya a su amigo compositor, sin saber que siete años después acabaría colgándose, en otra casa, de una pérgola con una forma que él nunca hubiera diseñado porque le resultaría quizás algo vulgar, porque ni siquiera su situación favorecía la entrada de luz a las otras plantas del jardín y porque tenía la altura suficiente para que alguien con el espíritu revuelto acabara colgándose de ella, destino cruel para una pérgola que solo quiere soportar vidas crecientes, plantas suspendidas pero no ahorcadas, a lo sumo ofreciendo alimento para los pajarillos merodeantes, como ese que se ha posado ahora sobre los hombros ya rígidos del compositor y que hurga insistentemente en uno de sus ojos desorbitados para alimentarse de todas las imágenes que allí quedan conservadas, imágenes como la de Hector y su sonrisa truncada por un amor repentino, a destiempo, intenso pero traicionero, de los que pican con aguijón ponzoñoso, truncando una sonrisa que parecía perenne y paralizando como avispa solitaria la ilusión del Hector omnisciente, depositando en ella los huevos que luego saldrán en forma de larvas tristes y melancólicas que comerán su sonrisa hasta dejarla fría, desprovista de vida, una sonrisa que quedará petrificada formando parte del trozo de acantilado que invadía el salón de la casita vendida, ese salón tan curioso que aprovechaba la roca viva de la montaña para hacer del risco una pared de diseño contemporáneo donde reposaban grifos viejos y figuritas de todo tipo y que cuando llovía aparecía el agua y era recogida en un canal labrado en la roca, pudiendo disfrutar así en el interior del salón de un arroyo espontáneo, caradura y algo mal educado, que irrumpía sin aviso alguno para tirar por tierra la improductiva conversación del momento, captando la mirada de todos los concurrentes y convirtiéndose así en el centro de atención para envidia de la chimenea que, debido a su continuada presencia, no podía competir ni siquiera en esas noches intempestivas de invierno, con la socarronería de aquel agua enrocada y musical que en pocos momentos invitaba al silencio para que se pudiera escuchar el concierto emergente; música acuática que él y Ella adoraban contemplar con lentes en los oídos, esas gafas que el compositor enseñó a colocarse a su mujer, gafas virtuales que acentúan la capacidad de captar los sonidos de tu entorno para desmenuzarlos y analizarlos como el ornitólogo lo hace con las egagrópilas de aves nocturnas, costumbre de contemplación acústica que acabó por colgar al protagonista de este relato, como se cuelgan en un largo viaje aquellos que contemplan la droga con gafas de adicción, como se ha colgado mi escritor de un onanismo igual de estéril que las conversaciones isleñas, eyaculando un semen que nunca logrará transformar en literatura de oficio, empeñado en masturbar una creatividad que cuelga flácida entre los muslos del tiempo, con el pasado y el futuro moviéndose a modo de piernas que intentan alcanzar un presente que nunca llega, como le pasaba a la tortuga de Zenón, el tiempo baldío de un escritor okupado por su propia mediocridad, ese tiempo que nunca llega a ninguna parte, que ni siquiera llega al final porque nadie piensa en su muerte, una muerte impotente que no eyacula recuerdos en la memoria de nadie ni fecunda emociones escondidas en los úteros de la amistad. Escritor frustrado que decide colgar a su protagonista porque no se atreve a colgarse a sí mismo, porque contempla las pérgolas ajenas con envidia pusilánime imaginando actos que nunca atravesarán la barrera de lo fáctico para asomar su cabeza en una realidad cruel de la que prefiere evadirse nadando en tinta invisible, invisible porque seguramente nunca nadie leerá esos textos ni cogerán con los dedos de sus ojos las formas alfabéticas que se empeña en colocar sobre un papel tan desperdiciado como el espacio que su cuerpo insiste en robarle a otros.

Es absurdo querer dilatar unas descripciones bucólicas de una isla hipócrita cuando el sonido de las olas en su rompiente ha quebrado la tinaja del silencio, apareciendo de su interior un montón de moscas verduscas e irisadas que se arremolinan entorno a la boca y las orejas del compositor, susurrándole en los oídos palabras de amor podridas de las que no obtendrán respuesta alguna por mucho que se amontonen sobre esos labios morados que supuran silencio ignorante; sólo la descomposición trabaja con la seguridad del orfebre experimentado, porque si algo le sobra es experiencia, cada día trabaja incansable, de sol a sol, al servicio de una muerte que no quiere jubilarse por temor al desastre que una vida descontrolada pudiera originar en un cosmos ahora ordenado. Olas y zumbidos instrumentan el principio y el final de esta partitura sin pentagramas, narrada desde el silencio del escritor frustrado e inexperto, inexperto porque todavía no se le han muerto en las manos suficientes textos malogrados, porque todavía no a dado a luz más que un par de bebés raquíticos a los que después no sabe cómo alimentar con su calostro de tinta melancólica, inexperto porque ha querido trasladar al folio lo que no supo escribir sobre los cuerpos de otras personas, estéril escritor de cuerpos desokupados que se quedaron con la boca abierta esperando leer sobre su piel unas frases abortadas por la mediocridad infanticida de este artista ya amargado para el resto de sus días.

