Un faro en el desierto
(una mirada biocéntrica con ojos miopes) Blog personal de Francisco Javier Pérez de Arévalo

Los perros de Pompeya….logofonía para un abducido

GUÍA PARA LA LECTURA  El escrito se debe leer respetando las indicaciones de “tempo” es decir, velocidad, que aparecen en cursiva y entre paréntesis precedidas y seguidas de puntos suspensivos. Las indicaciones son similares a las que se pueden encontrar en una obra musical y su traducción es la siguiente:

  • Moderato: velocidad normal de lectura
  • Lento: leer de forma pausada espaciando las palabras
  • Molto lento: leer de forma exageradamente lenta
  • Allegro: una velocidad más rápida de lo habitual
  • Presto: leer rápidamente, de forma casi mecánica
  • Accelerando: se aumentará la velocidad de lectura progresivamente hasta alcanzar el allegro.
  • Rallentando: se disminuirá la velocidad de lectura hasta el moderato.
  • ,, : Dos comas. Pausa algo mayor que la coma habitual
  • ,,,: Tres comas. Pausa bastante mayor que la coma habitual
— –
La llegada fue impresionante ya que nada más bajar del tren pude verlos, era un espectáculo para el que no estaba preparado, porque nadie me había hablado de ellos y, sin embargo, no hacía falta ir muy lejos para encontrarlos, no era necesario dirigirse a ningún centro turístico de especial interés, ellos se esparcen por todo el pueblo, el viejo y el nuevo, ellos no necesitan esconderse de ninguna modernidad jíbara, modernidad que reduce esencias en lugar de cabezas, ellos sólo quieren aguantar el tiempo sobre sus cuerpos, sí, son columnas vivas que soportan la carga del pasado esperando a que el volcán los libere de esa brutal servidumbre, de la misma manera que una confesión libera al creyente una vez que se ha producido la erupción necesaria con la que vomitar todo el magma acumulado en su conciencia y que luego, muchas veces, enseguida que los pecados se han secado al aire del tiempo, se dan cuenta que no pesan nada, que la lava no tiene mucha consistencia y que su confesión tampoco tiene el sentido que un día le dieron, pero lo importante es la erupción liberadora, esa que revienta tus entrañas, esa que esparce tus remordimientos para que dejen de morderte el corazón y la memoria, por eso no tardé en percatarme que ellos, aquellos perros, estaban esperando su redención particular, sin prisa, con la paciencia de alguien que sabe que sólo se trata de esperar pero que llegará el momento de su liberación y que si su cuerpo no puede resistir esa espera entonces otro, recién nacido, continuará con su trabajo, el trabajo de honrar otros cuerpos, los cuerpos que quedaron reducidos a cenizas un 24 de agosto del año 79, bajo la lluvia cenicienta de un cielo juguetón, un cielo que no distinguía hombres de cerdos, perros, árboles o piedras, y que por lo tanto no consideraba asesina su lluvia de cenizas, porque la vida sigue y la ceniza ayuda a su renovación, ¿cómo va a ser un asesino aquel que contribuye a la fertilización de terrenos y a la generación de nuevas formas de vida?, no creo que el campesino se crea un asesino por quemar unos rastrojos, pero si piensas que esos rastrojos son diferentes al resto de rastrojos, entonces puedes creer que has realizado un acto de consecuencias irreparables, ¿pensó el Vesubio algo así?, no, no creo que tuviera remordimientos de conciencia por explotar y anegar con sus vómitos todas las tierras colindantes, ni siquiera los perros le culpan por aquello sino que por el contrario esperan con ansiedad que repita su acto revulsivo, porque entonces serán otros los que habrá que honrar y quizás los nuevos encargados de hacerlo ya no sean los perros sino acaso las piedras, los cerdos o quizás los árboles, aunque éstos últimos en lugar de hacerlo emulando a aquellos que quedaron tumbados en el suelo con posturas inverosímiles, lo hagan retorciendo sus troncos hasta imitar las carreras de quienes intentasen huir del despertar del volcán, ese despertar que no tardaría en verse sometido por la narcolepsia que afecta a todo el mundo geológico, momento que mientras no llegue, serán ellos, los perros de Pompeya, quienes asuman la responsabilidad, quines tengan la