Un faro en el desierto
(una mirada biocéntrica con ojos miopes) Blog personal de Francisco Javier Pérez de Arévalo

Quince escalones….logofonía para un androdendro

GUÍA PARA LA LECTURA  El escrito se debe leer respetando las indicaciones de “tempo” es decir, velocidad, que aparecen en cursiva y entre paréntesis precedidas y seguidas de puntos suspensivos. Las indicaciones son similares a las que se pueden encontrar en una obra musical y su traducción es la siguiente:

  • Moderato: velocidad normal de lectura
  • Allegro: una velocidad más rápida de lo habitual
  • Lento: leer de forma pausada espaciando las palabras
  • Accelerando: se aumentará la velocidad de lectura progresivamente hasta alcanzar el allegro.
  • Rallentando: se disminuirá la velocidad de lectura hasta el moderato.
  • ,, : Dos comas. Pausa algo mayor que la coma habitual
  • ,,,: Tres comas. Pausa bastante mayor que la coma habitual
— –

…(moderato)…

He muerto como un día nací: sin saber por qué, con un extraño despertar a las dos de la madrugada pero escuchando esta vez una llamada telefónica justo en el momento de bajar por unas escaleras que sólo parecían constar de peldaños aislados, como vidas que iba pisando mientras se sucedían los escalones en una bajada sin descenso, mientras contemplaba la calvicie de una esponja seca, sin agua que llorar, mientras oía cantar a las paredes un silencio reverberante, que se convertía en mudo eco rebotando en cada uno de los quince escalones, esos períodos de tiempo que sostenían mis pisadas dándome a entender que el tiempo se movía en alguna dirección o que al menos yo me dirigía hacia algún lugar, como sin duda podríamos definir el cuarto de baño donde pretendía dejar constancia de una naturaleza condicionada y condicionante, lugar en que el hombre moderno excreta la ignorancia que no es capaz de asimilar ni convertir en conocimiento de sí mismo, donde un confesionario en forma de asiento hueco le obliga a entregar los pecados que sólo allí somos capaces de reconocer y para los que no se impone otra penitencia que la de olvidarlos con un lavado de manos, acción que recriminamos en los Pilatos ajenos pero por otra parte acción lavada a sí misma en una especie de bucle eterno que nos permita vivir sin que el dolor del otro nos duela sino en los momentos acordados, esos momentos que a veces espíritus ajenos te dicen cuáles son pero que cada vez con más frecuencia elegimos a nuestra propia conveniencia, momentos que según creía descender por la escalera era incapaz de controlar mientras me lanzaban su existencia destemporalizada causándome la impresión de estar escuchando el canto de un pájaro exótico, con sus trinos de imágenes apabullantes, con sus escalas ascendentes y descendentes que me paralizaban, compensándose el impulso provocado por el caminar acompasado de ambas direcciones, como acompasado pretendía yo mi pisar seguro por aquellos escalones que me devolvían imágenes como el borracho devuelve la ingestión reprimida de sus deseos más humanos, como el arte vomita los desechos que una sociedad no sabe cómo reciclar, arte parecido al de esas caras deformes pero enmarcadas que el primer peldaño me espetó en el mismo momento de posar sobre él mi pie izquierdo, ese pie que se asustó cuando creyó aplastar un cordón umbilical antes que la madre lo mordiera para separar de una vez la rémora que le había parasitado durante nueve meses y ahora convertido en el saco donde arrojar la ropa sucia para su posterior lavado, el saco donde blanquear un amor con manchas que la sociedad no acepta en ningún merodeador de sus templos cotidianos repletos de trampantojos, maldito primer escalón que casi me hace tropezar, que me impuso un arte macerado con el adobo de la hipocresía generadora sólo de medallas para colgar en los uniformes de la mediocridad, primero de quince pasos para los que no me había preparado durante mi breve sueño anterior, paso abismal hacia una escalera sorprendida, sorprendida porque no podía esperarse mi visita nocturna y porque todavía no se había revestido con su máscara bidimensional, esa máscara aceptada por todos en una escalera y de la que pensamos que sólo subir o bajar comportan el espectro completo de sus posibilidades, ignorando que