     Yo no puedo narrar el sonido de unas olas ya muertas sobre la arena que enterró el recuerdo, no puedo quitarle la soga al ahorcado porque un muerto pesa más que la espuma de mar que camina en forma de turistas desnudos luchando contra su bipedismo aplastante. De todas formas, el triunvirato tiene unos límites y yo debo imponer mi opinión, porque fueron muchas las cenas en la isla como para narrarlas todas, y bastantes los amigos como para describir a cada uno de ellos, sabiendo además que toda aquella época quedó envuelta en el capullo que hila la araña de nuestros destinos. Todos vamos dejando detrás capullos en los que permanecen encerrados un montón de recuerdos sin cerciorarnos que desde el mismo momento de nuestro nacimiento no dejamos de pasear por entre los hilos de la tela de araña que el destino nos ha tejido, hasta que la muerte nos pica y se alimenta del contenido de todos ellos. Cómo demonios voy a hablar de unas composiciones pretéritas desde un silencio presente que ahoga todo conato de música, todo atisbo de ruido, cualquier sonido incipiente; la cantata de Bach se terminó junto con los últimos estertores de una respiración en fuga, sólo las piernas que cuelgan como embutidos parecen querer marcar los pasos de una danza macabra que pretende terminar el espectáculo con una cadencia perfecta, con un acorde de tónica que no deje lugar a dudas sobre el resultado del discurso musical, el discurso de una vida que mi escritor pretende describir diatónicamente, empleando de manera torpe las teclas blancas que el reducido teclado de su imaginación le ofrece como si se quisiera realizar una interpretación magistral con un piano de juguete. Pero las moscas son teclas negras que yo no puedo obviar, y se me escapan los dedos hacia ellas, y escucho las disonancias que producen con sus revoloteos impertinentes, con sus lametazos sobre la carne fétida, con los huevos depositados dentro de la boca entreabierta del músico, con sus apariciones imprevistas por los túneles de unas narices sin aliento, y presiono simultáneamente todas esas teclas negras para poder escuchar un cluster que arruine esa cadencia perfecta con la que la danza macabra pretendía poner fin, porque la vida sigue y se echa encima del colgado como el buitre sobre la carroña, para poder sobrevivir; la vida es una carroñera y sólo se alimenta de cadáveres a los que despedaza con prisa, insaciable incluso después de la mayor pitanza, devorando ahora a un compositor que no pudo soportar el sonido de su cuerpo, decepcionado por descubrir que en su interior no existía el silencio tan ansiado, refugiándose del ruido en el ruido, sin posible escapatoria, encarcelado en una mazmorra infranqueable, como se encarcelaba en aquel estudio isleño para fabricar unas composiciones musicales que una vez paridas abandonaba a su suerte como si de animales nidífugos se tratara, esperando que ellas solas se buscaran la vida, pero la vida se las zampaba igual que hacen las fragatas con las tortuguitas que recién salidas del huevo se dirigen a la orilla de la playa buscando un mar que prolongue el albumen donde se formaron, y el compositor se frustraba por unos naufragios que sólo eran provocados por los temporales de su pasividad, mientras Ella le ponía delante un espejo donde se reflejaban las imágenes de esa autodestrucción, espejos en los que él no se quería observar pero en los que no tuvo más remedio que hacerlo, espejos donde vio claramente a un Saturno devorando a sus hijos, un Saturno que le permitió comprender la estúpida actitud inconsciente hacía mucho alimentada y ahora gorda como un capón prenavideño, un espejo al que sucedieron otros y otros, hasta que Ella no pudo seguir especulando con los monstruos que él escondía en los armarios de su conciencia, dejándole de mostrar imágenes que el músico acababa reconociendo como propias y abandonándole detrás de unas reflexiones que finalmente terminarían por negarle el paso al otro lado del azogue, detrás del espejo pero sin su Alicia, asustado, apretándose unos tapones que todavía permitían el paso de algún débil hilillo de sonido externo, soportando el dolor que esos tapones le producían pero prefiriendo el dolor al sonido, un dolor callado que no le taladraba el cerebro como el fagot de su última pieza orquestal, empezada en la isla, prolongada en la ciudad y terminada frente a unas uvas mudas, aquella pieza con la que rompió su principio de no componer bajo ningún concepto mediante formas musicales escolásticas y con la que rompió también el último espejo que le dejaba pasar a través de su azogue, un concierto para fagot y orquesta compuesto ya desde la sordera impuesta voluntariamente por unos tapones diseñados precisamente para aislar a su portador, componiendo día tras día desde el silencio de una silicona opresora, escuchando los sonidos de un instrumento que no sólo rompía un principio hasta entonces sólido, sino también el débil tabique que escondía una locura emparedada que se escapaba así como el gas de una cerveza recién abierta, para expandirse por el espacio de los sucesivos días. A mi escritor le hubiera gustado hablar sobre las líneas melódicas de ese concierto, sobre el material que reutilizaba sacándolo de una ópera inacabada, sobre las células rítmicas que se repetían de manera obsesiva casi minimalmente pero que engordaban la obra como pretendía que engordase el bailarín para el que había diseñado una coreografía especial, un bailarín portador de un traje que se inflaba con el transcurso de la pieza hasta convertirse en una bola de casi imposible movimiento; pero mi escritor ha perdido el control del texto, me he empeñado en que no se salga con la suya como el espíritu santo se empeñó en dejar virgen a la Virgen, como la Iglesia se ha empeñado en dejar casto a un Jesús de Nazaret que muy bien pudo eyacular entre las piernas de la Magdalena para fecundar como humano un útero devoto, como fecundada quedó la imaginación humana tras el coito mantenido entre el hombre y la muerte dando a luz una prole de dioses variopintos que no han dejado de juguetear hasta