Un faro en el desierto
(una mirada biocéntrica con ojos miopes) Blog personal de Francisco Javier Pérez de Arévalo

Microcuento 2

Toda pulga insignificante debe saber mantener el equilibrio incluso sobre un simple pelo de gato.

De lo contrario, cualquier ráfaga de viento puede dar al traste con tu alojamiento.

La insignificancia representa para una pulga el peligro de zozobrar en su pelo.

Y cuando esto ocurre todo un abismo se abre ante ti.

Las pulgas orgullosas no tienen este problema porque se sienten muy seguras de sí mismas y, o bien se agarran mejor al pelo de gato, o bien si se desprenden de él lo hacen a sabiendas y sin caer en ningún abismo, sino por el contrario dirigiendo su cuerpo hacia el lugar más idóneo donde esperar la aparición del siguiente huésped.

Como pulga insignificante me aterra el viento.

Como pulga insignificante odio el movimiento.

Como pulga insignificante salto únicamente por necesidad y nunca por placer.

Pero… ¿y si el viento me obliga a saltar?

¿Y si mi gato se rasca sin avisar?

Las pulgas orgullosas me dicen: ¡déjate llevar!, pero yo no sé hacerme la muerta, cosa imprescindible para poder así actuar.

En realidad las pulgas que se hacen las muertas luego disfrutan más de la vida, aunque parezca una paradoja.

Las pulgas orgullosas incluso consiguen hacer filigranas como saltar voluntariamente del pelo de su gato para agarrarse al de un perro o cualquier otro bicho que por sus cercanías discurra, y después regresar de nuevo al de su gato.

Para una pulga insignificante todo eso representa una hazaña inalcanzable, e incluso reprobable, que es lo peor.

Una pulga con problemas éticos está destinada a la amargura.

En el fondo las pulgas insignificantes adolecemos de cierta vanidad para intentar compensar nuestra intrascendencia.

Y creemos que el huésped donde habitamos nos echará de menos, sin recordar que no somos más que simples pulgas.

Sin embargo, para alguien que no sabe dónde ir, resultaría muy cómodo dejarse llevar a algún sitio, el que sea.

Hoy se me ha acercado un cormorán y he soñado con viajar entre sus plumas, volando hacia cualquier parte y viendo las cosas desde altitudes poco pulgosas.

Incluso le grité que me llevara con él, pero lo malo de ser insignificante es que nunca tu voz resulta muy profunda y generalmente nadie te escucha.

Además una pulga orgullosa se habría arrojado sobre sus alas sin preguntar ni gritar nada… de buenas a primeras.

Y no es que mi gato sea un mal gato, pero es que al ser yo tan insignificante, en muchas ocasiones no me siento ni siquiera pulga, y entonces me entran ganas de volar.

Será la vanidad.

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