cualquier escalera sea del tipo que sea, es mucho más que eso, son trozos de vida unidos por la eternidad para ayudarnos a cambiar de posición en el juego del infinito, …. (accelerando)… pero mi padre coge su armónica y se pone a tocar sentado en una piedra melodías que le harán convertirse por un momento en esos personajes de película permitidos por una moral diseñada, esa moral encogida después de verse expuesta a su primer lavado, el lavado de una guerra rojiazul …(allegro)… llena de putas, de curas, de ateos, de hostias, de coños, de faldas, de pollas, de calzones, de orejas ensartadas en collares, de monjas violadas, de envidias saciadas, de venganzas obsesivas, de aquí te pillo aquí te mato, de vino consagrado, de sardinas en lata, de orines bebidos, de miembros amputados, de hembras luchadoras, de mujeres folladas, de madres desmadradas, de hijos muertos, de hermanos y hermanas …(rallentando)… de bombas que mi padre intentaba silenciar con su armónica terapéutica, soplando con su boca en los agujeros de un instrumento del que salían emitidos unos sonidos arrugados por la vejez que toda duda causa, por la angustia de un “por qué” no contestado, de la imagen de un hijo ajeno a toda armónica no sólo la suya, que ahora ha pisado el segundo escalón, un segundo escalón que debería llevarle a una micción trasnochadora …(moderato)… pero que sólo sirve para dejarle enfrente de un padre que ha tirado su armónica para meterse en una cama de la cual ya no saldrá con los ojos abiertos, sino ciego, sordo, mudo y con un cuerpo lleno de llagas listo para ser amortajado y llevado ante los altares, donde un cura con su sotana elevará unos cánticos a capella sin ninguna armónica que le ayude a entonar las desafinadas melodías emergidas de su cariada boca, y donde un público aburrido por saberse el final de la historia hubiera preferido oír palabras oxidadas en lugar de bonitos fonemas pulidos y fabricados en serie para eventos como este, escalón que me lanzaba con furia la más imaginada de mis imágenes, la figura de mi padre dentro del ataúd que le sirvió de caja donde guardar una moral rota por la fragilidad que toda rigidez aporta a sus objetos poseídos, padre ignorante de las diferentes maneras de masturbarse de su hijo, prácticas cariñosas con las que jugaba desde la edad de doce años...(allegro)… con puertas, con rollos de papel higiénico, con radiadores, con melones, con manos izquierdas y derechas, con dos manos, con bocas imaginadas…(rallentando)… multiplicando las fantasías onanistas al mismo tiempo que fracasaba en todo intento de depositar la semilla en vaso natural…(moderato)… teniendo que soportar las continuas preguntas de sus padres acerca de su dudosa virilidad y las protestas diarias hacia un cuerpo que la posguerra no consideraba como adecuadamente masculino: …(lento)… caderas anchas, michelines macilentos, manos sudorosas, espalda encorvada, pecho estrecho, tetas flácidas, andares simiescos, diferente longitud de piernas, pies centrífugos, ojos muertos por una miopía pronunciada, y extrañas aficiones…(moderato)… porque ni sus padres ni la posguerra consideraban a los insectos, adecuados compañeros habituales de su hijo, al contrario que ese tercer escalón por el que deambulaba un precioso cerambícido que al ver cómo una pierna decidía posarse allí, no dudó ni un instante en comenzar una ascensión lenta pero progresiva, escalón que recuerda todos y cada uno de los coleópteros coleccionados por mí durante años para clavar en ellos el alfiler de mi incomprensión …(rallentando)… conciencia incomprendida, afilada con el paso de los años que puede acabar haciendo daño cuando se la clavas a alguien o cuando decides autolesionarte con ella, cerambícido que trepa lentamente …(lento)… muy lentamente, , , a través de una pierna desnuda, , pierna que pensaba de mi pertenencia, pierna mordida por el tercer escalón, , ese tercer escalón que quería escupirme, escupirme formol, el formol donde asesiné a todos aquellos insectos, , , para la meada nocturna nadie se pone unos pantalones, , porque…, porque para coger una mariposa sólo el aire se las vale en la forma adecuada, cualquier otra forma de cogerlas procura un daño irreparable al lepidóptero, , vuelo de memoria escamada, , , tres