caer en la responsabilidad de su madurez, dejando de jugar como dioses para convertirse en meros mercachifles de una religión desacreditada, olvidándose que los viejos vuelven a ser niños, así como que de niño el hombre juega a ser hombre hasta que ya adulto se convierte en mero actor de teatro, representando el papel que mejor remunerado esté, recuperando la condición de hombre solamente en la vejez juguetona y sin prejuicios, esa vejez a la que ni un ahorcado induce a actuar, como actúa mi escritor desarrollando unos hábitos de los que nunca se atreverá a escribir, hábitos escapados de una creatividad estancada por el mal oficio literario, que actúa como una presa que anega con sus aguas hediondas todas las páginas de su barata literatura, pero que encuentra salida por la puerta trasera de un erotismo expandido, que genitaliza los objetos merodeantes, que busca placer más allá de los congéneres, que habla de sexo con mudos y sordos como mudas y sordas son puertas encinas y piedras. Mi escritor ha decidido objetivar su amor, dedicarlo a cosas que no puedan defraudarle como lo hicieron algunas personas, encontrando una fuente de placer inagotable donde pocos se atreven a buscar, llevando el orgasmo hacia regiones de un misticismo confuso que deja dudas acerca de lo que es sexo y lo que es religión, abandonando una narración dificultada por el empeño de un muerto en impedir el diacronismo histórico de los hechos, hechos que confunden el tiempo y buscan la simultaneidad de un acorde bien interpretado, aunque sea disonante, aunque se forme un cluster de notas colindantes, cluster de sucesos interpretados por un narrador que ha tenido que sobreponerse a los propósitos de su escritor, como tuvo que sobreponerse el compositor para decidir darle la patada a la mesa de plástico blanca encontrando una instrumentación inesperada resultante del acorde formado por el sonido de la mesa golpeando el suelo y los huesos del cuello desencajándose de la columna vertebral, sonidos que hubiera podido después plasmar en una composición para percusión si la realidad no fuera tan estricta con el diacronismo, si se pudiera rebobinar el tiempo como rebobinaron la cinta con la cantata de Bach los policías que encontraron el colgajo pestilente, para escucharla buscando entre sus acordes respuestas a un comportamiento para ellos anormal, pero que a otros no extrañaba viniendo de alguien de por sí huraño y extravagante, y que todavía le resultaba menos sorprendente a Ella sabiendo como sabía que el proceso de su obsesión se había convertido en algo incontrolable, intuyendo el día que salió de la casa que ya no volvería a verlo en estado normal, porque allí se quedó él, rodeado de esas libretas con las que mantenía conversaciones silenciosas una vez que decidió no despegarse los tapones de silicona, emulando sin necesidad a un Beethoven de sordera obligada, porque ya no podía devolverle a una realidad de la que se había aislado del todo pero donde quería seguir viviendo, porque era un final vaticinable ahora que la soledad le había vampirizado con sus colmillos traicioneros, succionándole hasta la última gota de gregarismo humano, porque la locura es contagiosa y Ella debía protegerse si no quería verse arrastrada y aniquilada por una obsesión incontrolable, huyendo de él, de la música, de todos esos compositores transformados en animales que no hacen sino dar vueltas alienados en jaulas lobotomizadoras, discos de fuertes barrotes donde la música da vueltas y vueltas mareando al propio espacio que allí se concentra, huyendo de todo un cordal de elevadas cumbres donde cuesta respirar el aire y la muerte por congelación te acecha en cada recodo del camino, un frío que te congela el entorno, los amigos, el amor, porque ya sólo la estética tiene sentido, el sentido de los sentidos, y donde una obsesión se convierte en un témpano de afilada punta que se te clava cada vez más profundamente hasta herirte el propio corazón y congelarte todos los sentimientos menos el dolor de la propia obsesión, obsesión de la que Ella pudo escapar cuando vislumbró que no se puede vivir en un mundo de silencio y sonido controlado, que eso sólo ocurre en las partituras, que en la vida el compositor es otro y nosotros sólo paseamos por entre los pentagramas de su capricho, que un compositor no puede querer componer todo su entorno, convertir en pieza musical su vida y la de los demás, ritmándoles y silenciándoles a su puro placer, porque eso sólo lo hacen los locos y los asesinos, por eso sabía que él no podía terminar de otra manera sin imaginarse, eso sí, lo de la horca, lo de colgarse como un racimo de uvas más esperando la madurez que lo haga caer ya casi fermentado, lo de arrancarse los tapones de silicona para poder oír la cantata 167 mientras organizaba los preparativos de la ejecución, buscando un trozo de cuerda suficientemente largo par poder pasarla por los hierros de la pérgola, suficientemente grueso para que aguantase su peso sin romperse y frustrar la belleza del acto, probando varios nudos corredizos sin éxito hasta dar con uno que parecía eficiente, hasta que pasó el coral de la cantata y entonces se subió a la mesa de plástico blanca sujetando la soga al enrejado y realizando luego varios tirones fuertes para comprobar que aquello no se vendría abajo, lo que Ella nunca supo es que él no calculó bien la sincronización de las dos melodías, la del patíbulo y la de Bach, y tuvo que quedarse allí, quieto, subido en la mesa de plástico blanca, con la cuerda alrededor de su cuello, esperando que se acercaran los últimos acordes de la cantata y poder cumplir la orquestación pensada para el final, sin pensar que los compositores no tienen por qué ser buenos intérpretes, terminando primero la cantata y sintiendo el crujir de sus vértebras antes de que la puta mesa cayera al suelo haciendo el ruido pretendido, destrozando un final pensado mil y una vez, queriendo repetir lo que ya era irrepetible porque cada concierto queda en la eternidad del espacio flotando como pluma de ave lanzada al vacío infinito del tiempo, como las plumas