continua querencia de postrarse en el suelo para homenajear a todas las víctimas de aquella erupción, permaneciendo tumbados de manera especial, mostrando una quietud que sólo puede surgir de un ritual preconcebido, que sólo los iniciados pueden realmente practicar, porque el resto es incapaz de acceder a la ceremonia útil, la que trasciende lo que vemos para mostrarnos aquello que permanece oculto ante los ojos pitarrosos de la prepotente modernidad, con su manía de coleccionar esencias reducidas creyendo que así adquirirá un conocimiento de todo lo que le rodea, sin percatarse que ese conocimiento no será más que la suma de unas reducciones y por lo tanto quizás la forma de conocer más reducida que exista, lo que ocurre es que cuando más reduces el campo de conocimiento más crees conocerlo, forma útil de autoengaño, cosa que los perros de Pompeya no secundan, basta verlos …(rallentando)… con su estampa hierática, adoptando cualquier trozo del suelo como tumba simbólica, …(lento)… no duermen,,, no están muertos,,, sus ojos te miran,,, una mirada que nunca antes contemplé,,, los ojos que el volcán ha adoptado para poder contemplar los rastrojos con los que fertilizar su entorno,,, unos ojos telúricos encerrados en cuencas caninas,,, nunca antes nadie me ha mirado así,, ojos propios y al mismo tiempo ajenos,, quizás sólo el esclavo pueda reunir la misma condición,,, su mirada y la de su amo juntas en torno a la misma nariz,,, o la del abducido,,, que deja de tener brillo en las pupilas,,, porque cuando te roban trozos de memoria te están extirpando tiempos de mirada,,, y unos ojos sin continuidad temporal se quedan opacos,,, esconden cosas,,,, armarios de donde sólo sale una luz que te impide ver nada más,,, brazos grises,, que te acarician desde una lejanía inmediata,,,,, presencias escondidas,, que te hacen pensar lo que quieren que pienses,,,,,, …(accelerando)… lo que pasa es que el esclavo es abducido por su amo,, menos cuando el amo maltrata,, así no se abduce a nadie, …(moderato)… nunca me maltrataron durante aquellos sueños diferentes, nunca sentí dolor ni sufrimiento alguno, más bien lo contrario, protección y cariño es todo lo que puedo recordar, y también firmeza, la firmeza de un padre que quiere lo mejor para su hijo y esto a veces ha de proporcionárselo con reprimendas correctoras, pero desde el cariño, como con cariño me acariciaba aquel brazo gris al que mordí por puro instinto animal que recela de todo lo desconocido, el mismo brazo que se puso inmediatamente a temblar mientras se desvanecía en el espacio que hasta entonces ocupaba, dando lugar al remordimiento que todavía arrastro por no saber estar a la altura de los perros de Pompeya, por morder la mano que me acariciaba desde una tranquilidad críptica, por apretar los dientes en aquella masa gomosa incapaz de sangrar, deshaciéndose en un temblor de incomprensión y quizás de desprecio, situación que no puedo corregir porque yo no dirijo esos sueños, porque no los puedo provocar y porque pueden tardar muchos años en volver a presentarse, nunca un perro de Pompeya hubiera mordido el regalo de una caricia, por muy extraño que fuera el ser que se la regalase, no, yo les he podido ver allí con sus ojos volcánicos de fría ternura, en los rincones más insospechados de aquella ciudad desenterrada, pero ocupando también los nuevos lugares, como pretendiendo acercar su ritual a toda persona vecina o visitante, sin preocuparse por la atención prestada sino atentos únicamente a la correcta interpretación de su esencia iniciática, perros abducidos por un volcán que pretende repetir su cópula periódica, durante un periodo de celo que se repite milenariamente, pero que constituye una cita a la que acudirá preso de la excitación que todo celo transmite al encelado, aparente acto onanista con el que el Vesubio eyacula su semen sobre las faldas que lo protegen y sobre las tierras circundantes que alojan esas partículas semovientes que han convenido en adjetivarse como sapiens, ¿cómo puedo ahora pedirle perdón a ese brazo sin sangre?, quizás él sabe el peligro que se corre cuando se acaricia un animal, quizás no me guarde rencor por la mordedura asestada, porque no creo que se le infecte, ¿un brazo sin sangre puede infectarse?, quizás esperase otro comportamiento de mi,, quizás están arrepentidos de haberme elegido para no sé qué, decepcionados por perder el tiempo con alguien finalmente tan primitivo, decepcionados por haberle implantado aquel triángulo cuando era un joven, el triángulo que le pusieron en la frente y de donde salía un chorro increíble de luz, para finalmente, ahora, no arrojar sino esqueléticos destellos de luminosidad mortecina, …(lento)… creo que los perros lo sabían,,, creo que me miraban desde el conocimiento que muchos abducidos poseen,, me preguntaban por el mordisco,,,,, por la razón del mismo,,,, la pregunta sin respuesta,, no supe que contestarles,,, me miraban sin desprecio,,, desde el volcán,,, desde los incinerados del 24 de agosto, desde la tranquilidad que todo ritual encierra, el ritual bien aprendido,,, perros telúricos,,, sabios,,,, ermitaños,,,,, sin farol con el que iluminarse,,,, sólo con la lava asomando por sus pupilas apunto de derramarse en forma de lágrimas magmáticas,, …(moderato)… por la calle de la abundancia no vi ninguno, demasiado turista, demasiada abundancia para poder practicar el culto a los muertos, demasiada fotografía disparada para cazar imágenes indefensas y en peligro de extinción, aunque ahora ya más protegidas, imágenes criando en cautividad, no, allí no vi ningún perro hasta que llegamos a la Casa de los Misterios, donde descubrí que el mayor misterio no procedía de las enigmáticas pinturas sino de aquel pastor alemán agazapado en el rincón más insospechado de la casa, inmerso en la oscuridad que le hacía prácticamente invisible, pero con la tenue luz que me permitió distinguir su figura y aceptar su mirada, la misma que me dirigió aquel camarero de pueblo cuando al ir a pagar la consumición me dijo que yo había tenido contactos, que bastaba mirarme para saberlo, que si yo quería podía volver por allí para hablar del tema, mirada que me dejó estupefacto porque me hizo reconocer lo que yo mismo me quería ocultar, porque me hizo aceptar una realidad hasta entonces limitada por una modernidad jíbara, porque al menos me ayudó a convivir con todos aquellos sueños diferentes, porque ahora sé que detrás de aquella luz cegadora donde me vi inmerso había algo más que luz y que la enorme nave que vi salir del mar y donde se me introdujo sin saber muy bien cómo quizás estaba más allá de mi sueño, como más allá estaba ese perro, ajeno a las pinturas que representan extraños rituales, los rituales quizás de quienes sabían que iban a ser sepultados por un cielo desplomado, desplomado por caerse y desplomado por quedarse sin el color gris plomo que le conferían las cenizas acumuladas, esas pinturas ahora sin significado aparente pero que en su día representaban cosas identificables para los moradores de aquella casa arrabalera, como arrabalera ha quedado la indolencia de este perro, indolencia que habita en las afueras del común padecimiento por el que los demás solemos transitar, indolencia budista que ha tirado a la basura cualquier posibilidad de deseo, incluido el mordisco a una mano extraña, perros que abandonaron su cinismo inicial para adentrarse en las profundidades de un escepticismo doméstico pero sin domesticar, esas profundidades desde las que cobran una visión general del tiempo convirtiéndoles en oráculos que nadie consulta, porque nadie hace caso a los perros de Pompeya, su quietud les hace invisibles, tanto que tuve que avisar a varios turistas para que no pisaran al pastor alemán de la Casa de los Misterios, aunque seguro que está acostumbrado, seguro que recibe varios pisotones al día, seguro que forman parte del ritual practicado, porque también estoy seguro que muchos de aquellos pompeyanos fueron pisoteados por los que todavía tenían las fuerzas para poder correr hacia una salida utópica, perros que aguantan las pisadas de la erupción turística como aquella pobre gente aguantó sobre sus cuerpos la caída de infinitud de piedras y cascotes, aplastados por no saber leer, por sustituir el libro de la naturaleza por las tablillas de la escuela, sin darse cuenta que