escalones de vidas superpuestas por un tiempo desordenado, , meada contenida por imágenes revueltas, , , el mar, , , un mar escalonado, , , las montañas, , , unas montañas con barandillas, , las barandillas que protegen mis recuerdos, , , una memoria desprotegida de las agresiones de la represión… (moderato) … el cerambícido llega a una rodilla que le hace dudar, se detiene en su lento ascenso y mueve sus enormes antenas mientras él, yo, le observa con la mirada ausente, una mirada que aprovecha la presencia del insecto para volar y posarse en los días que descubrió, primero de manera inocente, a una madre que decidía adentrarse en las oscuridades de un confesionario, pero mirada que acabó por querer descubrir lo ya descubierto teniendo que mantener una excitación que después del primer día ya no fue capaz de mantenerse si no era a base de infectar la primera imagen, aquella escupida a mi mirada por dos figuras entrelazadas luchando por levantar las faldas que los separaban de una confesión irreprimible, la que realizó aquel cura de sotana relavada y brillante, desahogando sus más íntimos pecados entre las fauces de una madre que no se atrevía a devorar a sus hijos por miedo a la moral encogida de su marido, y la infección desencadenó una fiebre de la cual ya no pude escapar, deseando más aún que mi madre que se produjeran aquellos encuentros donde las faldas giraban como derviches báquicos para poder sacar de mi alma la picadura que la incomprensión se empeñaba en asestarme día tras día, escalón tras escalón, igual que este escarabajo longicornio no comprende la razón de mi deambular por una escalera desprovista de su máscara habitual, ¡pobre cerambícido asustado! que no sabe hasta dónde tendrá que subir para contemplar la totalidad de mi ser, que no sabe en qué escalón aprenderé el significado de sus antenas… ¿en el cuarto?, ¿en el sexto?, ¿en el decimoquinto?… en el cuarto no creo, porque desde que lo he pisado sé que todo ha quedado paralizado, sé que sólo Ella tiene espacio en ese escalón y que ahí se detiene todo intruso, que ahí nada ni nadie puede asomar sus narices para husmear lo que juntos hemos inventado durante quince años, quince años como quince escalones tiene esta escalera, porque ni siquiera a un peldaño de escalera desenmascarada le permito husmear en nuestros inventos, de los que tenemos patente y a nadie se le dará la fórmula magistral … (accelerando)… ni al ataúd, ni a los gusanos, ni a las fotografías, ni al vino, ni a los vampiros, ni a los enanos del bosque…(allegro)… ni a los claustros cantarines, ni a las hormigas verdes, ni a las nubes vocingleras…(rallentando)… y muchos menos a este cuarto escalón por mucho que insista en que le desvele nuestro secreto … (moderato)… ¿pero y al cerambícido que trepa por mi muslo?… quizás él la acabe descubriendo, porque un longicornio no es cualquier escarabajo, con sus largas antenas captan la sintonía del mundo, es más, del universo, y este que trepa por mi pierna no es un cerambícido cualquiera, sino nada más y nada menos que un Cerambix cerda, ¿qué pretende?, ¿por qué no duerme como los demás?, ¿también necesitará ir al baño?, no puedo esperar a que me lo cuente, el siguiente peldaño ya está bajo mi pie izquierdo regurgitando una egagrópila donde se amontonan todos y cada uno de los actos sexuales realizados durante mi vida, condensados y recubiertos por el pelo que el tiempo les ha hecho desarrollar para protegerse de las adversidades climáticas de mi conciencia, bola de pelo por la que entre salen piernas…(accelerando)… brazos, tetas, cabezas con caras que puedo recordar y otras que apenas sí me dicen que pertenecieron a algún ser vivo, hocicos, miembros viriles caídos y otros bien erectos, vulvas de todos los tamaños y consistencias: …(allegro)… secas, húmedas, mojadas, arrugadas, afeitadas, peludas, pintadas, taladradas, también asoman varias lenguas que siguen moviéndose como si quisieran alcanzar un deseo arrebatado, incómodas por tener a su lado objetos de los que parece que quieran desprenderse, una zanahoria surge como obelisco egipcio de entre una serie de testículos informes, y manos, muchos trozos de manos con dedos ardientes por tocar el órgano donde interpretar la gran chacona de la