que se arrancaba el autillo cuando se posaba cada noche en aquel cine isleño emitiendo al mismo tiempo que la banda sonora de la película sus rítmicos, delicados e impasibles píus, como lanzados por la vieja máquina de proyección oxidada y reumática, autillo del que seguramente sólo Ella y él eran conscientes, haciéndoles casi imposible poder atender una película porque a él solo le preocupaba controlar el intervalo de tiempo que transcurría entre un píu y el siguiente, intentando buscar una lógica creativa a lo que sólo era un canto de ave nocturna, canto que a Ella le hizo tomar la decisión de salir de la isla buscando solución en la ciudad a unas obsesiones que habían conseguido empequeñecer todavía más aquel diminuto espacio inmerso en el mar, isla de sonidos que no hacían sino tensar hasta el límite una paciencia ya bastante desgastada, como aquellas olas cronometradas, como aquel viento diferenciado que cambiaba su sonido según viniese del norte, del sur, del este, del oeste, del suroeste, del noroeste o según donde se escuchara, si en las ventanas de madera, si en las ventanas de aluminio, si en las escaleras de la puerta de entrada, si en el baño, como aquellos árboles que con las brisas imitaban unos el canto de las olas, otros los aviones, otros la voz humana, como los saltamontes y grillos a los que buscaba una fórmula matemática capaz de imitar las secuencias rítmicas que él creía que existían detrás del canto de muchos insectos, canto de grillo al que recurría mi escritor para engordar un sexo que trocaba el cri cri en jadeos de deseo abstracto, genitalizando un sonido que ya no pertenecía al grillo sino que era emitido por un universo de sexualidad infinita donde las especies se difuminan y donde sólo quedan unidades de apetencia sexual, sexones capaces de erotizar cualquier objeto de su entorno, como aquella puerta de madera robusta con la que tuvo una primera experiencia de las “diferentes”, con la que descubrió que una caricia puede abrir las puerta de un deseo infinito, con la que mantuvo un amor unidireccional que le permitió contemplar un océano ignoto de aguas profundas y no muy claras, puerta de tacto rugoso algo áspero que te devuelve sensaciones agradables cuando te aprietas desnudo contra ella, como hacía mi escritor después de haber colocado la puerta de forma que le diera el sol que entraba por la ventana de su habitación y se hubiera calentado lo suficiente para provocarle escalofríos de un placer ahora vegetal, distinto al de la carne pero lleno de una vida desesperada por explotar en cada ser que la contemple, como contemplaba mi escritor aquellos paisajes esteparios queriendo fecundar su imagen no como a una hembra imaginaria sino desde el sexo infinito, contemplando sus lomas y vaguadas desde un orgasmo de ojos meditativos, regando los trigales con los miles de estrellas que una vía láctea caliente y recién ordeñada regalaba de forma completamente altruista, si altruismo se puede llamar al placer del regalo por el regalo, o al regalo del placer por el placer, si altruista puede ser algo que me plazca, porque placentero sólo puede ser algo que se contempla desde el yo mientras que el altruismo solo puede ser contemplado desde el no yo, con lo que la caliente vía láctea de mi escritor no podía ser más que egoísta, pero de ese egoísmo que no utiliza a otros para el placer propio sino del egoísmo del místico que en su aislamiento pretende alcanzar un éxtasis individual utilizando sólo su mente, únicamente la meditación y contemplación o la lectura de algunos textos, como mi escritor utilizaba una puerta de madera tosca, un paisaje, el canto de un grillo o un canto rodado para extasiarse en la contemplación de un vida que rellena nuestro cuerpo como rellenaba el cuerpo del compositor antes de que su última erección goteara el resto de una vida ya expirada, como expiró el periodo isleño cuando salieron hacia una ciudad de terapia engañosa, como esas curas con las que te prometen sanar mediante brebajes de espíritu telúrico y que al final actúan por efecto placebo, terapia urbana que pretendía realizar su trabajo sustituyendo el canto de la lechuza por las matrículas de los coches, el viento de las ventanas por las cisternas de los vecinos, el sonido monótono de las olas por el ruido impasible de coches y motocicletas, el chillido matutino de las gaviotas por el griterío vespertino de los niños callejeros, terapia que para desesperación de Ella no consiguió sino acentuar unas obsesiones que sólo cambiaban de color mientras que sus témpanos afilados continuaban penetrando en el cuerpo de un compositor cada vez más compuesto de angustias que asfixiaban a cualquier persona que se acercara al campo magnético de su alma, porque no somos sino imanes que nos atraemos o nos repelemos, con un campo de fuerza que no vemos como tampoco el magnético ni el eléctrico se pueden ver pero donde sus efectos son marcadamente claros, como el campo de mi escritor, que repele cualquier presencia humana y atrae objetos, animales, plantas, minerales o simples espacios, porque este mediocre escritor que okupaba espacios percibió el erotismo inherente al acto de ocupar okupando, pensando que su cuerpo no era sino un elemento fálico que penetraba los lugares por donde se iba desplazando, como un violador del aire envolvente, hasta encontrar que el entorno puede ser erotizado por sí mismo, más allá de la presencia humana y fuera de toda asociación de género, abandonando incluso la primigenia idea de ver en todo cuerpo un pene involuntario porque eso sería masculinizar todo los cuerpos, porque el ser sería macho y el no ser hembra lo cual podía asociarse a una vida masculina emparedada entre dos muertes femeninas la prenatal y la póstuma, y porque todo eso le recordaba a un yin y un yan de los que huía como el compositor lo hacía de los sonidos descompuestos, todos esos sonidos que no podían ser escritos en la partitura de su voluntad y que se convertían en saetas lanzadas y cantadas a un ser ya crucificado con clavos de ruido lacerante en un madero neurótico y carcomido por una mente