ambas se pueden compaginar, porque el volcán les avisó diecisiete años antes , cuando provocó un terremoto en el que muchas casas se vinieron abajo, palabras que ni los herculanos ni los pompeyanos supieron interpretar como mensaje, eran grafías olvidadas, lenguajes ya desconocidos que más bien parecían pataletas divinas que amenazas geológicas, pero no todos padecían ese analfabetismo, no, los perros conocían el curioso texto escrito en las entrañas de la tierra, como siguen conociéndolo todavía hoy en cualquier parte del mundo, con más de veinticuatro horas de antelación cada vez que se va a producir un terremoto, cuando deciden abandonar su lugar habitual de residencia y buscar salidas todavía no utópicas sino reales, existentes y localizadas en algún lugar, quizás ellos entendieran también el lenguaje con el que esos pequeños seres se comunicaban entre sí aquella noche que decidieron entrar en mis sueños, aquella noche que me mostraron sus pequeños cuerpos metálicos con los que me rodearon y me impusieron el triángulo luminoso, sin que yo les entendiera una sola palabra pero sin extrañarme de ello, como si fuera la cosa más natural del mundo, junto a un árbol que muy bien pudiera ser un olivo, no muy viejo, pero con luz , mucha luz en las cercanías de aquel arbolito, quizás tendría que haber preguntado al perro de la Casa de los Misterios por el significado de todo aquello, aunque si no lo hice fue seguramente por que ya conocía la respuesta, esa respuesta que me dio el camarero sin que yo le hubiera preguntado nada en absoluto, la respuesta sin pregunta, la que llevo conmigo a todas partes y que de vez en cuando resuena en mis oídos en ocasiones especiales, como resonó al bajar del tren en la estación de la nueva Pompeya, nada más ver a dos perros tumbados en el suelo de forma singular, como me volvió a resonar más tarde al ver el perro de la Casa de los Misterios, respuesta que por el contrario se calló como una puta cuando pudimos contemplar las copias de aquellos cuerpos humanos sepultados en cenizas, no, entonces mi respuesta permaneció en silencio hasta que dirigí mi mirada al Vesubio, entonces salía de su escondrijo para espetarme en la memoria el brazo gris de apariencia cariñosa pero de pretensiones quizás interesadas, como interesada está mi vida en hacer que periódicamente se me paralice el sueño, tal y como quieren interpretarlo los científicos, una parálisis que me cambia la vida cada vez que acontece, como cualquier parálisis lo hace, como quedó en cierta forma paralizada la vida de los perros de Pompeya, limitando su sistema locomotor a la mínima actividad posible y concentrando en la mirada toda la energía ahorrada en los movimientos, una energía que no transmite fuerza, ni poder, que no es ni potencial ni cinética sino histórica, la energía de todo acto inacabado, sí, una energía suspendida, paralizada, que se encuentra a medio camino entre la potencial y la cinética, pero en otra dimensión, la dimensión de donde procedía aquella persona que me abordó por una avenida madrileña, para preguntarme si había futuro, un aparente hombre de buena apariencia y de unos cincuenta años, que venía en sentido contrario al mío, que se me quedó mirando fijamente y que finalmente optó por acercarse y decirme si podía preguntarme una cosa, quizás la misma cosa que preguntaban los perros de Pompeya y que yo no supe traducir, pero de eso no me di cuenta hasta que logré evadirme del aparente hombre madrileño, de aquel cincuentón bien vestido pero de mirada canina, exactamente la misma mirada que me dirigieron ellos, los perros pompeyanos, sólo que el aparente hombre me produjo un nerviosismo que para nada sentí ante aquellos perros paralizados en el tiempo y en el espacio, un nerviosismo que procedía del choque que sufrí, no con la presencia física de ese supuesto hombre, sino con su ausencia humana, con la presencia de una pregunta a la que por un lado me sentía impulsado a contestar desde lo más profundo de mi ser y de manera automática, pero que por otro me heló de tal manera las entrañas que me limité a contestar diciendo que esa era una pregunta muy complicada, esperando así poder eliminar de mi vida la presencia de algo tan incómodo como resultaba todo ese conjunto de presencias y ausencias tan poco habituales, y que sin embargo tuve que seguir afrontando cuando esa ausencia trajeada me respondió que precisamente por eso me hacía la pregunta, haciendo recaer en mí la responsabilidad de algo tan pesado como es el saber si hay futuro o no, queriendo hablar sobre la inutilidad de contemplar el tiempo desde el pasado y el futuro, de la pura apariencia de ambos y al mismo tiempo de su virtualidad, de su mentira, la mentira del ayer y del mañana, viéndome preso de la cobardía y sin el ánimo de poder soportar por más tiempo el poder de aquella ausencia, cobardía que me obligó a cortar el encuentro declarando falsamente que no podía darle una respuesta dado lo complicado de la cuestión, y sin querer mirarle a los ojos por miedo a ver allí reflejado el Vesubio, por miedo a verme enterrado en cenizas, entre las cenizas de mi cobardía, por miedo a ver aquel brazo gris pasando de las caricias a la masturbación, por miedo a que su mirada me asestara el mordisco virtual de alguno de los perros de Pompeya, inoculándome el veneno que consiguiera paralizar mi vida, dejándola encajonada en una dimensión incómoda y extraña, sin volverme para comprobar que él había continuado su camino o que por el contrario se había quedado mirando mi caminar pusilánime, o lo que es peor, volverme para comprobar si seguía allí o había desaparecido corporalmente del lugar, …(lento)… todas las piezas se quieren juntar,,, no puedo contradecirlas,,, ni frenarlas,,, se atraen como imanes enfrentados por los polos opuestos,,, la implantación del triángulo,,,, la reprimenda estelar,,,, la aparición de aquella inmensa nave surgiendo del mar y su interior de luminosidad cegadora,,, la presencia de alguien que abre la puerta de mi habitación y que me paraliza para que no pueda moverme,,,, el camarero que me adjudicó una apariencia abducida,,,, las caricias del brazo gris,,,, y finalmente la presencia que me interrogó sobre el futuro,,, sí,,, todas las piezas quieren juntarse,,,, pero algo les impide encajar,,,un vacío,,, una pregunta que dejé sin responder sinceramente,,,, una asunción de identidad,,,, una tristeza aislada,,, …(moderato)… sé que tengo que volver, que no puedo dejar a aquellos perros sin un espejo donde reflejar su mirada, que debo transmitirles la pregunta que ¿no quise? o ¿no supe? responder, para esta vez mirarles fijamente y sin miedo a sus ojos, que he de pasear por aquellas calles desenterradas en un frío día de invierno, bajo una lluvia que me hable del tiempo, y a la que pueda interrogar tranquilamente sin las interferencias de fotografías que se cuelen por sus recovecos, los recovecos de un tiempo turistizado, de un tiempo banalizado, esperando a que los perros se levanten y emprendan su ascensión por el Vesubio, si, ese es el único futuro que existe, la ascensión por un volcán que tarde o temprano volverá a entrar en erupción y bajo el que tarde o temprano sucumbiremos, bien por caer en el cráter una vez conseguida la coronación de su cumbre, o bien por ser enterrados por una lava eyaculada en pleno éxtasis telúrico, ese es el futuro que impele al brazo gris a acariciarme con intenciones un tanto libidinosas, a convertir mi cuerpo en un volcán que vomite el secreto del tiempo, a arriesgarse a ser mordido a pesar de sus tranquilas caricias, por todo ello he de regresar a aquella estación tan impresionante, la estación que te permite entrar en una dimensión extraña, siempre y cuando no la contemples con ojos fotográficos porque con esos ojos nunca podrás pasar al otro lado del espejo, y son pocos los que saben compaginar las dos miradas, la fotográfica y la canina, y sólo a través de esta última puede uno encontrar respuestas inauditas, las que únicamente se pueden oír esos días fríos y silenciosos de invierno, bajo los pies de un volcán caliente y observando la tibia mirada de unos perros presentes en un espacio pero ausentes del tiempo cronometrado, ¡curioso tren napolitano que te aleja del reloj para llevarte más allá del bien y del mal!
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