vida, ese pasacalle de tema obsesivo que se repite una y otra vez al ritmo que Dioniso marca con su tirso…(lento)… es aquí donde sufrí un mareo y tuve que sujetarme a la barandilla para no caer precipitado por la escalera, , , es aquí donde vi mi cara en un espejo conformada por unas facciones que podían ser animales o divinas, , , es aquí donde comencé a presentir que aquella ansiada micción no iba encaminada a eliminar una orina incontinente sino una vida contingente, , la eliminación de un tiempo vivido de formas tan diversas que ahora parecen infinitas vidas, , mientras que sólo hacía unos instantes permanecían unidas como piezas de un puzle heredado, amalgama de sentimientos que una educación recibida te obliga a encerrar en el cajón de tu mente sin decirte que en realidad somos un chinnffonier de infinitos cajones, evitando así que nos volvamos locos desde el mismísimo instante de empezar a tener uso de razón, y limitándonos a coger una razón en forma de huso donde devanar todo el resto de nuestra existencia…(moderato)… pero es en este escalón de restos regurgitados donde se comenzó a deshacer la madeja de mis días vividos, donde un sistro comenzó a sonar para anunciarme una danza macabra a la que tendría que someterme, bailando por primera vez en ese aquelarre del que no puedes excusarte ni aunque seas tetrapléjico, ese baile que marca el son de toda existencia desde la piedra hasta el filósofo, ¡maldito escalón erótico que dejó sin sentido una meada nocturna!, de nada me sirvió seguir moviendo las piernas hacia lo que parecía un peldaño inferior porque en ese momento el calidoscopio de mis yos se había puesto en frenético movimiento y las figuras que de allí surgían no hicieron sino aumentar el mareo que poco antes amenazaba con impedirme el descenso a ninguna parte, un mareo que paradójicamente me producía tal fijación al suelo que dificultaba mi movimiento de pies y piernas, teniendo que reposar en el anexo escalón el esfuerzo realizado para despegarme del anterior, sin embargo la contradicción aumentaba y mi centro de gravedad se iba desplazando hacia las rodillas al mismo tiempo que el cerambícido ya las había dejado atrás y se acercaba al cráter del ombligo, mientras la sensación de emprender el vuelo se hacía más y más presente, mientras los paisajes a vista de pájaro se multiplicaban elaborando todo un mapa de tierras visitadas o ignotas, … (lento)… aguas calmadas por cuyas orillas pueden contemplarse parejas de amantes y niños ahogados, , aparentes aporías que el biombo plegado por nuestro reloj permite verlas realizadas a pocos metros de distancia, , , pantano misterioso donde el atardecer colorea sus especuladas aguas para intentar cromatizar un negro absorbente, , remanso de paz con vacas pastando en las cercanías para hacernos ver que de la tierra sale alimento, que la tierra no sólo se nos come el día de nuestra muerte sino que vomita para las vacas todo lo recibido en sus entrañas, como las aves lo hacen para con sus polluelos, , como el borracho lo hace con sus miserias utilizando el alcohol a la manera de revulsivo para una angustia atascada en las tuberías del alma, , , montañas lejanas que irregularizan un horizonte y dejan claro que aquello no es el mar sino una simple presa, un calabozo de aguas almacenadas, montañas oscuras que nunca se alcanzan por haberse posado encima del horizonte, como la amargura que se instala en las ramas del cobarde, , del que no supo confiar en sí mismo, , del que se creyó todos y cada uno de los telediarios que vio durante sus ordenados días de vida disecada, , del enterrador de ilusiones ajenas, ,…(accelerando)… del mercachifle de un arte inflado como globos a los que sujeta en hatillo multicolor esperando que el aspirante a culto le compre alguno de esos sofismas intelectuales, sin saber que al menor roce con una espina sincera el globo explotará y se quedará sólo con una cuerda sujeta a al vacío y solo… y vacío… y… (moderato)… la premonición del quinto escalón ya no ofrecía duda alguna cuando me encontraba en mitad de mi recorrido, empapado en sudor por el esfuerzo que me suponía despegar los pies de aquellos escalones, con un escarabajo de inmensas antenas agarrado con sus artejos a los pelos de mi pecho, auscultando