Un faro en el desierto
(una mirada biocéntrica con ojos miopes) Blog personal de Francisco Javier Pérez de Arévalo

Microcuento 4

Resulta molesto encontrarse en una situación absurda como la mía.

Cuando el destino te ha llevado hasta un punto que hagas lo que hagas te pincharás y te dolerá.

Andaba yo despistada y me eché una siesta en mitad de un descampado que parecía tranquilo.

Pero la siesta duró varios años; se conoce que estaba algo cansada.

Y resulta que en el descampado han crecido cardos por doquier. Ahora estoy rodeada de un mar de cardos y me mueva en la dirección que me mueva me pincharé.

Nada hacía pensar que en este descampado fueran a crecer cardos.

Nunca pude imaginar que una hermosa y blanda hierba diera paso a un sinfín de plantas pinchudas.

Ahora sólo el espacio donde descansaba tumbada en mi profunda siesta, permanece libre de cardos, pero eso es muy poco espacio para desarrollar el resto de tu vida.

Así que no me queda más remedio que pincharme o lanzarme a otra siesta con la esperanza de que al despertar, los cardos hayan desaparecido.

Pero es que ahora ya no tengo sueño.

Y quedarme aquí parada sin nada que hacer resulta un poco absurdo; más absurdo todavía que estar rodeada de cardos.

¿Pero qué dirección tomar?

En principio todos los cardos parecen iguales y todos pincharán por igual.

Y sin embargo me gustaría seguir el camino desconocido. Aquel que no me atreví a coger y por el que decidí echarme esta siestecita.

Por lo demás, el otro, el camino por el que llegué aquí, ya lo conozco y podría regresar sin problemas hasta algún lugar que estuviera libre de estas molestas plantas.

Tampoco tengo cerillas, porque si no, prendería fuego a uno de los lados y después con los cardos ya hechos cenizas, emprendería el camino sin tener que pincharme.

Si me voy a pinchar más vale que lo haga cuanto antes.

Pero hoy ha salido el sol.

Me quedaré un ratito disfrutando de su agradable tacto hasta que anochezca.

Y de noche saldré.

A ciegas.

Primero daré unas cuantas vueltas con los ojos cerrados.

Y después comenzaré a caminar.

A pincharme.

Sin saber a donde voy.

Sólo sintiendo la picadura de todos esos pinchos clavándose en mis piernas.

Pero al final a algún sitio saldré.

Y las picaduras de los cardos se pasarán.

Aunque antes me tenga que rascar.

Aunque antes tenga que llorar.

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