Un faro en el desierto
(una mirada biocéntrica con ojos miopes) Blog personal de Francisco Javier Pérez de Arévalo

Guardar como…logofonía para un chupatintas

GUÍA PARA LA LECTURA  El escrito se debe leer respetando las indicaciones de “tempo”es decir, velocidad, que aparecen en cursiva y entre paréntesis precedidas y seguidas de puntos suspensivos. Las indicaciones son similares a las que se pueden encontrar en una obra musical y su traducción es la siguiente:

  • Moderato: velocidad normal de lectura
  • Lento: leer de forma pausada espaciando las palabras
  • Molto lento: leer de forma exageradamente lenta
  • Allegro: una velocidad más rápida de lo habitual
  • Presto: leer rápidamente, de forma casi mecánica
  • Accelerando: se aumentará la velocidad de lectura progresivamente hasta alcanzar el allegro.
  • Rallentando: se disminuirá la velocidad de lectura hasta el moderato.
  • ,, : Dos comas. Pausa algo mayor que la coma habitual
  • ,,,: Tres comas. Pausa bastante mayor que la coma habitual
—-

El agua del puerto sigue quieta, tan quieta como sus barcos, con mástiles hieráticos semejantes a columnas de sentido inverso, diseñadas para sustentar templos flotantes, columnas con bases sujetas al aire y gaviotas merodeando por los espacios de esa catedral amarrada a los bolardos que intentan inmovilizar una esencia inconstante, como inconstante es la esencia del agua por muy quieta que parezca estar, por mucho que esta fotografía la muestre impertérrita enmarcada en unos límites rectangulares que pretenden desafiar a las leyes físicas hasta conseguir que por mucha verticalidad que posea ese póster el agua no se derrame, ni siquiera en forma de lágrimas, como las que brotan de aquellos a quienes les dicen que tienen un cáncer y sienten miedo por perder precisamente esa verticalidad, miedo de pasar a una horizontalidad sin sueño pero con tapa, bien sea redonda o poligonal, tapa que te conserve al vacío, ese vacío que las personas, desde que somos personas, llevamos intentando llenar con ideas sin conseguir otra cosa que ideas vacías, pero ahí estamos, emperrados en llenar el saco sin antes zurcir el descosido de su fondo, por eso prefiero mirar al póster de aguas verticales, porque él ha conseguido lo que nosotros somos incapaces de hacer, él ha retenido una esencia puramente horizontal como la del agua, dentro de la más absoluta verticalidad, constreñida, eso sí, una verticalidad muy constreñida, pero al fin y al cabo pura verticalidad, cosa que las puertas grises que le rodean, sin agua, sin columnas inversas ni transversas, y sin gaviotas moviéndose en la quietud, nunca pudieron, porque ellas a pesar de su apariencia están destinadas a tener que abrirse y desplazarse en un plano imaginario que ha de ser necesariamente horizontal, siendo por eso que me resultan hipócritas, falsas, embaucadoras y prostitutas de las tres dimensiones, sin olvidar que encierran además en el interior de sus nichos, un montón de cadáveres administrativos momificados, como aquellos indios que se amojamaban en postura sedente, así permanecen todos esos legajos, sujetos por un balduque que mantiene atados los límites de su existencia, existencia numerada para poder distinguirse entre tanta homogeneidad, como los pollos de pingüino distinguen a sus padres por el sonido de su voz de entre toda la multitud de pingüinos allí congregados, o como el sentenciado a muerte distingue cada uno de los días que pasan desde que accedió a su nueva ontología, la que le expidió el jurado, distinguiendo cada hoja del calendario no por el número sino por el sonido de su voz, la suya propia y la del día, de igual manera que yo puedo distinguir las naturalezas muertas de cada uno de estos expedientes administrativos por el olor que desprenden, porque el olor de la podredumbre varía según el estado de descomposición, como los quesos, o como huele la conciencia de los hombres cuando amontonan sobre ella todo el pescado que en su día no supieron comerse por tener demasiadas espinas, pescado descompuesto por el calor de la