las cavidades de mi universo interno, preguntándome por la justicia, por el bien, por el mal, por todas las cosas absurdas que nos empeñamos en construir en lugar de dejar que las cosas nos construyan a nosotros, como sabían hacer en la antigüedad, dejando que la vida moldease sus cuerpos y sus ideas, puñetero coleóptero que sabe leer en mi mente lo que no supieron descifrar ninguno de mis más cercanos amigos, salvo Ella y alguno de los perros que me acompañaron y a los que acompañé, los que me enseñaron a beber de manantiales sin contaminar, a vivir mirando el entorno con esa vaciedad infinita de moral transgredida pero con una conciencia que te enseña los límites del camino tranquilo dejándote la libertad de adentrarte por las otras veredas, las píndias, como las llamaban en aquel pueblecito cántabro cuando padecían una pendiente de aviesa inclinación, aquella premonición me ha helado la sangre, me ha convertido en un ermitaño que deambula por una escalera sin luz que le indique la posición de sus escalones, sin bastón con el que poder apoyarme o tantear los acantilados en que cada uno de esos segmentos se ha convertido, todo un diluvio de ideas me comenzó a asaltar impulsándome a construir un arca donde refugiarme y salvaguardar en ella cada uno de los sentimientos que he tenido durante mi vida humana, y digo humana porque desde que pisé aquel quinto escalón me comenzó a invadir la clara sensación de estar abandonando una humanidad de la que, de hecho, siempre había dudado, como cuando me dirigía a la orilla de aquel pantano para desear convertirme en somormujo, o cuando pasaba horas escuchando y viendo a las garzas pescar imaginando que algún día podría ser una de ellas, o cuando realizaba viajes costeros y buscaba ansiosamente a los cormoranes para fotografiarles y después en mi vida secana pensar en una metamorfosis ornítica, esa humanidad tan ajena como la que descubrí en el Gregorio kafkiano pero sin querer encontrar la nueva esencia en los hexápodos sino más bien en algún mamífero o ave palustre, pero los sueños siempre se cumplen de diferente manera a como se soñaron despiertos, y fue justo durante el espacio de tiempo de siete escalones, los comprendidos entre el quinto y el décimo tercero, cuando descubrí lo que en realidad significaba aquella micción inconclusa, aquella meada desviada de su natural función, orina que me abandonó en el momento en que el decimotercer peldaño apresó mis enraizados pies y comenzó a sonar el teléfono de manera imprevista, porque nunca esperas que nadie te llame a las dos de la madrugada, porque esas llamadas huelen diferente, porque el teléfono quema cuando te atreves a descolgarlo, como me quemó cuando aquella quebrantada voz me dijo que a mi hijo le había ocurrido algo, teniendo que descubrir posteriormente que ese algo no era sino un tren que le había pasado por encima, pero esta vez no iba a dejar que se me quedaran las manos pegadas al teléfono, no, esta vez el auricular quedaría sujeto al resto del aparato, en esta ocasión dejé agotar los sucesivos toques de timbre, de ese timbre casi galáctico ahora habitual en algunos teléfonos inalámbricos, desde el escalón número trece no me hacía falta escuchar la voz que me dijera que yo había muerto, eso lo empecé a intuir siete escalones antes, total… una confirmación no es más que una repetición de algo que sabes, una tautología innecesaria, una manera de abrir en canal la esperanza que se había muerto de manera tranquila y natural, ¿por qué entonces diseccionarla?, ¿por qué exponerla a tales vejaciones públicas?, es mejor aceptar lo que tu sabiduría te ofrece, saber leer en las líneas de tu conocimiento porque es el mejor conocimiento del que dispones y no hace falta que nadie más te diga lo que tú ya descubriste, obedecerte a ti mismo y dejar que te hable el silencio, por eso no quise descolgar el teléfono, por eso me quedé en el décimo tercer escalón esperando a que tras el último soniquete el silencio me explicara qué es lo que ocurría y lo que ocurrió no fue otra cosa que mi muerte, sí, muerto y como decía el insigne Sebastián de Covarrubias difunto porque he pasado de esta vida a otra, porque he acabado lo que estaba a mi cuenta de hacer, esa llamada olía diferente, tampoco