Un faro en el desierto
(una mirada biocéntrica con ojos miopes) Blog personal de Francisco Javier Pérez de Arévalo

Microcuento 5

Uno de los mayores problemas que me acarrea mi naturaleza insignificante, es la transparencia.

La insignificancia corporal te reduce el tamaño a tales microdimensiones, que acabas resultando transparente.

Existe un estado posterior en el desarrollo de la insignificancia que termina con la invisibilidad del individuo insignificante, la invisibilidad permanente; pero en mi caso sólo he conseguido períodos intermitentes de desintegración material, de manera que tengo que afrontar el hecho de posibles avistamientos; es decir la posibilidad de que otro ser me vea.

Si esto ocurre, cosa arto difícil pero al fin y al cabo posible, entonces mi transparencia puede jugarme una mala pasada.

La transparencia que resulta de mi insignificancia todavía algo imperfecta, hace que cualquiera que se pare a observarme podrá ver todo lo que ocurre dentro de mi cuerpo, y lo que es peor, de mi cerebro.

No resulta nada cómodo saber que el otro ser contempla la sucesión de pensamientos que discurren dentro de tu mente.

Como un carrusel de feria.

Con sus caballitos.

Con sus cochecitos.

Con delfines.

Pero también con tiburones y monstruos abisales.

Con vergüenzas desnudas.

Con desnudeces sinvergüenzas.

Con pudores pintados de colorines.

Con manchas sin sentido.

Con gritos absurdos.

Con risas que vomitan restos de humor negro mal digerido.

Con heces que apestan incluso con el mero hecho de observarlas con las narices tapadas.

Con una música cansina de tiovivo averiado, que gira a trompicones.

No, no resulta cómodo contemplar la cara de espanto que pone el ser que mira la transparencia de tu magín.

Porque incluso para una pulga insignificante resulta imposible evitar el pensamiento.

A veces puedes conseguir opacidades parciales mediante el tocado de un sombrero, boina o similar.

Pero si un buen día sopla el viento y la boina se te cae, y da la casualidad de que estás paseando con uno de tus pocos amigos, o con tu amada pulga del alma, entonces el avistamiento se produce en toda su magnitud, y el otro ser queda paralizado.

¿Y cómo le explicas tú que por eso levabas boina?

¿Y por qué no te la has quitado desde un principio? Te puede contestar el otro.

Porque me daba miedo hacerte sufrir, contestaría yo.

Porque me aterra el hecho de pensar que mis pensamientos puedan herir al que los contempla; seguiría yo explicando.

La pulgas orgullosas tienen el cerebro opaco y no dejan entrever sus pensamientos.

Son más listas.

Me pregunto si ser insignificante y estúpido es la misma cosa.

Por eso me aterra amar.

Desde la insignificancia quizás sólo puedas dañar, aunque parezca paradójico.

¿Cómo es posible que un ser insignificante pueda causar sufrimiento a nadie?

La transparencia es la culpable.

La estupidez también es la culpable.

Y todo ese carrusel de monstruos dando vueltas.

Y su música cansina torturando al que la escucha.

Y toda la soledad que la insignificancia conlleva.

Que te moldea como el viento moldea los árboles al borde de cualquier acantilado.

Que te retuerce hasta que te hace dudar incluso de tu naturaleza de pulga.

Y entonces quieres dejar de ser pulga.

Pero no sabes en realidad qué quieres ser.

Sólo soledad.

Pero de la grande.

La inmensa soledad que se vive cuando la compartes con tu ocultación.

La que consigue una increíble hazaña alquímica: metamorfosear a Cupido en Moëbius.

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