vida, esa vida que no distingue especies, que atraviesa puertas y ventanas pero que huye del burócrata como el vampiro de los ajos, dejando que los chupatintas nos alimentemos del vacío, sí, ¡qué obra maestra de la evolución!, seres desvitalizados que amontonan vaciedades, para formar pelotas con ellas, sí, pelotas de vacío que ruedan y ruedan hasta adquirir tamaños descomunales, inmensas moles esféricas que por su vaciedad no pueden contemplarse con una simple mirada, sino que es necesario recuperar la verticalidad humana y llorar un poco para verlas, entonces según caen las lágrimas y humedecen el estiércol que conforma la bola, ésta aparece con sus dimensiones reales, inabarcables, impensables para poder ser empujadas por un simple plumífero de teclado y ratón, pero no como el teclado ni los ratones que acompañaron a Chopín mientras su tuberculosis le enseñaba a distinguir los días por el sonido del tiempo, en aquella celda donde encerró una incomprensión isleña y un conocimiento aislado, mientras el bacilo de Koch tecleaba insistentemente en unos pulmones hartos de exhalar polonesas sabiendo que nadie las bailaría excepto los esputos salidos de aquellas sofocantes toses, no, mi teclado y mi ratón comenzaron a roerme las entrañas hace cosa de cinco años, poco a poco, pero con la constancia de la gota de agua que forma una estalactita, con esa paciencia que acaba consiguiendo todo lo que se propone, …(rallentando)… despacio,, rutinariamente,, sin apartarse nunca de su finalidad,, ¿finalidad?,,, pero ¿qué fin persigo yo aquí?,, …(lento)… ¿mi final?,, yo no persigo nada,, sólo la parca anda detrás de mí,,, porque todos somos unos sentenciados a muerte,, todos estamos en ese corredor por el que nadie quiere correr,,, contemplo a mi rata,,, y ella me mira fijamente a los ojos,,, me muestra sus afilados dientes pero sin amenazarme con ellos, sólo por la arrogancia de enseñarlos,,, me permito el lujo de agarrarla por la cabeza y apretar con mi dedo índice sus partes traseras,, sin pudor alguno,, ni ella tampoco,,, le gusta mi manoseo y me mira complaciente,,, menos hoy,,,, que oigo sus chillidos agudos reclamando el tacto de mi mano,,,… (accelerando)… envidiosa al ver que miro un puerto fotografiado, un puerto ahorcado por una soga invisible, un puerto donde recalar miradas desahuciadas,… (moderato)…, sí, mi ratón y mi teclado contemplan mi muerte como lo hicieron aquellos otros con Chopín, distintos teclados y roedores pero una misma finalidad: la horizontalidad que te impide llorar y que se conforma con oír cómo lloran los que te rodean fingiendo columnas plañideras, columnas que soportan el peso del dolor, ese dolor que te ayuda a no olvidar y permanecer viviendo en la memoria, esa memoria que regurgita en mi alma todo el sufrimiento almacenado para que lo pase por el tamiz que un día le robé a un escarabajo con la intención de convertirlo todo en sonrisa, hasta que apareció el vacío y se lo tragó, se tragó absolutamente todo, el dolor, el escarabajo, la sonrisa e incluso el tamiz, y yo soy ahora un coleóptero que no para de empujar su pelota vacía pero estercolera, un día, y otro, y otro, y otro más, contemplando cómo mi coproesfera se cruza con otras de igual o mayor tamaño, atravesándose mutuamente sus propias geometrías gracias al carácter invisible e intangible, y espantándome de algunas sonrisas huecas, esas que te hielan el corazón cuando las ves, que te paralizan la sangre si es que alguna gota te queda y que te impelen a coger tu ratón par ordenar una vida despiezada, pero no ha sido una sonrisa la que me ha impedido hoy iniciar cualquier tipo de sesión como las que inicio cada mañana desde que hace cinco años me lancé al vacío,,, no ha sido tampoco una palabra ni un gesto, ni tampoco la contemplación de algún espacio ocupado por determinado cuerpo, no… sólo ha sido mi imagen, mi propia imagen reflejada en la pantalla del ordenador, la que al mirarme desproporcionadamente, como desproporcionadamente sólo puede mirar un sentenciado a muerte, me ha paralizado el movimiento, me ha detenido cuando iba a obedecer a mi inercia apretando el botón que da paso al orden, a lo establecido, al establo informático donde pacer y abrevar durante siete horas matinales, sólo ha sido mi propia mirada, el bucle creado por unos ojos que se miran a sí mismos dando paso al grito de la existencia, ese alarido que impelió a los hombres a ponerse tapones existenciales, ese grito desgarrado y desgarrador que me ha hecho desviar la habitual mirada al ratón para posarla en el primer póster que he encontrado, el del puerto, el de los barcos amarrados a una simple quietud, ese chillido nervioso por el que finalmente he comenzado a teclear sin encender el ordenador, dejando la especulación de su pantalla invariable, escribiendo todas estas frases en la imagen reflejada que me escupe con odio, con el odio que todo amo escupe sobre el esclavo revelado, con el odio que todo maestro siente hacia el alumno aventajado que ya no le necesita, ese odio que todo ser humano siente por haber sido empujado a la vida desde la tranquilidad de la nada sabiendo que además tendrás que regresar aunque no quieras y que da igual si decides abreviar tu estancia, porque la gran tragedia de la existencia es su inexorabilidad, esa a la que le resulta completamente indiferente la concatenación de tus actos, porque sólo la humillación tiene sentido desde que naces, la misma humillación que he notado al verme dentro de este cuadrilátero relleno de plasma, encerrado en un planeta con un sol que comienza a lucir al apretar el botón adecuado, que comienza a vivir cuando tecleas la clave correcta y que liba de tus ilusiones en el momento que inicias la sesión, aunque tus ilusiones se hayan limitado a un café con leche de máquina tragaperras a las once de la mañana o conseguir que el balduque del expediente 354 dé lo suficientemente de sí como para poder hacerle el lazo, esas ilusiones que se generan cuando ya has sido vaciado y que salen en forma de hongos dentro de tu oquedad, la oquedad que me contempla mientras escribo con un ordenador apagado, decidido a no dejarme ordenar por su sistema, revelado contra mi sometimiento y dispuesto a que sea él quien me escuche durante las siete horas correspondientes, sin corregirme desde su prepotencia electrónica, obligado a soportar la pulsión de todas estas teclas alfabetizadas y sin poder siquiera rechistar ante mi verborrea, sólo mi cara encerrada en el plasma negro, sólo mi vacío escupido al aire y mis manos sin acariciar ratón alguno, …(accelerando)… con mis dedos buscando la H, la J, la O, la Q, … (allegro).. la D, la E, la F, la Z, la S, la I, la Ñ, la R, la G, la K, la V, y todas la demás, y algunos números, y las comas y el espaciador, todo en un movimiento de fuga organizada, …(rallentando)… sintiendo la libertad en forma de letras escritas en el vacío, de las que sólo el ruido de las teclas dejan constancia de su vida, de su existencia como letras …(moderato)… de su semántica, una semántica que intenta darle significado a mi vida a través de unas palabras oscurecidas por la pantalla ciega de un computador desconectado, pantalla de sustancia muerta, pantalla de informática reprimida, tan reprimida como los impulsos que cada mañana salen de mi imaginación a lo largo de las siete horas durante las que se me permite abrir y cerrar el ordenador, …(allegro)… abrir y cerrar puertas, abrir y cerrar expedientes, abrir y cerrar los ojos para segmentar el tiempo transcurrido, abrir y cerrar la memoria dejando que goteen unos recuerdos con los que asegurarme de mi existencia, de mi vida, abrir y cerrar la boca como hacen los peces que han sido extraídos de su medio habitual, desterrados del agua y ahogados en tierra, abrir y cerrar carpetas virtuales donde indexar documentos, …(presto)… abrir el 235, abrir el 229, abrir el 119, abrir el 480, cerrar el 480, cerrar el 119, cerrar el 229 cerrar el 235, cerrar el pensamiento para anestesiar el dolor que produce toda vaciedad …(moderato)… porque el vacío duele, es un espacio sin ser espacio que atrae todo lo que le rodea para succionarlo, desecarlo y desintegrarlo finalmente, quedándote tú con la carcasa del cuerpo hueco, ¡qué gran trabajo de taxidermia! mantener tu apariencia habitual sin rellenarte de algodón ni trapos y además permitir que, una vez disecado, sigas abriendo y cerrando puertas, abriendo y cerrando expedientes durante siete horas al día, once meses al año, hasta llegar la fecha de tu jubilación, momento en el que algunos abren y cierran la tapa de su ataúd porque ya no se les ocurre qué otra cosa pueden abrir y cerrar, motivo por el que me asusta la jubilación y no por lo del ataúd sino porque a veces pienso en cerrar las vidas abiertas de otros, esas vidas vacías que rondan mi espacio rutinario empujando sus propias bolas de estiércol invisible y huero, esas vidas que me escupen contradictoriamente lecciones de humildad y de arrogancia, vidas que me impiden habitar el aislamiento necesario para poder dejar de sentirme simple objeto de consumo, vidas que se ríen de mi pelota excrementicia visible por la humedad de mis lágrimas, vidas que torturan con sus ruidos absurdos la quietud de mi muladar, como le molestaban a Heráclito cuando decidió enterrarse en mierda para curar su hidropesía, vidas que me insertan en un panta rey de excrementos donde intento nadar contra corriente pero observando mi quietud, porque no avanzo ni un milímetro y me canso de nadar, y me canso de la contrariedad que supone ir contra corriente pensando en lo que ocurriría si abandonara la lucha, si intentara rellenar mi vaciedad con las vidas de otros, cerrándolas de golpe, sin preguntárselo primero, sólo cortando un hilo de existencia como el que cortaba Átropos, hilo ajeno con el que intentar enrollar mi propia pelota, mi bola, mi vaciedad esférica, esa con la que tengo que reprimir otros tantos impulsos que me llevarían al desorden, impulsos que me carcomen el interior dejando pequeños orificios en mi mirada, por la que se cuelan rayos de inmundicia prehistórica, de esa que arrastramos como bestias de carga pero sin mirar hacia atrás para ver cómo se revuelca en el camino por donde transitamos, porque es más bonito pensar que nada nos persigue, que somos libres, que caminamos ligeros de carga por la existencia pudiendo decidir qué ruta seguir en el momento de encontrarnos en alguna encrucijada, que nuestra racionalidad abre abismos infranqueables, que la carne cruda ya no forma parte de nuestra dieta, por eso pocos vuelven la cabeza, porque al hacerlo te conviertes en estatua de sal, de sal marina, sal de un océano primigenio donde comenzó a ordenarse el universo cansado de no encontrar nada, de perder el tiempo buscando los objetos necesarios para el momento, un orden que poco a poco acabaría por obligarnos a caminar bípedamente bajo las órdenes de una aleatoriedad controlada y seleccionada por nadie, si miras hacia atrás te espantas, porque ves tu cara como la veo yo en estos momentos flotando en el negro plasma, porque te reconoces vestido de mil y una formas, porque nunca habías pensado que tu imagen estaría por ahí, entre gusanos y larvas, entre sangre y semen, entre carne cruda y carne muda, cómo vacilas el paso cuando te encuentras atado a un peso mayor del que nunca habrías imaginado, cómo sientes esa carga frenándote en seco, cómo piensas inmediatamente que eso ha debido de ser una alucinación, y te tomas tu tiempo, y te quedas relajándote, y vuelves a mirar poco a poco hacia a tras, y entonces sueltas el grito con el que quieres despertar, pero la imagen no se va, el calidoscopio prehistórico permanece girando y conformando multitud de cuerpos todos con tu cara, todos con tus segmentos de existencia, todos riéndose a tus espaldas, y entonces no sabes qué hacer porque quieres olvidar lo visto y sin embargo ya no puedes permanecer ajeno al paisaje descubierto, te persigue, te acosa, te oprime el pensamiento, te obliga a apartarte de los caminos para dejar pasar a los que van más deprisa, los que no son conscientes de la carga que arrastran y corren por la vida engañándose a sí mismos, los inconscientes, los que creen