olía como la de mi hijo sino más bien a leche recién ordeñada, quién sabe por qué, pero la verdad es que desprendía un fuerte aroma a nata y a bosta de vaca, quizás porque la tierra me estaba tragando, quizás porque el reloj que en otras ocasiones me había indicado la hora estaba ya roto, me da igual la razón del olor cuando me encuentro paralizado, cuando la oscuridad ha dejado de cegarme, ahora que sé lo que realmente le ocurrió a Nietzsche, ahora que sólo he de esperar a que amanezca y anochezca en una sucesión minimalista que deje al bien y al mal volar a su gusto para posarse allí donde el hombre les fabrique sus nidos artificiales, ya no puedo pasar de aquí porque los pies no me responden, porque la sujeción al peldaño es tan fuerte que sólo mutilándome podría avanzar hasta el decimoquinto y último escalón, pero aunque eso fuera posible nunca lo haría, nunca cortaría a esta escalera por uno de sus extremos, y porque el escalón número quince no me gusta, prefiero quedarme en el anterior, el que hace número catorce, porque aquí me he encontrado a otros que fusilaron por ser músicos de melodías vacunas, no pasaré de aquí porque el cerambícido me ha depositado sus huevos una vez que se me introdujo por el hueco de una boca entreabierta y que ya no podía ni quería cerrar, esperando que se cumpliera un sueño largamente soñado, el dejar una humanidad maniquea, una antropología bípeda que solo utiliza las piernas para correr con velocidad anquilosada a causa de una artritis reumática, no hace falta que tenga que esperar a que nadie me insulte por parecerle inhumano, no es necesario que me griten loco, basta con que Ella me encuentre aquí y me riegue cada tarde justo al ponerse el Sol, como aquellos días en los que soñaba deshumanizarme para bucear igual que el somormujo del triste pantano, pero primero tendrá que limpiar esta meada que por fin me abandonó para descender sin mí hacia un delta escalonado, hacia unas playas desiertas bañadas por olas de hierba segada por el dalle del amor a la vida, ese amor que me ha dendrificado, como se dendrificó Nietzsche al querer hacer con la Naturaleza lo que no pudo hacer con Lou, sí, soy un androdendro, esa es mi nueva vida, aunque me vean con este residuo de cuerpo humano poco me queda ya de hombre, ni de mujer, ni de niño, ni de nada que no sea arbóreo, sin que eso signifique que me haya lobotomizado, porque dendrificado es una cosa muy diferente, solo te plantas en la vida para dejar que tus raíces se vayan extendiendo a lo largo del espacio que alcanza tu mirada, esa mirada que los demás ya no comprenden y que toman por vacía cuando lo que ha hecho es llenarse de vida, esa mirada que asusta cuando la ves por primera vez por no saber que aquello es en realidad un renacer, una reencarnación sin pasar por la putrefacción, una turbometempsicosis que se produce sólo cuando la vida se fija en ti, cuando te elige como amante de turno, porque la vida es promiscua y no deja nunca de aceptar a aquel que la pretende, sólo rechaza a los que el hombre asesinó, a esos ya no los quiere como amantes sino que se los come para luego alimentar a otros, sí, Nietzsche renació como androdendro pero se fue quedando mustio por culpa de una hermana que no supo regarle con la habilidad necesaria y que acabó por secar sus hojas entre la prensa de unas mentes que no sabían traducir la vida en amor sino en odio, pero siempre ha ocurrido así, como me lo recordaron los escalones undécimo y duodécimo, con aquellas caras a las que tanto odié, con aquellos cuerpos de tan viscosa esencia que la rutina ordenada les había conferido, mentes conservadas en el formol de las formalidades y de la obediencia hipócrita, mentes sedientas de subir aunque fuera un peldaño en toda su vida sin saber que esa escalera sólo lleva a un desván con goteras de lluvia melancólica y que allí no encontrarán mas que una sala vacía y fría y que todo el orden acumulado durante años y años al final únicamente se convierte en un desahucio inexorable para el que no existe alegación posible, mentes que miden el entorno contando por milímetros sin acordarse que existe el metro y el kilómetro y sin llegar a imaginar que incluso hay años luz, mentes que se han convertido en pandemia de