bupréstida incapaz de comer otra cosa que las virutas de su cordura, como cuando al dejar de oír las lechuzas comenzó a leer las matrículas de todos los coches que se cruzaban en su paseo diario hacia el trabajo, ese trabajo que había conseguido encontrar gracias a Ella en las oficinas de un banco, dejando la composición para las tardes y amontonando por las mañanas números de matrículas y cifras de dinero ingresado y retirado por unos clientes que ya no significaban para él otra cosa que designios de naturaleza críptica que tenía que descifrar llegando al final de la jornada laboral a un cómputo que podía ser de buen augurio o por el contrario gritar amenazantes y cenizos presagios, para retomar el camino de vuelta y enfrentarse de nuevo a un sinfín de matrículas sumadas y asociadas a cartas del Tarot, a las figuras de un Arcano Mayor que bailaban en el interior de su cabeza cogidas de la mano al son de una sardana enfermiza, tonadilla de parecida inconsciencia a la que entonaba el forense que tuvo que examinar los restos colgantes de fetidez anónima, esa tonadilla salida de la ventana del vecino y que cantaba con un hilo de voz para normalizar un trabajo anormal, para ahuyentar la imagen de tener que acabar trabajando con alguno de sus hijos, con su padre ya trabajó y no se oyó salir de sus labios ninguna cancioncilla parecida a la que todos los policías locales del pueblo pudieron escuchar mientras descolgaban el bulto de ese desconocido compositor entre arcadas y toses, aplicándose en la nariz pañuelos empapados en una colonia que ya portan en las furgonetas para casos como este, pero es que del cuerpo de su padre no salían gusanos a los que hacer bailar, como estos que necesitaban la música de un forense que les sedujera igual que el de Hamelín con sus ratas, gusanos como los que erotizó mi escritor en aquel paseo campestre cuando se encontró el cuerpo de un cerdo plagado de larvas hambrientas en un valle algo angosto pero donde el sol golpeaba lo suficiente a aquel cadáver como para macerarlo en muy pocos días, erotización que para él no supuso ningún esfuerzo pues sólo la contemplación del espectáculo le hizo identificarse con su propia corrupción sintiéndose inclinado a celebrar no una muerte próxima ni su propio proceso de descomposición sino la fuerza de una vida que ahora hervía en sus venas queriendo reventarlas para regar con su savia aquel cerdo podrido, como homenaje a la vida, la que tuvo el pobre animal y la que todavía permitía a mi escritor engrosar el pene que como catalejo en mano observaba con dulzura a unos gusanos blancos y semovientes, contemplando el espectáculo a través del enfoque que ese catalejo provocaba en su mente cada vez que lo manejaba, catalejo con lentes de aumento que le permitían ver mucho más allá de los gusanos, ver todo un universo tan solo algo velado por una descomposición de trato un tanto hosco al principio pero sorprendentemente hospitalaria cuando la conoces con mayor profundidad, devolviendo sobre aquel cuerpo las imágenes que el catalejo escupía ahora con la misma blancura con la que los gusanos habían penetrado por sus ojos erotizantes, ensanchando hasta el infinito los límites de unas fronteras consuetudinarias, catalejo con el que mi escritor podía observar el silencio que él mismo encerraba entre ideas ruidosas igual que esas imágenes contempladas con los prismáticos invertidos que te ofrecen la inmensa lejanía de todo cuanto te rodea, silencio lejano al que quería acercarse el compositor cuando le pedía a Ella que se pusiese tapones en los oídos antes de hacer el amor, para escuchar sólo sus propias respiraciones, enlazados por los genitales pero cortados por sus respectivos oídos que les obligaba a amarse desde un silencio apócrifo, confundiendo el cuerpo de Ella con el suyo propio, convirtiendo la cópula en aisladas masturbaciones, instrumentalizando el cuerpo ajeno a través de la propia respiración que se adueñaba de todo el acto y de todo el entorno, pero con la frustración final de no haber conseguido amar desde el verdadero silencio, cosa que intentó en repetidas ocasiones haciendo el amor con lentitud insonora pero siempre siendo importunado por algún ruido corporal que arruinaba todos los propósitos, propósitos que Ella dejó de compartir por pensar que eran completamente anormales y malsanos, no por el acto sexual en sí mismo sino por lo obsesivo de un empeño imposible y antinatural, justo el término opuesto a lo ocurrido al principio de sus relaciones, cuando él se empeñaba en acompañar musicalmente lo que denominaba composiciones sexuales, sincronizando todo el acto amatorio con la pieza en cuestión emitida por el tocadiscos e intentando producir los orgasmos justo con las cadencias finales de las obras, cosa que rara vez conseguía y que aunque así resultara a Ella no le aportaba ningún placer extraordinario toda vez que después de intentarlo en repetidas ocasiones aquello comenzó a importunarla más que a excitarla, motivo todo ello por lo que comenzó a pensar que la ciudad no iba a ser lo terapéutica que había imaginado, empezando sin embargo a echar de menos las cenas improductivas con aquellos comensales de palabras volátiles y amistad ahora evaporada por acción de una distancia tan embaucadora como subyugante, comenzando también ella misma a odiar la vida que traspasaba los tabiques del apartamento en forma de ruidos intempestivos, como el de la vecina que al otro lado del dormitorio se duchaba muchas noches a altas horas de la madrugada para lavarse la suciedad de una lujuria que sólo mancha cuando se la quiere esconder, o el que caía desde el techo en forma de cascada sonora encharcando el piso con raudales de música inoportuna y grosera, o aquel otro que incluso los fines de semana brotaba del suelo para desgarrar las mañanas de unos días que ya amanecían doloridos a causa de los golpes que invariablemente se escuchaban provenientes de una carnicería situada en un bajo de esa misma manzana, transmitiéndose los hachazos del carnicero a través de las vigas maestras que el edificio utilizaba de la misma manera que algunos buhoneros empleaban sus bocinas para hacerse oír en toda la comunidad de esa manera informada de la mercancía recién llegada, como él y Ella se informaban de cada una de las paletillas y costillas que el carnicero partía con la intención de desmembrar un cuerpo destinado al consumo de unas familias cuyos miembros permanecen unidos esperando el hachazo que el tiempo acaba siempre asestando para que la vida pueda alimentarse de padres, de madres, de hijos, de tíos o de lo que sea con tal de separar lo que el hombre se empeña en juntar, como le pasaba al compositor cuando después de haber juntado un sinfín de notas musicales pensadas para su interpretación conjunta debía luego separarlas a la hora de escribir las partichelas que permitiesen a cada músico leer su parte de forma independiente, desmembrando el cuerpo de su recién nacido, trabajo mecánico que él detestaba realizar y que todavía no había ni siquiera comenzado con su concierto para fagot y orquesta, porque no sabía lo de su estreno, se enteró después de temblarle las piernas, después de comprobar que su instrumentación del final de la cantata bachiana no había funcionado de la forma prevista, cuando el corazón ya estaba quieto pero el cerebro todavía conservaba capacidad auditiva suficiente para escuchar una inesperada llamada telefónica a la que siguió el mensaje en el contestador que trasmitía el deseo de la Orquesta de la Radio de Baviera de interpretar sin coreografía en versión meramente concertista la pieza, solicitando para ello el material con las partichelas en el plazo de un mes, cerrándose el mensaje con un pitido que daba inicio al silencio desde el que ya no podría escuchar los siguientes mensajes telefónicos ni siquiera como hacía antes de que Ella se fuera, aquellos días en los que veía que su contestador indicaba con una lucecita intermitente la existencia de un número determinado de mensajes indicados con una gran cifra roja, llamándola después para preguntarle si alguno era para él y pidiéndole que le apuntara en la libreta de comunicaciones de lo que trataba, pero Ella faltaba de la casa hacía quince días y el aparato indicaba diez mensajes acumulados, mensajes que fueron llegando desde el momento que esa fiel compañera borró los tres últimos apuntando en la libreta su contenido y añadiendo al final un “adiós, no puedo aguantar más, me voy a volver loca. Siempre te querré” escueto y escrito nerviosamente, con el “querré” algo desdibujado a causa de la lágrima que le había caído encima difuminando el color de la tinta pero dejando inteligible el significado de esa palabra que tanto daño le hizo a él cuando la leyó, porque duele más que te digan que te abandonan queriéndote que si te increpan todas las maldades de las que fuiste capaz, porque al decirte que te quieren te quieren decir que tú ya les has abandonado, que se encuentran en la soledad más absoluta y han de marcharse al menos para encontrarse a ellos mismos pues son seres que han quedado aislados hasta de su propio ser, por eso el compositor sintió la brutal punzada que aquella palabra descolorida por el llanto le esgrimió en lo más hondo de su alma, escuchando el ruido interno de un cuerpo que gritaba en medio de la desesperación aterrorizado por una oscuridad que no le dejaba ver el tiempo quedando así atrapado por un espacio engullidor, porque el espacio sin el tiempo te aplasta hasta desintegrarte por completo, y esa era la sensación que él tenía después de conseguir descifrar un “siempre te querré”

que abrió las puertas del abismo insondable donde se vio arrastrado como por un tornado hacia lo alto de una pérgola repleta de uvas maduras, uvas aburridas que esperaban un nuevo compañero que les alegrara las noches amarillentas débilmente coloreadas por la vieja farola de la callejuela donde daba el jardín, racimos de ojos desesperados por contemplar otra cosa que insectos golosos, racimos como los clusters musicales donde el compositor apiñaba sonidos escritos para producir disonancias con las que intentar abrir puertas sordas condenadas por la imposición sonora de una sociedad ruidosa y atronadora, como se atronaba en los mataderos a las reses con un golpe para degollarlas después, como acabó degollando el ruido al protagonista de este relato del que mi escritor quiere lavarse las manos para entregárselo a unos posibles lectores que lo condenen a la cruz mientras decide abandonar el continuo estado de frustración en el que siempre ha vivido por culpa de una literatura traída a la luz con fórceps de papel mal aplicados, consiguiendo deformar el cuerpecito de unos textos condenados así a la minusvalía y al desprecio de unos lectores ávidos de letras pulidas y relucientes como espejos donde poder verse reflejados sin deformación alguna, sin concavidades excéntricas que nos devuelvan imágenes inusitadas de nosotros mismos, manos lavadas de escritor entregado a la búsqueda de una sexualidad desempaquetada, una sexualidad que con las manos sucias puede dejar manchas como la de la vecina que Ella escuchaba con desesperación nocturna empezando a creer que verdaderamente la única fórmula para descansar sería colocarse tapones de cera como los que él se había empezado a implantar al venir a la ciudad, provenientes de aquella isla de sonidos naturales tan obsesivos como estos otros pero que al compositor no le impelían al tapón nocturno sino al análisis minucioso, manos lavadas de un escritor que ya antes se las ensució demasiado buscando soluciones a su frustración por calles donde le ofrecían una imaginación pulverizada que buscaba introducirse en el cerebro esnifándola sobre los escritos que tanto displacer le ocasionaban, calles de coños baratos donde desahogaba un ánimo oprimido por la necesidad de aparentar una superioridad de la que nunca lograba convencerse, actuando continuamente en un teatro de sombras chinescas manejado por las manos grasientas de su propio orgullo, calles que tengo que narrar desde mi silencio de narrador huérfano porque ahora mi escritor ha preferido vivir no desde la diferencia sino desde la identificación, no desde la magnificencia sino desde la insignificancia, esa insignificancia que te hace pensar en el discurso y no en el mero transcurso, un discurso que mi escritor encontró en una sexualidad sin coños, ni baratos ni caros, ni grandes ni pequeños, donde el semen no sale de un pene medido en centímetros sino abstraído hasta tal punto que incluso deja de ser semen para convertirse en mera escoria residuo de un proceso elaborado en el crisol de un misticismo genitalizado, oraciones de plegaria erotizante, mantras acabados en un orgasmo transgresor de costumbres injustificadas, discurso que ya no busca rayas de imaginación polvorienta con la que blanquear un alma carbonizada por el fuego de su frustración, quemazón interna que Ella también empezó a sentir después de ver cómo su marido interponía entre los dos unos tapones cada vez de mayor consistencia, unos tapones almacenadores de un silencio que ensordecía una relación hasta entonces vital pero que se veía ahora devorada por las fauces del aislamiento, de la incomunicación, de la neurosis que pone sordina a todo lo que no potencia la manía, a todo lo externo, a lo no neurótico, silencio empujado por un ruido urbano inmisericorde donde cisternas, duchas, pasos, clavos clavándose, chillidos de niños y no tan niños, coches, autobuses, motocicletas, ambulancias, sirenas de policía y de bomberos, acallaban el alma enclaustrada de un monje disfrazado de payaso, ese alma que hubiera preferido el claustro contemplativo al mercado dicharachero donde hacer unas bufonadas para que algunos transeúntes le arrojen varias monedas con las que poder luego comprar precisamente esa misma alma vendida al diablo, pero el diablo es buen negociante y no te devolverá al mismo precio algo por lo que ya te había pagado una miseria acordada y Ella sabía que eso era así, que él no podría recuperar el silencio reposado simplemente con colocarse unos tapones a la hora de dormir, porque el silencio que te proporciona la paz de espíritu no se consigue tapiando ventanas sino abriéndolas para renovar el aire, tu aire interno, antes de que se vicie y contaminen los sentidos, porque de la ciudad el compositor y su mujer tendrían que huir nuevamente cogiendo un camino que acabó llevándoles no muy lejos de allí pero a la suficiente distancia como para adoptar una vida intermedia entre la arena y el cemento, encontrando una madera que a ambos parecía satisfacer pero sin saber que el futuro estaba en el plástico, en esa mesa de plástico blanca y aquella especie de bolsa de basura grande y negra donde introdujeron el cuerpo ya descolgado de un suicida mosqueado por las picaduras de unas obsesiones que le llevaron a ser lamido por los dípteros que ahora quieren introducirse también dentro de esa bolsa negra para seguir con su festín particular, para seguir depositando los huevos de donde saldrán más gusanos blancos sobre los que mi escritor quiere desahogar ahora su frustración ya abandonada, porque desde la insignificancia no se puede estar frustrado, sólo desde la prepotencia y las pretensiones, el insignificante convencido sólo tiene palabras de complacencia ya que cualquier cosa será bien recibida, porque la muerte ya no es la interrupción de un camino que parecía conducir a un importante enclave sino algo similar a esos senderos de cabras que aparecen y desaparecen sin ningún sentido aparente, que te lo encuentras de tras de un matojo para desaparecer en medio de un erial y sin embargo están ahí debido a que a alguna cabra le ha parecido bien realizar siempre ese recorrido durante algún tiempo, porque mi escritor ha cogido su catalejo para mirar más allá de los gusanos que forman las palabras de mi narración, desentendiéndose de su rol en el triunvirato y entregándose al silencio que brota de estos senderos escritos primero por sus ideas y después por mi pluma pero mantenidos al mismo tiempo por un protagonista y su mujer, y sus amigos, y sus ruidos, que no se sabe si pertenecen al mundo de la realidad o al de la ficción, como cuando uno se pregunta si debajo de una falda escocesa habrá unos calzoncillos o directamente unos genitales escoceses y colgones, como colgaba el compositor, genital podrido que en otro tiempo producía espermatozoides musicales con los que fecundaba unas partituras de pentagramas deseosos de recibir la lluvia de notas eyaculadas como chorros de imaginación lanzados a un espacio desokupado, como desokupado está ya el escritorio de mi escritor, vacío de ideas y relleno simplemente por viejos papeles indiferentes con unos párrafos apolillados ante los que ni siente ni padece, descripciones baratas de las que me he podido escabullir, como la del piso donde el compositor comenzó la relación con unos tapones ensordecedores, o las listas de objetos acumulados en unas salas desprovistas del orden que regula los espacios habitables, paredes descoloridas por la falta de imaginación, suelos pisados sólo por una mediocridad pretenciosa y lámparas con bombillas fundidas por la pereza, todo ello esparcido por una mesa que ya no hará las veces de escritorio sino de mueble lobotomizado con unos cajones vacíos de ideas y pensamientos, porque los pensamientos del escritor se fueron a otra parte para dormir junto a unos gusanos hambrientos de humildad, gusanos blancos con los que duerme el sueño del insignificante, con los que hace un amor abstracto, sin poseerlos, sin penetrarlos ni penetrándoselos, amándolos desde la mismidad, desde la esencia compartida por hombres y gusanos, desde una existencia que no admite un no a la vida ni a la muerte pero que reúne en el mismo saco del ser a todo lo que es, solo por el mero hecho de ser, saco donde se encerrará para siempre erotizando ríos montañas y rocas, viviendo desde un sexo sin gemidos que escucha el sonido silencioso de una nana que duerme al sentido de la posesión, disolviendo al individuo como un azucarillo que deja de estar limitado por el aire para fundirse en el té, disolución que despierta el más vivo sentimiento de vivir sin dentros ni fueras mientras esperas ser absorbido por una existencia fagomaníaca.

Quizás sea este el último punto y aparte de mi vida; porque al compositor ya lo descolgaron y lo metieron en aquella gran bolsa negra de basura, sin ataúd, debido a que faltaba el impreso adecuado que tendría que haber firmado el forense pero que por estar ensimismado en su cantinela olvidó hacer; mi último punto y aparte porque Ella reconoció el cuerpo aunque no a los gusanos, que le parecieron de un anonimato amenazador, volviendo a su apartamento de la ciudad con algunos objetos sobre los que consideró que tenía todo el derecho a llevarse, amenazada por unos recuerdos carcomidos por la incomunicación; último punto y aparte porque de la pérgola ya no cuelga nada, ni el compositor, ni las uvas que se fueron comiendo con ansiedad los policías locales una vez que el forense cantarín abandonó el lugar de trabajo sin importarle lo más mínimo que el cabo se hubiera metido unos cuantos racimos en los bolsillos del pantalón y chaqueta para llevárselos a su mujer a la que por supuesto no le diría que hacía unas horas acompañaban el bamboleo de un ahorcado, ni que tuvo que lavarlos para espantarles el tufo a podrido que ya se les había pegado; último punto y aparte porque la casa será vendida a unos alemanes de edad madura que no se enterarán de lo que ocurrió hasta haberse comido las nuevas uvas que la parra dará puntualmente el siguiente verano; mi último punto y aparte porque ya no me quedan ganas de buscarme un nuevo escritor una vez que este a supuesto para mí el final de toda una vida dedicada a la narración pero no de esta forma sino con oficio, con la participación de unos escritores con los que el trabajo se hacía metódica pero conjuntamente; el último punto y aparte de mi vida porque quiero retirarme al silencio de una hoja en blanco en la que el infinito queda enmarcado por unos bordes donde el abismo se inscribe y fuera de los cuales no hay sino limitación y miseria, esa hoja en blanco manchada sólo por el semen que mi escritor vertió pensando en los gusanos engordados por la carne de un péndulo que mueve las agujas de un reloj sin tiempo, sin números y sin esfera, donde las manecillas no giran en circunferencia sino que reptan por sus dos dimensiones sin describir figura geométrica alguna, con la necesaria contingencia de la vida, marcando nacimientos y defunciones como segundos aleatorios que no pueden cronometrarse sino almacenarse, pero en un saco sin fondo por donde se cuelan para volver a marcar el tiempo de la eternidad; mi último punto y aparte porque sólo dejando de narrar puedo dedicarme a observar, pero sin relatar, sin contar, porque contar algo es medir algo, aunque cuentes un cuento o una historia cualquiera, siempre mides, mides el tiempo, mides las palabras y el espacio, mides la belleza y el sentimiento, pero desde mi último punto y final adoptaré la mirada de un perro callejero que se ha resignado a su condición y deja de esperar la aparición de su nuevo dueño, observando el trasiego de los seres con los ojos de una piedra desgastada a la que la lluvia va disolviendo en el té de la existencia; quizás narrar ya no tenga sentido cuando se acabaron las sociedades cuentistas que han dado paso al mundo contable, ese mundo donde todo se puede contar pero sin narrar, sólo desde el número que la ciencia adora en un nuevo monoteísmo, donde se quema en el fuego de la marginación a todo infiel que sea declarado ingenuo o idealista, inquisición que también se protege con el escudo de la verdad, esa verdad que tantas veces ha sido moldeada, quebrantada, pintada, disfrazada, evitada, sacudida y siempre ignorada, verdad que en última instancia desaparece como aquel sendero de cabras que parecía tener una dirección concreta y que sin embargo no pasa de ser un dibujo abstracto en el paisaje de este cuadro anónimo que es la existencia; punto y aparte que será el último que ponga porque quiero colgarme de la pérgola que forman las líneas de estos papeles, con sus racimos de letras ya maduras, porque no soporto más ruido absurdo que impida el pensamiento claro, ese pensamiento que sólo puede salir desde el silencio como al que se ha entregado mi escritor con su nueva sexualidad infinita, callado y contemplativo erotismo donde sólo el asceta puede refugiar su alma tronada por el teatro de la apariencia a que todo ser humano se debe entregar con mayor o menor habilidad, con mayor o menor necesidad, con mayor o menor éxito. Mi sendero de cabras llega a su fin, igual que un buen día surgió del papel de un escritor de amaneradas formas ahora desaparece entre los arbustos de estas líneas, abandonadas a su suerte por un creador cuya mediocridad a supuesto la escisión de esa trinidad ya disuelta en la contemporaneidad, una contemporaneidad extraña que busca las puertas para salir de una casa que ella misma ha destruido, y yo me pregunto por qué buscar puertas cuando ya no hay una casa de donde salir, primero habrá que volver a construirla o si no, vete a donde quieras que ningún muro te lo podrá impedir, y si alguien te lo recrimina basta que le respondas: Ya podrá perdonar.

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