que todas las locuras no son otra cosa que enfermedades nerviosas, sin mirar fijamente a los ojos del loco, sin preguntarle qué es lo que él ve cuando te mira a ti, como la mirada que me acaba de dirigir ese cuerpo que ha entrado en mi despacho, con ojos vacíos pero direccionales, recogiendo toda la información posible del espacio que ocupo y del espacio que me rodea, atendiendo a mis manos, a mis dedos, a la forma de teclear con velocidad desacostumbrada en mi ritmo de trabajo, disimulando la curiosidad que le impulsa a detener más descaradamente sus ojos en mi persona, haciendo unas fotocopias que no tenía pensado hacer sólo para conseguir permanecer algo más de tiempo en este habitáculo y poder así lanzarme alguna que otra mirada escrutadora, cosa que realiza ya sin ningún pudor, confirmando lo que segundos antes había sospechado, perplejo por enfrentarse a una situación para la que no estaba preparado al entrar, un desorden desprogramado en su cotidianeidad plumífera, una pantalla de ordenador apagada y un trabajador tecleando compulsivamente para un ordenador desconectado, perplejo también por la imagen de alguien que una vez decidió volver la mirada y que ahora ha de arrastrar cada día de su vida un peso cada vez más insoportable, pero el cuerpo desconcertado no me pregunta nada, ni siquiera sabe lo que estoy escribiendo porque nada resulta visible a sus ojos invasores, tan solo un hasta luego débil y raquítico aparece por entre la comisura de sus labios, un hasta luego ladeado, fugitivo como gas que huye al encontrar el primer orificio que se lo permite, un hasta luego hipócrita al que no pienso contestar porque no estaba dirigido a mi persona sino a la fotocopiadora con la que ese cuerpo pensaba reencontrarse para certificar que no había sido un despiste más de los míos, para decirle a otros cuerpos que fingieran una avería en la otra máquina de fotocopias y vinieran a ver lo que él se encontró, el espectáculo circense del hombre atado a la prehistoria, el chupatintas aplastado por el peso de los siglos, un peso que fue aumentando progresivamente de forma directamente proporcional al tiempo que mantenía vuelta la cabeza mirando hacia atrás, primero fueron dos mil años, luego cuarenta mil, después trescientos mil, para finalizar con varios millones de años aplastándome contra un presente absurdo por el que me arrastro, como se arrastran a pesar de su aparente agilidad cada uno de los cuerpos que comienzan a desfilar por este cuchitril de puertas grises, todos despidiendo holas y hastaluegos de insoportable fetidez, todos con sonrisas huecas donde esconder los escombros de sus vidas, con sus dimorfismos sexuales retenidos por pura apariencia, con sus perfumes de fragancias que hieden a cualquiera que esté acostumbrado al aroma del tiempo, ese que se esconde entre el musgo, el que se refugia en cuevas donde el continuo goteo de lágrimas calcáreas originan el concierto del llanto de la tierra, no, estos cuerpos huelen a sopa de hospicio, sopas de caldo sin consistencia, sin alimento, sólo con el líquido indispensable para poder tildarse de sopa, sopas que no me interrogan, su curiosidad no llega a ser la suficiente como para dirigirme una mísera pregunta, su curiosidad se autosatisface con la sonrisa de lo grotesco, sin querer encontrar el porqué, sin querer buscar la razón del desorden, o el sin sentido del mismo, sólo la risa, sólo el espectáculo, sin el más mínimo interés por echarle algo más al insípido caldo que les proporciona el calor que todo mamífero necesita para sobrevivir, la puerta se abre de forma periódica, como destellos de un faro que intenta orientarme y evitar que naufrague en el mar del desorden, y cada uno de esos destellos arroja un cuerpo con su pelota de estiércol invisible que una vez dentro de mi despacho se mueve con torpeza, sin saber muy bien cómo llevar a cabo su misión, una misión consistente en observar un fenómeno administrativo poco habitual, una especie de eclipse cuya observación no requiere de otra protección que la del disimulo, pero un disimulo de plástico, mal confeccionado y de pésima calidad, un disimulo que resulta todavía más hiriente para quien va dirigido porque no es sino un insulto disfrazado de payaso, lo cual resulta patético por más que algunos se rían de la payasada, estupidez que por otra parte no consigue que deje mi conversación desordenada, pues desordenado es todo aquel discurso que surge de la esclavitud autónoma, y no de la otra, la que te imponen los que ordenan, la heterónoma con disfraz de libertad, no, ninguno de estos cuerpos peloteros va a ordenarme nada, por mucha mirada que me arrojen, por mucha risita que oiga, por mucha fotocopia que vengan a hacer, …(rallentando)… un cuerpo entra, sin haber sido prevenido, para hacer una fotocopia de verdad,,, y me deja un buenos días encima de la mesa, …(lento)… lo miro y se lo devuelvo,, amablemente,, mientras,,, levanta la tapa de la máquina,, situada justo debajo del póster,, el de aguas verticales,,, e inserta el papel oficial,,, se mueve con más seguridad que los otros,, no titubea en el paso,,, no mira con hipocresía, y sólo atiende a la posición que ocupa el papel en el cristal del aparato,,, cierra la tapa y aprieta el botón,,, comienza a reproducirse toda la información allí contenida,,, no se vuelve para mirarme,,, sólo mira la calidad de la copia,,, arruga el papel y lo tira en la papelera,, la que hay justo al lado de la fotocopiadora,,, teclea unos botones que le darán la intensidad de tinta que quiere para su documento,, no sabe que mi teclear está describiendo todo lo que en ese momento hace, no sabe tampoco que mi teclear no escribe letras sino que interpreta cosas,,, ni siquiera se ha dado cuenta de los millones de años que tengo atados al cuerpo,, vuelve a tapar la máquina y a apretar el botón verde de contacto,, mientras fuera se oye una risa y un chissssss que manda disimular,,, …(accellerando)… el cuerpo recoge el buenos días que había depositado en la mesa y deja un adiós de verdad,, sin olor a sopa de hospicio, …(moderato)…pero a éste ya no le contesto porque podría suponer un tipo de ordenamiento, algo a lo que me he negado desde el momento en que esta mañana observé la imagen de ese puerto tranquilo, el mismo que ahora yace partido por culpa de la tapa de la fotocopiadora, la cual ha quedado levantada ya que el último cuerpo se olvido de cerrarla, dejando al templo de columnas invertidas sin agua, sin bolardos donde amarrar su inmovilidad, dejándome a mí sin más remedio que mirar las puertas grises y pensar en los expedientes allí encerrados como si estuvieran esperando una oración administrativa que los haga resucitar de su olvido actual, ningún otro cuerpo ha vuelto a abrir la puerta desde que oí la voz del jefe merodeando por los pasillos, tampoco él ha querido traspasar su umbral, ya lo hizo en su día, sin acompañarse de ninguna sonrisa hueca, sin oler a sopa de hospicio, sino para preguntarme cómo me encontraba, para sentarse a mi lado y mirarme a los ojos y para dejarme que me secara las lágrimas con su pañuelo de la chaqueta, el almidonado, el que olía a armario de puertas cerradas, que sólo abre para sacar la ropa pero donde él se esconde por miedo a ver su cara reflejada en algún espejo, pañuelo con el que pude enjugarme la verticalidad de unas lágrimas vertidas a causa de la horizontalidad de otros, esa horizontalidad con la que intento reunirme cada noche pero que nunca encuentro porque los sueños se terminan, esa horizontalidad que nunca quieres para un hijo, y que no comprendes cómo un simple niño puede adoptar dicha condición, cuando la infancia es vertical y por esa verticalidad luchan todos los hijos desde el momento en que nacen, sin entender siquiera que otros la hayan abandonado, pensando que simplemente están de viaje pero manteniendo la esencia erguida pues no comprenden nada más que el sueño, lágrimas vertidas por intentar buscar en el tiempo arrastrado algún recuerdo revitalizador, pero nada encuentro sino mis caras reflejadas en el calidoscopio del desorden, ni a ella ni a él, sólo la miseria de millones de años que arrastro para nada, porque no consigo levantarles del silencio, y mis lágrimas tampoco limpian mi conciencia, tan sólo sirven para que mi pelota estercolera se vuelva visible al resto de cuerpos con los que me cruzo, esa pelota de mierda donde se incrusta un coche cien veces al día, con su sonido, el que se pega como una lapa y no puedes arrancarlo, con los gritos de ellos, con la sangre de todos y con la oscuridad que me aplasta …(lento)… esa oscuridad que oculta el verdadero desorden,,, donde me veo reflejado e impulsado a cerrar otras vidas,,, o cerrar la mía misma,,, de un portazo,,,, para permanecer en el desorden,,,,, para no tener que volver a encender este ordenador,,,, para no tener que guardar como, ni siquiera mi existencia,,, cerrar una sesión sin guardar nada,,,, sin que nadie me pregunte si deseo guardar los cambios realizados,,,, ¿para qué?, hay cambios que nunca deseaste y que sin embargo aparecen como moscas cojoneras, revoloteando infatigablemente a tu alrededor, ¿qué hago yo ahora con toda esta carne cruda que arrastro?, mi pasado está abierto en canal esperando que lo despiece, ¿donde reposo la mirada?, …(accelerando)… no puedo subir a la superficie porque los millones de años que se han disfrazado con mi efigie me impiden salir a flote y además la sopa de hospicio permanece insoluble allí arriba, lo cual me repele, …(moderato)… es imposible reordenarse cuando tu entropía se desborda por culpa de la carne cruda, la elección que me queda es la de cerrar otras vidas o cerrar sólo la mía, dilema que se me representa fácil de dilucidar cada vez que esta puerta gris da paso a un cuerpo pelotero, pensando que de alguna manera compenso horizontalidades; que al menos yo también puedo decidir de igual manera que la aleatoriedad decidió sobre mi mujer y mi hijo; que dejaré de ver cien veces cada día cómo ese coche se aplasta contra mi bola de estiércol y conseguiré despegarme su ruido lapa; que prefiero ver cien veces cómo se cierran otras vidas, cómo se me pegan otros ruidos pero poder mirar hacia atrás sin verlos a ellos cogidos de la mano como solían hacer cuando salían a pasear; contemplando únicamente el espectáculo de la carne cruda atada al chasis de mi vida, como en un viaje de novios, el que emprendí después de casarme con el tiempo, …(lento)… ¿y qué hago yo con mis nuevos ruidos si lo que quiero es quedarme sordo?, ¿y de qué me sirve contemplar la carne cruda que arrastro cuando ansío impacientemente la ceguera?, tampoco quiero observar desde un diván cómo me hacen preguntas, porque esas no me interesan, y lo que realmente quiero que me pregunten eso no lo hace nadie, porque nadie me pregunta por qué escribo con un ordenador apagado, no, nadie se atreve a hacerlo, tienen miedo a la respuesta, o quizás al silencio, porque si me hicieran esa pregunta no sabría qué responderles, pero al menos con el silencio provocado al plantearla se desprendería por algún momento mi ruido lapa y al cerrar los ojos no vería nada sino la oscuridad necesaria para encontrar la respuesta adecuada, por lo que seguramente la persona que me preguntara eso vería producirse en mi cara una sonrisa, que por otra parte ya es suficiente respuesta, así que no puedo seguir esperando a que alguien se cuestione por qué no inicio ninguna sesión y se atreva a decírmelo,,, ni creer que el jefe volverá a ofrecerme su pañuelo,, hace semanas que dejó de hacerlo preocupado por el insistente olor a naftalina que desprende cada vez que lo saca del bolsillo de su chaqueta, no merece la pena siquiera esperar a que terminen las siete horas cotidianas,, porque para cerrar una vida no es necesario que den las tres de la tarde,, …(molto lento)… ni fichar en un reloj volumétrico,,, como el que se traga mis dedos al empezar y terminar mis sesiones de vaciado,,,, no,, tampoco tengo que apagar el ordenador,,,, sólo es necesario dejar de teclear,,,, dejar de contemplar mi cara dentro del plasma negro,,,, sin guardar ningún cambio,,,,,,,,, sin guardar como…

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