la mediocridad y que no hacen sino alimentar con sus sesos una máquina que las hace picadillo y que luego otra envasa y reparte al Frankenstein europeo, porque fue en este continente donde lo fabricamos, donde le dimos vida después de haberlo compuesto a base de trozos humanos, como esos trozos que salían de la egagrópila del quinto escalón, pero aquí de épocas muy diferentes, como un rompecabezas de momias troceadas, sólo espero que cuando Ella baje a buscarme no los vea, no le asalten la imágenes que a mí me retuvieron antes de sonar el teléfono, no quiero que ninguna llamada le importune cuando encuentre mi tronco enraizado esperando un beso de buenos días, esperando una caricia sentida a través de la corteza que ya protege mi alma, esa corteza que mi escarabajo ha tomado como nuevo hogar y como el hogar de sus futuras larvas, sólo espero que Ella me siga queriendo como androdendro y que no coja mis hojas para prensarlas y secarlas igual que hizo aquella hermana de miopía arrogante, sólo quiero que perciba el aroma a moho y liquen que comienza a salir de mis dedos enramados a pesar de esta aparente humanidad, que ningún Gregorio kafkiano le atemorice con una metamorfosis insultante, porque aquí nadie se ha metamorfoseado, porque aquí nadie insulta a nadie ni le reprocha nada, porque morirse en vida es una cosa muy diferente a sufrir una metamorfosis, sólo espero que no se tome a mal lo de la meada escalonada, que no piense que fue malintencionada, que no imagine que detrás de la orina se esconde una sola lágrima de incomprensión, porque si alguien me comprendió fue Ella, sólo espero que no se ponga a traducir el pis de unos escalones manchados con el humus de mi amor, sólo deseo mirarla con mis nuevos ojos de haya fisgona, porque ahora tendré tiempo para pensar sin tener que convertir mis pensamientos en horas por las que caminar, porque ahora podré deleitarme en contemplar su belleza asimilándola sabiamente y saviamente, no quiero que traduzca mi incontinencia amarilla, ni que la cambie de color, porque ni tiene traducción ni puede ser alterada cromáticamente, porque hay cosas que no deben intentar traducirse, porque cada lengua tiene sus rincones de imposible traslación, como cada vida, como cada ser, como cada piedra, como cada soplo de aire serrano, que no puede repetirse nunca de la misma manera porque nunca te acaricia por igual, sólo espero que cuando me vea dendrificado no se eche a llorar y que sonría y que suba rápidamente a vestirse con sus mejores galas, y que ponga música de Bach, y que ponga música de Bach, y que ponga música de Bach, porque todo árbol crece bien al lado de un arrollo, sí, al final los sueños se cumplen y de la misma manera que oía esa música antes de amanecer entre las piernas de mi madre sin saber que era un cura el que la pinchaba en el viejo tocadiscos de aquella habitación de residencia jesuítica, de la misma forma ahora sé que volveré a escucharla dentro de mi nuevo útero arbóreo, desde mi nueva vida dendrítica, con mi familia cerambícida escuchando atentamente las zarabandas y las bourrées, porque les agrada más que las courantes o los minuetos, porque el cerambícido no disfruta con el ritmo acelerado, ni siquiera el de Bach aunque pocos saben que aman desmesuradamente a Messiaen, porque allí no ven prisa sino trinos, porque los pájaros no cantan rápido por ansiedad sino porque la vida les pica y se tienen que rascar a base de cantar en las horas inútiles, las que no sirven para el amor, las que no se han de emplear para decirle al otro “esto es mío”

, horas inútiles que sólo sirven para el arte y que un día el hombre las encontró por casualidad después de una larga jornada pensando en el olor a podrido sin que respuesta alguna saliera de aquella primitiva mente, sólo imágenes, sólo dioses, sólo miedos y finalmente el arte, benditas horas inútiles a las que ya podré entregarme sin pausa, sin interrupciones, sin venganza, sin rencores, sin …(rallentando)… remordimientos… sin orgasmos… sin tristeza ni alegría… sin envidias punzantes… (lento)…sin justicia… sin voluntad… ni poder…ni valor….ni miedo.

Anuncios

Ninguna respuesta to “Quince escalones….logofonía para un androdendro”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: